Pecadillos de juventud (II)

Tan pronto tomó la firme decisión de quitarse la vida, Joselu García sintió una desagradable comezón en el bajo vientre.

—Estoy nervioso porque soy un hombre de costumbres —se justificó—. Y esto no es algo que haga todos los días.

—Tampoco comer es algo que hagas todos los días y no te produce comezón. A lo más, mala leche —respondió una vocecita irritantemente aguda—. A eso se le llama canguelo, guapo.

—Canguelo o no canguelo, la decisión es inamovible. —El comentario sobre su entereza molestó a Joselu, que ratificó su determinación propinándose varios golpecitos a la altura del lóbulo temporal izquierdo.

—Lo que tú digas, chato. Yo solo me remito a los hechos. Y no me des golpecitos que me incomoda muchísimo.

—¿Eres mi conciencia?

—Yo no diría tanto. Lo de los preceptos morales no me va. Ya sabes: el árbol del conocimiento, la serpiente y la manzana, el karma y esas mandangas. El bien y el mal tienen demasiado de subjetivo para mi gusto. Hay quien comete un crimen deleznable sin despeinarse el flequillo y quien sufre taquicardias con solo pensar en mordisquear la fruta prohibida. Empiezas titubeando con lo de tal vez no me he portado tan bien como debería, y la has pifiado. ¿Sabes qué viene después?

—Como estaba con lo del suicidio, me coges en Babia. Dame unos segundos para pensarme la respuesta…

—No te esfuerces. Me responderé yo mismo que viene a ser como si lo hicieses tú, pero sin tartamudear. Pues viene el remordimiento, la contrición y la penitencia. En resumidas cuentas: terminas arrepintiéndote de haberte divertido como un enano y jurándote en vano que no volverás a repetirlo. Una pesadez.

—No puedo contradecirte porque nunca me he divertido de esa forma ni de ninguna otra. Cumplir el deseo postrero de mi padre apenas me ha dejado tiempo para ocupaciones banales ni pecadillos veniales.

—Lo lamentable —o gracioso del asunto, según se mire— es que si no hubieses salido corriendo como alma que lleva el diablo cuando tu padre te instó a hablar como una cotorra, sabrías que también te regaló el Pirulí de Torrespaña, te coronó emperador del Sacro Imperio del Jamón Ibérico y te envió a Marte, en calidad de juez de paz, a bordo de una nave comandada por un chimpancé. Creo que, con esta información, aún sesgada, hasta un psicólogo con pocas luces habría diagnosticado un delirum tremens galopante. Tu padre, Joselu, no dejó de decir tonterías hasta su último suspiro. E incluso después siguió diciéndolas por pura inercia. ¿Pero por qué corrías, hijo mío?

—A agenciarme lápiz y papel para responderle por escrito. Siempre imaginé que, despistado por mi apostura innata, mi padre me atribuiría voz de contratenor y la fluidez oratoria propia de un político. ¿Cómo confesarle, en el mismo lecho de muerte, mi incapacidad para decir más de tres palabras de corrido, cuatro si son cortas?

—Pero, alma de cántaro, si solo hay que ver como gesticulas para saber que te trabas más que una pistola de feria. Tu padre tendría que haber sido ciego, aparte de sordomudo, para no darse cuenta. Y, demás, ya puestos a sincerarnos, debo decirte que ni siquiera era tu padre.

—Lástima no haberlo sabido antes. Quizás no hubiese sido un desgraciado de por vida. Pero, ¿por qué me lo dices ahora, esto…? ¿Cómo debería llamarte?

—Siempre me gustó Pitito, no me preguntes por qué.

—Pero tienes voz de mujer acostumbrada a darle al frasco —señaló Joselu con suspicacia.

—La que tú me adjudicas. Soy un ente pensante y, por ello, inmaterial, así que si prefieres que hable como un locutor radiofónico de canal para noctámbulos, tú mismo. Lo del delirium tremens te lo habría comentado de haber tenido ocasión, pero siempre estabas carcomido por las dudas y la melancolía. Y hablar con tu yo, sobre todo si es un yo libertino, como es mi caso, requiere de un estado anímico despreocupado y optimista. Tu renuncia a seguir viviendo ha creado las condiciones idóneas para mi materialización, lo que significa que la idea de quitarte de golpe la poca salud que te resta te ha tranquilizado muchísimo.

—Pues es verdad que me siento menos enojado con el mundo.

—Es lo bueno de las despedidas: nuestro grado de ojeriza disminuye en proporción inversa al tiempo o a la distancia que nos separa del individuo o suceso causante. Hasta tu peor enemigo puede parecerte majete si te alejas lo suficiente.

—Si tú lo dices, lo daré por bueno. En fin, querido Pitito: ha sido un placer conocerte y charlar contigo pero ahora tengo otras decisiones importantes que tomar como, por ejemplo, cómo consumar mis intenciones. Así que si me disculpas…

—¡Ah, no! Eso no te lo consiento. Por muy etéreo que sea, no me vas a despachar con un aleteo de mano, como quien ahuyenta un olor molesto. Permíteme que disfrute de esta nueva realidad metafísica. Es lo menos que me merezco después de la mala vida que me has dado. Te propongo un change, Joselu: demoras tu suicidio un par de meses y yo no te doy la barrila.

—Pero qué porquería de trato. ¿Qué gano yo con eso?

—Uy, no sabes lo molesta que puede llegar a ser una vocecita interior largando a troche y moche. Dudo mucho que pudieses concentrarte ni decidir nada sensato. Por otra parte, ¿qué son dos meses, Joselu? Si tan claro lo tienes, dentro de sesenta días retomas tus planes y dices au revoir a tu existencia y a la mía. Prometo no oponerme. Pero durante esos dos meses estaré yo al mando.

—¿Dos meses?

—Ni un segundo más.

—Sea. Y dado que no voy a escribir a partir de ahora, creo que me echaré la siesta. No me molestes hasta bien entrada la tarde, Pitito.

—Mantendré sellados mis incorpóreos labios.

***

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Acerca de Máximo Disaster

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2 respuestas a Pecadillos de juventud (II)

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