Un poema de amor desesperado

«Tal vez creas que no nací hasta conocerte.
Tal vez creas que eres mi principio y mi fin.
Tal vez creas que eres el amo y señor de mis días.
Más aún de mis noches.
Tal vez creas que estoy encadenada a ti.
Y haces bien en creerlo.»

—Lo ve, agente,—gritó fuera de sí el roquero desmoronándose sobre el sillón de tapicería atigrada— ¡me está volviendo loco!

—¿Y cuándo dice qué empezó a recibir estas declaraciones… amorosas? —el policía, de pie, el gorro oficial apresado entre el codo y la cadera, toma notas en la libreta de denuncias con exquisita profesionalidad.

—¿Declaraciones amorosas? Esto es acoso puro y duro, agente. Al principio me pareció gracioso. No voy a negar que alimentaba mi ego. Pero ahora encuentro esas notas allá donde quiera que vaya. Esta última estaba en mi propio cuarto de baño. Pegada al rollo de papel higiénico. ¿Comprende la gravedad de lo que le digo? ¡En mi propio cuarto de baño! El lugar de recogimiento de todo hombre de bien. Ya no volveré a cagar tranquilo.

El manager del roquero, solícito, disuelve una sobredosis de ansiolíticos en una infusión de flores de Bach y tiende el vaso grueso al cantante. Este lo rellena hasta el borde con una ración generosa de bourbon doble destilado y toma un sorbo.

—¿Por dónde iba? —el cóctel parece haberle tranquilizado momentáneamente— Ah, sí, los poemas tórridos: el de ayer estaba en el vestidor; el de anteayer en la bandeja del desayuno, bajo la mermelada de arándanos. Nada respeta esa mujer de este santuario —los bolsillos de mi chupa Elvis, la boca de mi querida Stratocaster, las cañas de mis viejas botas camperas… —por cierto, Marcus, no te olvides de embetunarlas—. Allí donde hay una oquedad, un espacio, una hendidura, encuentro encajada una nota de esas. A veces dos. Las tengo de todos los colores, formas y olores.

El policía pierde por unos instantes el hilo y piensa que el bourbon tiene que estar de muerte y que si esta fuese una película americana, el roquero le habría preguntado, mostrándole la elegante botella de cristal tallado, «¿Le sirvo una copa, agente?» y él tendría que haber respondido muy a su pesar «Estoy de servicio, caballero, la próxima vez será». Se repone y pregunta:

—¿Guarda usted alguna nota más aparte de la que me he exhibido o se ha deshecho de todas?

—A cientos. ¡Las guardo a cientos! Marcus, léele otra a este señor.

«Eres la gota que se escabulle por la comisura de mi boca.
La gota esquiva que acaricio con la punta de la lengua.
Esa pizca de sal con la que jugueteo.
El dulce salitre que abrasa mi garganta cuando evoco tu nombre.
No sé qué será de mí cuando me atreva a pronunciarlo.»

El agente percibe el aroma acaramelado del bourbon, los toques ácidos del centeno, de la cebada, del maíz. Incluso cree discriminar los sutiles matices de la vainilla y el sándalo, la caricia fugaz de los granos de pimienta maduros. Y la fragancia del carbón. Oh sí, el ácido y tenue sabor de la turba, tierra de la tierra. Traga saliva con esfuerzo.

—Vamos a ver —pregunta. La ambarina botella le atrae como un imán—, ¿qué es exactamente lo que quiere denunciar usted?

—¿No se lo acabo de decir? Pues que una loca que escribe unos poemas espantosos se pasea por mi casa como si esto fuese la Gran Vía. Temo por mi integridad, ¿le parece poco? Marcus: este caballero no se ha percatado del alcance del asunto. Muéstrale otro poema ilustrativo.

«Quiero aprisionar tu cuerpo con mis piernas,
quiero conocerte, tenerte, amarte, despedazarte.
Y lo único que alcanzo a retener de ti
es un sutil olor a humo.»

—Muy bueno, muy bueno —el agente no puede apartar los ojos de la botella, de sus curvas voluptuosas, lascivas. El vidrio traslúcido muestra, tatuado a fuego sobre la piel dorada, el número de serie con la que el que la bodega identifica cada uno de sus espirituosos. Se difumina la estancia, el sillón atigrado. Ella, solo ella. Y él. Su respiración se acelera, necesita aire. Se lleva la mano al cuello para liberarse de los botones que le oprimen.

—Pero cabo, o lo que quiera que sea usted: no quiero conocer su opinión literaria sino denunciar un allanamiento de morada en toda regla.

El representante del orden suda profusamente, el corazón desbocado, Quiere tocar esa piel aúrea, aprisionarla entre sus manos, despedazarla, sentir su sabor a humo.

—Le he dicho que siga. —El tono no admite réplica y el manager, sin rechistar, declama otro poema.

«¿A qué esperas amado mío.
Siénteme, acaríciame, sórbeme…

—Lea más, lea más… —suplica el policía, ya rotos todos los diques. El viejo roquero sostiene, prácticamente intacto, el vaso grueso. El agente, el cuerpo codicioso, lo arranca de sus manos y bebe febril su contenido, aspirando, absorbiendo las partículas aromáticas por cada uno de sus poros. Bebe como si fuese lo último que le queda por hacer en esta vida. Y también en la otra. Bebe como un hombre dispuesto a inmolarse. Abraza después la botella maldita y cae al suelo atravesado por la cólera divina.

Marcus continúa:

…. También yo quiero morir contigo.
También yo quiero ser humo…»

—¿Pero de qué va ese tipo? —el roquero abandona el sillón con una energía impropia de su edad, desaparecida toda indolencia—. Se ha trapiñado mi cóctel de psicotrópicos. Uno lleva mucho rodaje encima y puede con todo, pero dudo que este yogurín se despierte antes de una semana. ¿Quieres callarte de una vez, Marcus?

___

PD: el otro día leía un estupendo cuento de mi amiga Luna en cuya introducción comentaba la dificultad que entraña escribir relatos cómicos o satíricos. Creo que está en lo cierto. Todas nuestras emociones pululan libremente por nuestro sistema límbico pero, por algún motivo, que no tengo muy claro —probablemente por pura supervivencia— es mucho más fácil tocar la fibra sentimental que cualquier otra. Con frecuencia oigo a mi hija decir «Me voy a poner varias películas tiernas para llorar un rato». Hacer reír, o sonreír, es un poquito más complicado.

A esto le daba vueltas esta noche cuando se me ocurrió este relato tonto. Y como hoy no tengo ninguna traducción pendiente, ni nada ni nadie me espera, me pongo a ello.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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9 respuestas a Un poema de amor desesperado

  1. lunapaniagua dijo:

    Gracias por lo de estupendo 😉 Pues si a ti te cuesta escribir humor, no se nota ni un poquito. Buenísimo relato. Me encantan las descripciones, una vez más.
    Al empezar a leer creía que habías retomado tu faceta de poeta. Un abrazo.

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  2. ¡Qué va! Para escribir poesía hay que tener una sensibilidad de la que carezco totalmente (igual que para la ópera)! Ya me gustaría. Me conformo con aprender a leerla poquito a poco. Me ha dado la risa porque mi madre (y rigurosa crítica) acaba de decirme “Hija: este relato me parece muy, pero que muy flojete”. La verdad es que me lo paso muy bien escribiendo y el saber que alguien lee mis tonterías es un auténtico subidón. Un beso.

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  3. Daxiel dijo:

    es ágil, dinámico y risueño.

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  4. Y chorras, ¡así le decimos por aquí! He visto que has subido algo nuevo. En un ratillo me hago una escapadita por tu blog…

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  5. Está claro que hacer reír es harto difícil. Pero tú lo logras. Y lo bueno es que no te encasillas en un solo estilo. ¡Adelante! Me asombra lo enterada que estás sobre bebidas espiritosas… Biquiños.

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  6. Raquela dijo:

    “Que no mueran nunca los cantantes” dice una de mis canciones preferidas.

    Que lujo leerte después de un día duro de trabajo… Sin darme cuenta, mi mente se ha despejado completamente.

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  7. Magdalena dijo:

    En un ratito de relax del trabajo cotidiano, he venido al ordenador a recrearme con tus relatos. Lo he conseguido. Hoy el té de las seis me resultará insulso. Igual le pongo unas gotas de bourbon.
    Espero que los efectos sean tan placenteros como la lectura que nos has regalado.
    Besiños palmeiráns

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  8. ¡Mientras no te siente como al protagonista del cuento!! Muchas gracias por dedicarme tu tiempo, guapa.

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