La canción

Doñita Natividad era una mujer ilustrada, poco agraciada y demasiado alta para una época de hombres pequeños. Basta con mirar las fotografías coloreadas de entonces para darse cuenta de que le avergonzaba su altura: es la única con zapatos planos del grupo de muchachas que coquetean con la cámara tomadas del brazo, todo sonrisas, cinturas de avispa y faldas vaporosas.

Su padre, Don Agustí Colomer, terrateniente reputado por partida doble —como primogénito de un acaudalado tratante de esclavos y como esposo tempranamente enviudado de una condesa criolla—, había urgido a su hija a trasladarse a España ante las preocupantes noticias de un Che Guevara que, a decir de todos, calmaba sus tórridas energías arengando a los desarrapados y desvirgando a las mocitas de alcurnia. Pero doñita Natividad, muy apegada al padre, se negaba a sumarse a aquellas primeras avanzadillas de cubanos adinerados que, anticipando la caída de Fulgencio Batista, partían en busca de mejor tierra a la que trasplantar sus fortunas. Cuando el dictador huyó a la vecina República Dominicana y, algo después, Fidel Castro decretó la Ley de Reforma Agraria con su programa de expropiaciones, Don Agusti Colomer —con el corazón en un puño— no tuvo más remedio que obligar a su hija a marchar a la vieja Europa, impelido por sus públicas simpatías por el régimen derrocado. Para entonces lo había perdido todo.

—Véngase conmigo, padre —suplicó la joven una vez más, a voz en grito por causa de los atronadores motores del buque. Bernarda, la mulata que había amamantado a Natividad con sus pechos, lloraba a mares desgarrada por el dolor de la separación.

—Mi alma es más cubana que catalana, hija mía. ¿Qué se me ha perdido a mí a estas alturas al otro lado del océano? Si ese Fidel quiere expulsarme de mis plantaciones, tendrá que llevarse por delante a este viejo. Y si aconteciera lo peor, tu madre lleva tiempo calentándome la tumba, así que me recibirá con los brazos abiertos.

—¿Pero quién se hará cargo de mí, ahora que somos unos pobretones de tomo y lomo?

—Hemos perdido nuestro patrimonio, hija adorada, pero conservas impoluto tu acervo cultural. Hablas cinco idiomas, tocas la bandurria, dominas la mecanografía, la estenotipia y los vericuetos de la teoría de cuerdas, y sabes comportarte como una señorita. De algo valdrá todo lo que he gastado en tutores. En cualquier caso, dentro del hatillo de viandas que cuelga de tu brazo, nuestra compungida Bernarda ha ocultado, en el interior de la hogaza de pan de centeno, la pulsera de pedida de tu madre. Cuídate, hija mía, y gasta cuanto te den por esa reliquia con moderación mientras buscas un medio de vida decente. Quisiera despedirte con un hasta pronto, pero me da el pálpito de que no volveremos a vernos.

Por suerte Natividad no escuchó estás últimas y tristes palabras, arrodillada como estaba sobre cubierta tratando de partir a golpes la gruesa hogaza. Allí, entre las dos mitades de miga amarronada, refulgieron como estrellas las esmeraldas con los que iniciaría su nueva vida alejada de los sones cubanos, de las aguas voluptuosas del Atlántico y de la alegría de vivir caribeña. «Con tanto tutor formándome como aristócrata casadera, nada he podido saborear de esa vida —trató de animarse— ¡Quién sabe si conoceré en el Viejo Mundo lo que me ha escatimado el Nuevo!». Y con este grato pensamiento se durmió con la cabeza apoyada en el hatillo.

Don Agustí Colomer estuvo acertado al alabar las ventajas de una sólida cultura, pues no había empeñado la segunda esmeralda cuando, en la habitación de una pensión de señoritas sita en Las Ramblas, la joven Natividad cepillaba con ahínco su mejor y único traje dispuesta a causar buena impresión en el European Urgent News. El diario económico, propiedad de Rudolf Strasser, al que se atribuía afinidad con las Juventudes Hitlerianas, nunca acreditada, se abría hueco con paso firme en una España poco propensa a inmiscuirse en las cosas del pasado. Natividad fue recibida por la señora Schneider —mano derecha de Rudolf—, quien gratamente sorprendida por las muchas cualidades de la joven, en particular, su dominio del alemán, se lo hizo saber al señor Strasser.

—¿Sólo se ha presentado esta candidata? —preguntó éste, ojeando la fotografía.

—Había dos, pero ésta me pareció más indicada para el puesto —respondió su mano derecha.

—¿Por qué motivo?

—He creído que, al ser la más fea con diferencia, era poco probable que se nos casase como la anterior.

—Me agrada su perspicacia, señora Schneider —apreció Strasser acariciándose el corto bigotillo.

—He tenido al mejor maestro, Rudolf —sonrió ella.

Contrariando los pronósticos de la señora Scheneider, Natividad Colomer terminaría casándose con el propio Rudolf Strasser. Lo hizo enamorada o al menos creyéndolo. A Rudolf le movieron motivos más fisiológicos: la sangre azul que corría por las venas de la abnegada secretaria. Compensaba su falta de atracción por la caballuna joven con el placer venéreo que le producía emparentar con una casa nobiliaria. La boda se acordó en un tiempo récord y, aunque se ofició en rigurosa intimidad, el diario económico dedicó la portada al enlace de su fundador con la «heredera de la exótica Condesa de Taiparo y el empresario catalán Agustí Colomer». En las instantáneas del evento se atisba la obsesión de Natividad por no sobrepasar la altura del marido en el encogimiento de hombros y en la curvatura forzada de la espalda que, con el tiempo, se transformaría en dolorosa cifosis. La novia no muestra un semblante feliz, pero bien podría deberse a la ausencia del padre.

*****

Fui contratada por los Strasser como tutora de su primogénito, un niño inquieto y soñador, al que era difícil mantener los pies en la tierra y, menos aún, la vista en los libros. En los muchos años que trabajé en la casa jamás asistí a un gesto de cariño entre la pareja. Por las mañanas, Rudolf Strasser leía la prensa nacional y la extranjera sentado en el mismo sillón de cuero y caoba, las piernas cubiertas con una piel atigrada fuese invierno o verano. Nunca me saludó ni se dirigió a mí en catalán, siquiera en castellano. Strasser no hablaba, impartía órdenes —también a sus hijos—, y lo hacía en alemán. Su ayudante de cámara traducía sus palabras con un cerrado acento bávaro. El pequeño de la casa, un mocoso vivaracho, se llevaba la peor parte. Los dos mayores habían aprendido a respetar al padre y evitaban cruzarse en su camino, a menos que fuese imprescindible. Pero el pequeño, no. Qué iba a saber él, pobrecito. Cuántas veces lo vi tumbado en la cama, con el culo desnudo en pompa cruzado por los correazos. Pero de nada valían los palos, quiá. El seguía, erre que erre, sosteniendo la mirada cuando el padre hablaba. Los mayores miraban al suelo, en señal de deferencia; vaya usted a saber qué les pasaría por la cabeza entre tanto.

Doña Natividad siempre parecía ausente, metida en sus lecturas. Cuando el señor Strasser, apoyado en un innecesario bastón repujado en plata, partía para el periódico, ella abrazaba a los chicos, pero jamás le oí comentar nada del marido, ni bueno ni malo. Los abrazaba, uno en uno, les acariciaba la cabeza, y volvía a sumergirse en la lectura. Yo hacía cuando podía, ¿pero quién puede reemplazar el cariño de los padres?

Solo una vez presencié un enfrentamiento entre el matrimonio: cuándo Rudolf exigió meter a los niños en agua helada para castigarlos. Cómo si no fuese bastante castigo acostarlos a las siete de la tarde, hasta en verano, cuando los gritos de la chavalería jugando en las aceras, a la caída del sol, atravesaba las contraventanas. Rudolf Strasser cerró la puerta de golpe, con esa mirada fría, y le pilló el dedo a su mujer, rompiéndoselo. Usted dirá que fue un accidente; yo estoy convencida de que vio la mano de ella apoyada en el marco.

Para qué voy a mentir: no sentí pena cuando tuvo el derrame. Y eso que se quedó como una planta. Solo podía mover los ojos. Bueno, y la boca con esfuerzo. Lo encamaron en la habitación del fondo y contrataron una enfermera. Ninguno de los hijos traspasó esa puerta. Ella sí; Natividad Colomer, sí. Al caer la tarde, a la misma hora en la que Rudolf obligaba a sus hijos a acostarse, se sentaba a su lado, alisaba el embozo y tomándole la mano entonaba, con la aspereza de una guitarra mal afinada: «Espérame en el cielo, cariñito adorado, que si Dios te ha llevado, fiel te juro ser yo». Entonces él empezaba a boquear, como un pez, y ella sonreía.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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24 respuestas a La canción

  1. Buenísimo!!! Ya quisieran los del boom latinoamericano (el Vargas Llosa, ese asqueroso) escribir así. Una pasada!👉👏👏👈

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  2. Vargas Llosa, ¿pero quien es ese? Je, je: ¡no sé como puedo tenerte tanto cariño con lo que te cachondeas de mí!! Gracias por encontrar un rato para leerme, note.

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  3. Bueno, “la ciudad y los perros” es buena, pero yo creo que no lo escribió él. Y tú sí escribes bien (el tiempo lo encuentro en una cajita que tiene Pablo y la deja a su lado cuando dormita😊)

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  4. Magdalena dijo:

    Magistral, Carmen. Hay personas a las que da gusto conocer sólo por el placer de despedirse de ellas, y cantándole “Espérame en el cielo” pero… espérame durante muchos años a pesar de tener que serte fiel.
    Besiños agradecidos palmeiráns.

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  5. ¡Y tanto! Incluso aunque no sea una despedida tan drástica como en esta historia, qué maravillosa sensación la de perder de vista a una persona tóxica: es como quitarte una losa de encima. Un beso muy grande, Magdalena.

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  6. Tony Franco dijo:

    Creas frases rotundas y perfectas. Envidiable.

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  7. Tú, como el buen vino… Es que no me dejan calificativos los que se me adelantan.
    Conocí a una persona que -medio en serio, medio en broma- le cantaba ese estribillo a su marido -hipocondríaco perdido- cada vez que en una de sus constantes crisis le decía “me muero, me muero”.
    De Vargas Llosa no quiero ni oír hablar. El primer libro que leí suyo fue precisamente “La ciudad y los perros”. Después los cuentos… Pero como persona nunca nunca me cayó bien. Y menos aún desde que va vendiendo sus amoríos por las Televisiones. Vergonzoso.
    Sigue deleitándonos con tus formidables historias.
    Un montón de besos.

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    • Je, je, creo saber a que persona te refieres y tengo que decir eso de genio y figura hasta la sepultura. Vargas Llosa me parece tan alucinante (sobre todo en sus primeras obras) que tendría que hacer algo “execrable” para que dejase de asombrarme con su forma de escribir, pero entiendo que como persona pueda caer más o menos simpático. Un montón de besos para ti (se nota un pelín el enchufe que me tienes :-))

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  8. lunapaniagua dijo:

    Qué bueno, Carmen. Escribas el tipo de textos que escribas, mantienes tu esencia, esas frases tan imaginativas y tus maravillosas descripciones. Me encanta 🙂
    Un besote y buen fin de semana.

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  9. Carmen querida, compañera… Es un relato precioso. Y, como tantas veces, con estampas y hechos que luego rescatas para dar profundidad y sentido a lo que va aconteciendo. Eso no es fácil. Eso es muy bonito…
    ¿Te había dicho que tienes una capacidad envidiable a la hora de componer personajes? Por ejemplo, sabemos que Rudolf Strasser es un sádico y un torturador, no por sus filias fascistas (que también), sino porque nos haces imaginar el dolor de unos niños encerrados en sus habitaciones a la hora de los juegos, los gritos y risas de la chavalería entrando por la ventana. Y nos haces sentir el placer de Rudolf al cerrar la puerta con una mirada fría…
    Doña Natividad, hija, esposa y madre…
    Un gran abrazo compañera.

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  10. Gracias, Álvaro: ¡qué comentario tan precioso! Ya no sé que decirte para no sonar mega-repetitiva. Conocí a Doña Natividad, hija, esposa, madre y también abuela. Al principio me planteaba este cuento como una de mis chorradas, pero a medida que los recuerdos llegaban en tropel, se me iban quitando las ganas de hacer comedia. Una vez escrito el relato, eliminé una docena de frases porque, a pesar de haberse producido esas situaciones (y de haber asistido a bastantes de ellas), sobre el papel me parecían excesivas. Lo curioso es que, de todo lo que había visto (rayano con un sofisticado maltrato), era el hecho de que obligasen a los niños a encamarse y que no pudiesen mezclarse con el resto de los chavales lo que me parecía más retorcido… Un abrazo gordo, compañero.

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  11. Lo que cuentas sobre el comportamiento del padre, no de doña Natividad sino de sus hijos, el señor Rudolf, me ha recordado un libro que me impresionó mucho. Se titula “El asesinato del alma: la persecución del niño en la familia autoritaria” de Morton Schatzman, donde se expone pormenorizadamente ese método pedagógico encaminado a dejarte como un vegetal, es decir, sin alma. En este relato las tornas se vuelven justicieramente y le ajustas las cuentas a ese tunante de Strasser. Un abrazo.

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  12. Dios mío, Antonio: la idea me pone los pelos de punta (y, la verdad, siento curiosidad por leer ese libro). En este caso no soy yo la que ajusta las cuentas al tunante sino más bien la justicia divina, porque debo decir que Strasser fue, en su momento un hombre bien considerado; algo menos después de su muerte, cuando empezaron a salir trapos sucios sobre su pasado, aunque la familia hizo cuanto pudo por silenciar las cosas y lo logró, al menos en parte. Un abrazo y ¡buenas noches!

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  13. Un relato magistral, muy bien armado argumentalmente, creíble, irónico, punzante incluso. Es un placer de lectura. Salud.

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  14. Mukali dijo:

    Madre mía! que talento el tuyo escribiendo…
    Me he sumergido en la historia y mientras leía, pensé sí habrías vivido todo eso y lo contabas desde los ojos de la experiencia. Ahora que ya se que sí, me sigue pareciendo admirable la forma tan fantástica en que describes los hechos y un poco de la vida de esa mujer. Historias parecidas he conocido en mi pueblo, en las que luego, tras la muerte las mujeres e hijos respiraron y florecieron. Eran otros tiempos en los que todo se aguantaba, ahora por suerte, la mujer va teniendo más libertad para decidir…o al menos en ese camino estamos.

    Un abrazo.

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  15. Gracias, Mukali, por encontrar un ratillo para darte una vuelta por aquí. Si has vivido en un pueblo (como es mi caso), seguro que has conocido un montón de historias de esas porque, imagino que por la cercanía, era fácil estar al tanto de lo que pasaba en la casa ajena. Supongo que en las ciudades estas historias domésticas pasarían más desapercibidas. Lo más flipante de todo es que a veces la realidad supera tanto a la ficción que, al describirla, tienes que bajar los decibelios para que suene creíble… Un abrazo, guapa.

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  16. Raquela dijo:

    Qué ganas tenía de volver!!
    Una pasada de relato.
    Creo que también sé de qué persona se trata 🙂

    Para mi, esa canción de despedida, siempre significó la fortaleza de una mujer que tuvo que aguantar demasiado por la época en la que vivió pero que nunca lo aceptó y fue una guerrera hasta el último momento!!

    Que alegría ver gente nueva por aquí.

    Besazos para todos y el más gordo para ti.

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  17. Seguro que sí lo sabes, ¡y desde luego que fue guerrera hasta el último momento! Un beso muy gordo para ti. No te puedes imaginar la alegría que me da tenerte por aquí…

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  18. ¡Hola! ¿Nos seguimos? Un beso 😊

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