Un cuento de amor

El día que Arturo Pelopadre les confesó que cada vez que veía a Rosi le entraban retortijones, creyeron que se estaba metiendo con ella, y se rieron por si acaso, porque nunca se sabía por dónde iba a salir el malabestia de Pelopadre. Pero él no se reía. Y tenía la cara roja; eso lo podía notar cualquiera, a pesar de los granos de acné.

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Un murete bajo y desigual separaba el paseo marítimo de la playa en la que los muchachos acostumbraban a jugar, pelear y solearse en invierno y verano, dentro y fuera del agua, ajenos a las oscilaciones térmicas. Tras los chalets enfilados en el margen contrario a la ribera se extendía otra hilera de casitas bajas, sin pretensiones, separadas de aquellos por una carreteruca —la Comarcal—, y a continuación, sin apenas transición, los campos sedientos en los que florecían, en armónico desorden, chumberas, palmeras, cardos, siemprevivas, huertecillos acotados con somieres de alambre, construcciones techadas de amianto e incipientes urbanizaciones de chalets con ficus en la entrada y calzadas por construir. Los Domeneq llegaron a bordo de un Simca 1000, seguido de un capitoné, y ocuparon el primero de los chalecitos del paseo marítimo y única avenida bien pavimentada del pueblo. La señora Domeneq —pequeña y nerviosa, con el pelo tan profusamente cardado que tenía algo de sideral—, comenzó a instruir de inmediato, correteando de aquí para allá, a los dos hombres que descargaban los bultos del camión, bañados en sudor por el esfuerzo y la canícula. Los chavales, sin nada mejor que hacer, seguían la mudanza desde el murete, confiando en que se rompiese algo. Poco interesado por el asunto, el señor Domeneq cruzó el paseo, se sentó en uno de los veladores del cafetín orientado a la playa y ordenó un vermut con un chasqueo de dedos. Allí permaneció, la vista clavada en la inmensidad del mar remansado, hasta que el capitoné partió por donde había venido.

Nada en la vida de Sagrario Domeneq había salido según lo previsto. Ni Antonio era un renombrado abogado, como todos auguraban, ni habían llegado hijos a mansalva, como auguraba la propia Sagrario. A la espera de que el novio sacara la licenciatura en Santiago, la joven sobrellevaba la soledad del desértico noviazgo fantaseando con un ilusorio álbum de recortes, cuyas páginas cuajaba de fotografías imaginarias con un aleteo de placer en el estómago. «Aquí bautizamos al pequeño; aquí inauguramos el bufete de Antonio; en esta otra asistimos a una recepción de ringorrango». Como a los sueños nadie pone trabas, Sagrario se dejaba arrastrar por el entusiasmo y aumentaba las expectativas: «y aquí estoy conversando con doña Cayetana de Alba. Eso que se ve al fondo es la Maja Desnuda, que ya tiene bemoles posar con el retrato de su tataraloquesea en pelota picada». O se recreaba en su ensoñación preferida: una instantánea familiar en la portada de ¡Hola! En ella, Sagrario miraba arrobada al último de sus vástagos, perdida la criatura entre los faldones de acristianar. Antonio —de pie tras el sillón damasquinado ocupado por ella— apoyaba una mano posesiva sobre el hombro de la esposa y hundía la contraria en el bolsillo del pantalón de raya diplomática, exhibiendo con indolente descuido el forro de seda de la levita. La media docena de hijos se acurrucaban con refinada informalidad a los pies de la madre, ordenados por edades o, mejor aún, por altura: de blanco nuclear las niñas, de azul marino los niños. A veces Sagrario introducía en la ensoñación un mastín amodorrado, epítome a su juicio de hogar elegante, aunque lo disipaba con un mohín de disgusto al vislumbrar los pelos del animal enmarañados en la alfombra persa. «Los señores Domeneq nos abren las puertas de su casa acompañados de sus encantadores hijos», rezaba la portada en sobrias letras blancas. En el reportaje a todo color de las páginas centrales, Sagrario se veía a sí misma como encarnación de la mujer de su tiempo: madre amorosa, perfecta anfitriona y reposo del guerrero.

A los once años largos de modélico noviazgo —bella y virtuosa ella, refinado e inteligente él—, los conocimientos jurídicos de Antonio no le habrían permitido aspirar ni a una bedelía. Poseía en cambio un innegable dominio de los ritmos caribeños tarareados por la asistenta cubana de la pensión en la que se alojaba durante el curso. Poco podía ofrecer el joven, en esta tesitura, a una Sagrario que, a la espera del birrete de graduación, arrancaba las hojas del calendario entre suspiros desgarrados y pilas de imaginarios álbumes familiares. La pedida de mano se precipitó, sin embargo, cuando la cimbreante habanera, los ojos gatunos empañados por los pesares, se presentó en casa de los padres de Antonio para explicarles —a ellos y a cuantos se acercaron atraídos por sus lamentos— que al futuro leguleyo le iba bastante más el chachachá que el derecho canónico, y no digamos ya si se trataba del mambo. «Aquí tienen la prueba palpable, señores de Domeneq, sírvanse de tocar para comprobarlo», añadía palpándose ella misma el voluminoso vientre.

¿Ignoraba Sagrario Domeneq el motivo del repentino casorio? ¿Perdonó a Antonio, incapaz de amar a otro tras la pasión contenida durante años? ¿Temió ser el hazmerreír de sus convecinos, o peor aún, despertar su lástima? Lo único que sabemos con certeza es que la pareja contrajo matrimonio y abandonó el pueblo testigo de su amor renqueante en busca del anonimato.

Sagrario instaló el salón de costura en la planta baja del chalecito. El probador, amplio y luminoso, ofrecía, a través del ventanal, una apacible estampa del Mar Menor con los balnearios sobre pilastras soterradas en el mar, las aguas poco profundas repletas de selvática maleza y las orillas rematadas por hileras de carpas de las que escapaba a la caída de la tarde, apenas sofocado por las lonas, el bullicio festivo de las familias numerosas y el olor a fritura de pescado. Sagrario tomaba medidas y atendía a la clientela en el probador, entre dos grandes espejos enfrentados, y cosía por la noche en una maquina Singer encastrada. Durante el día la máquina permanecía oculta en un mueblecito, semejante a un bargueño, sobre el que reposaba un jarrón de flores frescas. Jamás consintió Sagrario en ser vista empuñando la Singer: esposa de jurista o no, nadie la tildaría de simple costurera. Y así, a fuerza de desplegar durante el día, en el agradable probador, una sobria elegancia profesional, y dejarse los ojos, noche tras noche —enhebrando, hilvanando, bastillando, pespunteando, ojalando, frunciendo y rematando tweeds, tules, franelas y encajes—, Sagrario Domeneq se transmutó en modista prêt-à-porter, discípula del gran Balenciaga y nueva Coco Chanel de proyección local. También trabó relación con una clientela selecta, oriunda del pueblo y de otras pedanías, con cuyo trato regresaban, al menos mientras duraban las pruebas, los aleteos juveniles en el estómago.

Trajeado, oliendo a loción Varon Dandy —«la fragancia que distingue al varón genuinamente elegante»— y con profusión de fijapelo, Antonio acudía cada día a rasurarse a la barbería. Leía después la prensa en el cafetín de la playa, sorbiendo un vermut rojo a cortos traguitos. Si el exceso de calor no invitaba a pasear, hacía el crucigrama de la penúltima página. Almorzaba en casa, sesteaba unos minutos, reemplazaba el traje de lino de la mañana por otro de tarde algo más oscuro y, en torno a las siete, tomaba el Simca 1000 y abandonaba el pueblo, al que regresaba bien entrada la noche o de madrugada, en ocasiones dando tumbos aunque guardando la compostura. Por lo que a los vecinos se les figuraba, las obligaciones familiares y también profesionales del señor Domeneq consistían en acompañar a Doña Sagrario a misa de doce los domingos —tomándola del brazo—, cosa que siempre cumplió a rajatabla. Dejaba don Antonio, a su paso hasta el banco más cercano al altar, una estela de olorosa virilidad.

Los Domeneq estaban perfectamente integrados en el pueblo cuando llegó Rosi. El taller de costura se había transformado en «Casa de Moda Sagrario» y la esposa del alcalde, la del boticario y la hermana del párroco eran, a estas alturas, amigas más que clientas. Sagrario seguía tomando medidas y realizando las pruebas finales. Rosi se hizo cargo de las tareas ingratas del hogar y de la costura. La alojaron en un cuarto pequeño y limpio, orientado al oeste para aprovechar la luz natural. La máquina Singer se colocó frente a la ventanita enrejada con vistas a la Comarcal.

Rosi no se mezclaba con el resto del pueblo. Cuando salía —al colmado, a por agujas, hilo, cinta o puntilla—, caminaba muda y ligera, la cabeza gacha. Se valía de un cuadernito, redactado con la fina caligrafía de doña Remedios, para encargar el pedido. Con el cabello y parte del rostro protegidos por una pañoleta sobre la que encajaba un sombrerito de paja era, para quienes la veían entrar y salir desde el otro lado del paseo marítimo, poco más que un fantasma. La simpatía que Antonio Domeneq sentía por la chica era evidente. Al distinguirla abriendo la cancela, aleteaba la mano desde el cafetín, en un breve pero afectuoso saludo. Y a su regreso, se levantaba galante y la acompañaba a casa ayudándola con el mandado si consideraba el peso excesivo para la silenciosa joven.

Aunque sus voces se habían engrosado y también su repertorio de exabruptos, la caterva de adolescentes que ahora se disputaban el murete seguían propinando patadas a cuanto se moviese y descalabrándose si se presentaba la ocasión. Arturo Pelopadre era, con mucho, el más tarugo de todos ellos y el único con pelos recios y retorcidos entre rosetones de espinillas. Vivía a un quilómetro escaso del pueblo en términos de distancia, y a varios años luz en términos de evolución del género humano. Los Arturos —padre e hijo—, animados tal vez por el calor o por el hedor reconcentrado en su vivienda de uralita, comían, dormían y hacían de cuerpo en un huertecillo cercado por la basura. Pelopadre hijo andaba con el resto de los muchachos de forma intermitente: desaparecía en las horas de escuela y reaparecía en las horas de murete, anticipando su presencia con un penetrante olor. Y siempre encontraba un motivo para atizar a alguno, a modo de advertencia para todos los demás. Una tarde, después de atravesar los campos resecos bajo un sol de justicia, la señorita Remedios había tratado de explicarle al padre de Arturo —la nariz sepultada en un pañuelito de encaje—, la conveniencia de que el chaval acudiese a la escuela para que no se malease. Pelopadre-padre era hombre de firmes convicciones: «Acha, naide valascuela pasé chatarriero», había contestado a la maestra rascándose el pecho velludo. Y ésta, indispuesta por el calor y el olor, no halló razón de peso para contradecirle.

Las cuitas entre la maestra y Pelopadre-padre no dejaban de ser una anécdota, casi un divertimento, en aquel tranquilo pueblo costero donde la noticia de mayor emoción era la crónica meteorológica o el horario de velatorios y entierros. Los días transcurrían plácidos e iguales, uno tras otro —más aún en el interior del probador de doña Sagrario, convertido por el buen hacer de su dueña, en microcosmos de la vida social, con la esposa del alcalde como asidua—. Aquel mediodía, sin ir más lejos, ésta se probaba un traje de dos piezas con echarpe a juego. El sol de junio se colaba por el ventanal y el cielo, increíblemente limpio salvo una nubecita algodonosa, incidía sobre uno de los espejos y se reflejaba a su vez en el opuesto, creando un hipnótico efecto de reverberación visual e intemporalidad muy apropiado para un probador. Rosi retiró el juego de café vacío y abandonó con discreción la sala, cerrando la puerta a sus espaldas. La esposa del alcalde se giró sobre sí misma para comprobar si la caída evasé del tejido le afinaba el culo y, de paso, si la joven había salido.

—Esa chica es un encanto —comentó, subiéndose la cinturilla para verse las piernas en el espejo—. ¡Qué pena lo de la boca!

—Fue una plancha o algo así, a poco de aprender a gatear—le aclaró Sagrario, marcando la bastilla con alfileres—. Chupó el enchufe y la electricidad la atravesó hasta los pies. Ya ves el estrago, ni hablar puede.

—Pues ha tenido suerte de que la hayáis recogido, porque se queda para vestir santos seguro. ¿Podrías acortar un poco más la falda, querida? Creo que todavía puedo lucir pantorrillas.

___

Arturo orinó al pie del algarrobo y se dispuso a quitarse de en medio durante las horas de sobriedad del padre, más arriesgadas que las de embriaguez, bien lo sabía. Sopesó con desgana si pasarse por la escuela. Le alcanzó el olor a orina. «Hoy arrea levantera seguro», murmuró, olisqueando el aire caliente y revuelto. Animado por la perspectiva de las aguas embravecidas se encaminó a la playa.

Persiguiendo el sombrerito de paja, Rosi cruzó el paseo marítimo. El sombrero revoloteó en el aire, sobrevoló el murete, cayó a la playa, cabrioleó sobre la arena y, arrastrado por una ráfaga, rodó hasta la orilla. Arturo lo recuperó a punto de ser engullido por las olas y lo agitó para que lo viese ella. Corrió hasta el paseo con intención de devolvérselo, pero solo alcanzó a distinguir la esquina de una falda y la puerta de los Domeneq cerrándose de golpe. Vio la plaquita dorada y la aldaba lustrosa. Y las arizónicas milimétricamente podadas a ambos lados de la cancela. Vio los pies desnudos, la cara picada, los pantalones rotos, la camiseta de ayer, de antes de ayer, del año pasado. Vio el cuerpo grande y torpe. Y la torpeza al hablar. Vio la casucha de uralita y la basura apilada; el árbol utilizado como urinario. Se vio borracho y animal. Fueron tantas las cosas que vio —en las que no habría reparado si, en vez de en la escuela, los otros hubiesen estado allí, infundiéndole coraje con el miedo que les inspiraba— que no se atrevió a llamar a la puerta. En lugar de ello, se adentró por la Comarcal para dejar el sombrero en el ventanuco trasero de los Domeneq. Rosi, liberada del pañuelo en la intimidad de su alcoba, cerraba la contraventana entreabierta por el viento, y Pelopadre vio, por un instante largo como la noche, los labios reconstruidos con restos de tendones, la boca de pez, circular y renegrida, la lengua amuñonada.

Vinieron entonces los retortijones que le obligaban a esconderse tras las peñas para hacer de vientre. «No lo entiendo, acho: es verla salir y me se vienen las cagarrinas», repetía incrédulo. Los otros pensaban que se estaba metiendo con Rosi, llamándola bruja o algo así, y se reían por si acaso, porque nunca se sabía por dónde iba a salir el malabestia de Pelopadre. Pero él no se reía. Y tenía la cara roja; eso lo podía notar cualquiera, a pesar de los granos de acné.

Arturo tomó por costumbre llegarse hasta la Comarcal con el arrullo de los grillos. Encajaba la cara grandota entre las rejas forjadas de la ventanita, esperaba un buen rato, y cuando cesaba el traqueteo de la Singer —mucho después, con las hendiduras de los barrotes señaladas en las mejillas— empujaba con lentitud la contraventana entornada. Así lo hizo la primera noche y las siguientes. No hallaba explicación a su comportamiento, lo que tampoco importaba gran cosa, porque Pelopadre rara vez entendía lo que hacía. Sí le extrañaban, en cambio, los golpeteos del corazón, el dolor en la boca del estomago, la ansiedad que solo remitía al ocaso, la necesidad imperiosa de volver a ver a Rosi, de apartarle el pelo de la cara y obligarla a fijar los ojos huidizos en los suyos, de velar su sueño inquieto desde el otro lado del muro, desde la calle, desde el mismo infierno si era necesario. Pletórico al pronunciar su nombre, se rasuró llevándose parte de los forúnculos con la hoja mal afilada. Limpió las hebras de sangre con la camiseta de siempre.

___

Antonio Domeneq regresaba a casa de buen humor: «Esta Maruchi… qué hembra, qué ritmo, cómo sabe hacer que me sienta bien». La recordó exultante, deseosa de presumir colgada de su brazo. Dio unos pasitos cortos, adelante y atrás, enlazando una imaginaria cintura. Mañana le pediría a Sagrario que le planchase el terno beige. Otra cosa no, pero menuda mano tenía esta mujer para la plancha. Cerró la puerta del Simca con un golpe de talón y se dirigió a la cancela. Volvió a demostrar sus dotes de bailarín al traspasarla y subió los escalones de dos en dos. La luna era un estrecho gajo y de la playa llegaba tenue el murmullo de las olas mansas. Sí, había sido una buena noche.

Bajó Sagrario presurosa con la cabeza coronada de rulos, sobresaltada por el alboroto. Antonio Domeneq, el rostro desencajado por el dolor, trataba de liberar los dedos de la Singer, cuya aguja los había atravesado limpiamente con puntadas anchas e irregulares. A cada intento de liberarse del prensatelas, la máquina reiniciaba el traqueteo y la aguja volvía a hundirse en la carne. «Lo ha hecho aposta; Rosi lo ha hecho aposta. Se sentó a la máquina como si fuese a escucharme y me confié», Antonio sentía más rabia que dolor. «Era asqueroso —la rabia se transformó en sollozos—. Era asqueroso, Sagrario. Se había pintado la boca con carmín y él la besaba a través de la ventana. Ese cerdo la besaba. Y a ella le gustaba. Tuve que abofetearla, Sagrario: lo hice para apartarla de ese hombre; para que no siguiese exponiéndose de esa forma… desvergonzada. Porque dime, ¿quién podría querer a esta hija mía si es un monstruo? Creí que se doblegaba a mis razones, que las aceptaba y, entonces, apretó el pedal. Lo ha hecho adrede, lo sé. Corrió a buscarlo, como una cualquiera, y no he podido impedirlo».

Rosi no volvió. Los dedos de Antonio Domeneq sanaron; el corazón en cambio se le desvaneció en el aire como la estela de Varon Dandy que dejaba a su paso. Mientras pudo, siguió acompañando a Sagrario a misa dominical. Decían en el pueblo, bajando la voz con aprensión para no mentar a la bicha, que estaba carcomido por el mal de próstata, porque eso quita las ganas de vivir y solo así se entendía ese desmejoramiento repentino. Sagrario estaba convencida de que el mal de Antonio se llamaba Rosi y se apellidaba pena.

Los servicios funerarios realizaron un trabajo excelente. El propio Antonio les habría felicitado de haber podido. No faltó el traje beige impecablemente planchado; tampoco la colonia sobre el rostro rasurado. «Eras tan guapo y bailabas tan bien —suspiró Sagrario, acariciando la mano azulada—. Te quise tanto y tú a mí tan poco, amor mío. Cuánto he mendigado tu cariño. ¡Cómo imaginar que esta terrible enfermedad haría que me buscases, me llamases a gritos, reclamases mis caricias! Y esas pruebas médicas interminables e inútiles… Ya ves, Antonio, toda la vida echándome en cara mi incapacidad para darte hijos y resulta que no podrías haberlos tenido, ni conmigo ni con ninguna otra. Qué pena: morir sabiendo que Rosi no es hija tuya. ¿Y sabes lo mejor, querido? Conocía sus encuentros nocturnos. Lo supe desde el primer día y no hice nada por detenerlos: si Rosi disfrutó con esos besos, ya se lleva más que yo en esta vida. Adiós, mi amor: tienes toda una eternidad para bailar con la Parca».

—¿Te encuentras bien, Sagrario? —se preocupó la mujer del alcalde—. Como hablas sola…

—Como nunca, Adelina, como nunca. Recordaba la cara del pobre Antonio cuando el médico le dijo lo de sus testículos retráctiles.

—¿Le dijo qué? —la hermana del párroco aproximó la oreja, curiosa.

—Que tenía los cojones de ornamento, querida.

—Ave María purísima, Sagrario, pero qué cosas tienes.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escribidora cuando puedo.
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32 respuestas a Un cuento de amor

  1. evavill dijo:

    No sé ni qué comentar excepto que escribes maravillosamente bien.
    Y con ese sentido del humor que le pone el broche final a todo el texto.
    Merece una segunda lectura y se la voy a da en cuanto tenga un rato.
    Besos y gracias!!

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    • ¿Te parece poco comentario, eva? ¡Es preciosísimo! Me he tomado unos días de descanso, o de ejercicios espirituales, no sé muy bien como definirlo. Pero me encanta estar de vuelta y tengo que ponerme al día con las lecturas, porque tengo un montón acumuladas. Un beso regordo.

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  2. ha merecido la pena la espera, querida Max, ¡qué talento!
    he disfrutado cada palabra a través de “huertecillos acotados con somieres de alambre”
    y las “siemprevivas” llevándome de la tensión a la sonrisa por caminos de mordacidad y ternura…¡un clásico, avemaríapurísima!

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  3. marguimargui dijo:

    Los cojones de ornamento jaja, que bueno. Muchas historias compactadas en una.
    Me encantó 😘😘😘😘

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  4. lunapaniagua dijo:

    ¡Carmen! Qué alegría volver a leerte por aquí. Y vuelves por todo lo alto, ¿eh? Como siempre, ese humor que tanto me gusta intercalado en una historia que nada tiene de graciosa (y como muchas veces me siento fatal por reírme, ja, ja). «Si Rosi disfrutó con esos besos, ya se lleva más que yo en esta vida», es terrible esta frase, por lo que encierra, ese callar y vivir toda la vida sabiendo y sufriendo en silencio.
    Me alegro muchísimo de volver a leerte 🙂 Un besazo.

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  5. Tony Franco dijo:

    Me encanta la palabra “malabestia”. Estoy esperando que saquen un perfume que se llame así.
    Vuelves con todo un universo en los bolsillos. Me alegro.
    Un final cojonudo, si se me permite la expresión.
    Un abrazo.

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  6. Magdalena dijo:

    Me ha gustado lo indecible, Carmen. He ido a tu blog de casualidad (aún no te esperaba) y la sorpresa ha sido agradabilísima.
    Es una lástima que la profesional de la Singer perdiera su valioso tiempo en planchar trajes en lugar de próstatas. Seguro que con los cataplines achicharrados perdería el gusto de bailar ritmos caribeños con cubanitas y las Maruchis de turno. Yo en el lugar de Sagrario también felicitaría a los servicios funerarios, y con la Singer, le bordaría en el lazo de la corona: ¡¡Anda hijo, tanta gloria te lleves como descanso dejas !!.
    Besiños palmeiráns. Un placer.

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    • Qué te voy a decir, Magdalena: eres genial explicando los cuentos. Siempre consigues llevarlos un paso más allá. Creo que me sumo ya a otras voces: me encantaría que te embarcases en la aventura de publicar tu propio blog. Un beso, guapetona.

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  7. No me perdono que sea Magdalena la qué tenga que decirme que has vuelto a la palestra. Gozo de una facilidad pasmosa para liarme yo solita y luego llego tarde a todos lados. O quizá sólo sea que me gusta participar de todo sin poseer el don de la ubicuidad.
    Te perdono la ausencia porque tu entrada ha sido ¡triunfal! Sólo por saborear este relato, la espera ha valido la pena. Tres en uno y tan bien hilvanados… Es formidable la capacidad que tienes para ponerle a lo que escribes esa chispa de humor que lo trastoca todo. A pesar de lo trágico de la historia, me he reído con ganas. Lo de la “tataraloquesea” sí que tiene bemoles. Y ese final de nota…
    Volveré a leerlo despacito.
    Un abrazo grandote.

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    • Seas la primera o la última, siempre llegas ¡y no veas como se agradece! Muy bien traído lo del “hilvanado” de las tres historias, por eso de que se desarrollan entre dedales… ¡aunque no sé si es fácil seguir el hilo, si me permites seguir con la materia! Es que en este cuento he desbarrado un poquillo con tanta historia paralela, lo que hace más de agradecer que hayas conseguido llegar hasta el final. Un beso gordo, querida Palmeirana.

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  8. eladio dijo:

    Deliciosa lectura. Comparto ese punto de vista y tu exquisito modo de narrar. La historia está llena de momentos regocijantes, por lo que probablemente me equivoco cuando digo que hay algún desorden en la iluminación. Los focos, quiero decir. Como si estuvieran cruzados no dirigiéndose hacia un centro común que sostuviera con fuerza el aparato secuencial, sino lateralmente, generando intersecciones o pespuntes que permite que la trama no se deshilache. Y no se deshilacha, sólo que en la luz de los primeros párrafos no se adivinan las sombras del anecdótico final.Eso está bien, lo inesperado es un plus, pero hay algo que rompe con la expectativa inicial, sin que el relato se quiebre. Hay un todo, unas historias que se cruzan y se enredan entre sí, como si formaran parte de un conjunto mayor y que han sido recortadas conformando una unidad menor. No lo sé. En cualquier caso, basta ya, me ha interesado muchísimo y he disfrutado un montón. Saludos.

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  9. Querido Eladio: eres tremendamente comprensivo. ¿Algún desorden? ¡Pero si es un caos! Prácticamente el mismo que hay en mi cerebro y que me hace muy difícil seguir un razonamiento lógico. Cuando me siento ante el ordenador trato de imaginar una trama única y consistente. Todo va bien con el primer personaje… pero enseguida llega otro que le roba el protagonismo. Y cuando me familiarizo con el segundo, aparece el tercero diciendo a gritos “Yo, yo”. Al final es un auténtico carajal. Mi media naranja, que se tiene ganado el cielo, cuando lee uno de mis cuentos me pregunta cosas del tipo de: “¿pero se puede saber quién es el hijo de quien?”. En fin, que tienes toda la razón. Falta enfoque, aunque tal como lo explicas tú, suena mucho más bonito. ¡Muchas gracias por leerme y más aún por dedicarme un comentario tan extenso!

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  10. manoloprofe dijo:

    ¡Maravillosamente bueno! A Sagrario, creo, nadie le quitaba lo bailado… ¡Felicitaciones! Para hacer una frase que lo diga mejar: ¡Lo máximo, Máximo! 🙂 🙂

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  11. ¡Me sonrojo al máximo con tu comentario!, Manolo. Muchas gracias por tu amabilidad.

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  12. Con qué fuerza arrolladora has regresado. Confirmo una vez más tu gran capacidad expresiva y tú habilidad para profundizar en los personajes.
    La vida nos trata a su antojo, no respeta nuestros sueños. Eso le puede,si lo necesita, servir de consuelo a Sagrario.
    Este relato, como casi todos los tuyos, es el compendio de una voluminosa novela. Al leerlo me ha venido a la mente Pérez Galdós. El retrato de mi tocayo es característico de una época (o lo es de todas?). Es un tipo que a mí me resulta deprimente.
    La narración fluye sin altibajos, no hay divagaciones ni circunloquios que la lastren. Fluye como un torrente. Historias que se entrecruzan, personajes bien trazados, de carne y hueso. Desde luego, pienso, no es en la estela de Rosalía de Castro sino en la de Emilia Pardo Bazán en la que te sitúas como escritora. Por cierto, a las dos admiro. Rectifico, a las tres. Un abrazo.

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    • Querido Antonio: cada vez que pones un comentario, me lo leo tres y cuatro veces, primero porque disfruto leyendo todo lo que escribes (aquí y en cualquier otro lugar, sea cual fuere la temática), y segundo ¡porque me levanta la moral hasta niveles insospechados! (cómo no, después de ese comentario tan precioso). Creo que exageras no mucho, sino muchísimo, pero para que te voy a engañar: ¡me encanta! Un abrazo.

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  13. carlos dijo:

    Te diría que es un dibujo perfecto, si no estuviese convencido de haber leído una obra maestra. El ritmo y la cadencia de un poema justiciero y el final estupendo. Un besazo.

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  14. Mukali dijo:

    Guauuuuuuuu!!!! que alegría volver a leerte, con ese final tan -permiteme que diga- acojonante .Escribes de lujo. Que estela de personajes ¡a cual mejor descrito!…. te adentras en la descripcion y los sentidos con tanta soltura… que entre lineas, se van quedando los hilvanes. La verdad es que hay que leerte despacio, pero me gusta ese ejercicio por las risas que me traen tus relatos.

    Enhorabuena Carmen.

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  15. ¡Pues no te cuento la alegría que me da a mi tenerte de vuelta! Sí, esta vez me he pasado con la longitud del cuento (y no me gustan nada los textos largos porque creo que su lectura en un blog se hace pesada), pero es que no sabía por donde cortar. Y mientras dudaba entre un “corto por aquí” y un “no, mejor por allá”, el cuento ha optado por autopublicarse el solito. Así que ¡gracias por tomarte el tiempo de leerlo, compañera!

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  16. Estábamos esperando la parte II pero llego otra parte I.
    Me permitiré sugerirte una idea para la parte II de II: Fin.
    Escueto pero contundente. Aunque seguro que tu encuentras mejor palabra.
    Me ha gustado mucho el cuento pero me he quedado con una duda: ¿para que lado cargaba? Teniendo en cuenta el argumento no es cuestión baladí.

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  17. Mi estimado eltitulomelasuda: tu pregunta acerca del lado de carga me parece tan atinada como tu propio nombre. De hecho, dada la profesión de Sagrario y la circunstancia de que era ella la encargada de confeccionarle los pantalones, seguramente tendría muy en cuenta ese aspecto. He sido muy poco detallista al pasarlo por alto. ¡Mea culpa! Respecto a tu sugerencia para la Parte II del cuento anterior, creo que es sencillamente perfecta. Me he dado quince días para concluir un relato que, por algún motivo se me atraganta. Si transcurrido ese tiempo no surge la chispa, ten la seguridad de que hago mía tu idea: el título y un The End como la copa de un pino. Un abrazo, querido mío.

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