Pecadillos de juventud VI

Le despertó la cháchara de la sala contigua y un picorcillo en la nariz. Trató de retener un estornudo sin lograrlo. Las voces se interrumpieron. Sopesó la situación por encima. Estaba vestido —también calzado— y solo. Tenía la cara abotargada pero podía abrir los ojos. Probó a bostezar, más por constatar la capacidad de movimiento de la mandíbula que por necesidad. No estaba mal. En principio todo se reducía a un tabique roto.

—Pitito, ¿estás ahí? —musitó.

—No, he salido a dar una vuelta, no te jode. ¿Dónde quieres que esté si soy un ente pensante? Tu ente pensante, por precisar.

—¿Qué hago ahora? Tú me has metido en esto.

—Y me dirás que estás mal. ¿No es más entretenido que la mierda de existencia que llevabas antes? Yo, al menos, lo estoy pasando estupendamente.

—Si no te importa preferiría equiparar mi existencia a la que aquellos poetas románticos del XIX, sentimentales e incomprendidos, que terminaban muriendo de fiebres tísicas o quitándose la vida en lo mejor de la juventud… que es justamente lo que me proponía a hacer cuando apareciste tú.

—No sé en qué se diferencia eso de una existencia de mierda, pero agradéceme el que te haya impedido culminar tus propósitos porque, como españolete de a pie y católico, a lo más que podrías aspirar, en el mejor de los casos, es a pasearte por el paraíso en compañía de ángeles asexuados debatiendo sobre metafísica. No digo que esté mal para un ratito, pero toda una eternidad oyendo parábolas me parece aburridísimo. Si quieres mi opinión sincera, tu actual situación es mucho más halagüeña, sobre todo ahora que la nariz partida te ha quitado un poco la cara de tonto.

Remedios descorrió la cortina. Olía a gel de baño y a café recalentado. Joselu aspiró con vehemencia. Es preciosa —pensó.

—La abuela está echando las cartas para aconsejarnos.

—Más bien agilizo los dedos para mi partidita de póker de esta noche —la voz ronca de la anciana se filtro a través de la tela—. Para deciros que el Sebas vendrá a presentaros sus respetos en cuanto sepa que estáis aquí, no necesito las cartas, Reme, me basta con el sentido común. Justamente lo que te faltó a ti cuando te liaste con ese demente. Y no quiero parecer resabiada, pero no será porque no te lo haya advertido. Claro que de casta le viene al galgo, porque tu madre era igualita. Y tú abuela aquí presente también, para que nos vamos a engañar. Aclarado este extremo, si yo fuese vosotros, saldría por patas del barrio y, si es posible, de la ciudad. O, mejor aún, del país. ¿Qué tal Brasil?

—¿Y si las toma contigo, abuela?

—Qué le vamos a hacer. En situaciones peores me he visto. Por si acaso, haré algo de vudú con las greñas que le cortaste y que tuve la previsión de pedirte anticipando algún marrón. No es que crea mucho en esas chorradas, pero por intentarlo que no quede.

—Te quiero, abuela.

—Y yo a ti, querida. Ahora iros pitando. Por cierto, Reme, me gusta ese muchacho: es calladito y no se hurga entre los dientes como el otro. La pinta de tolai se puede arreglar quitándole la raya al medio y esa ropa de colegial. ¿Te viste tu mamá, guapo?

Remedios se dirigió hacia la puerta. Joselu la siguió, pero se detuvo a medio camino. Retrocedió sobre sus pasos, recogió los restos del desayuno de las dos mujeres y retiró el mantel. Lavó a continuación las tazas, barrió y fregó el suelo, sacó brillo a los picaportes y al buda del aparador, colgó el cuadro de una marina y otro de un ciervo que también podía ser un rinoceronte y abrazó a la abuela. Se hubiera tomado de buena gana una taza de café para acallar los rugidos del estómago, pero le dio no sé qué pedirlo por falta de confianza y porque Reme seguía esperándolo con la mano sobre el pomo.

—Si querías ganar puntos con esta vieja, lo has conseguido, comoquieraquetellames. Cuida de la nena. Marchaos de una vez y mandadme una postal sin remite de vez en cuando.

***

—¿Qué hacemos ahora? —se preguntó Remedios ya en la calle—. La peluquería está descartada porque Sebas va seguro.

El sol deslumbrante de principios de abril realzaba la crudeza del entorno. Cascotes y basura se disputaban la estrecha acera. No parecía entrar en los planes de nadie retirarlos.

—Visitemos a Aparici.

Joselu había hablado con lentitud para paliar en lo posible el tartamudeo. Consideró que la frase la había quedado redonda: concisa y aún así explicativa. Animado por el resultado, se lanzó a por la siguiente:

—Me debe la paga de esta semana —aclaró. Esta vez se trabó ligeramente en la palabra paga que sonó como papaya.

—¡Pero si hablas… raro… pero hablas! Daba por hecho que eras mudo. O francés.

—¿Francés?

—Siempre he pensado que los franceses tienen cara de tontolabas, pero me ponen muchísimo. No me preguntes por qué. Haberme dicho que querías fruta, chaval. Papayas en casa no tenemos, pero te podía haber pillado una mandarina o algo así.

***

De acuerdo: era improbable que el garito de Aparici hubiese ganado el premio al establecimiento del año. O que hubiese obtenido la licencia de apertura, de haberla solicitado, pero cualquiera notaría que había empeorado bastante últimamente.

—¿Se puede saber qué has hecho, mamón? —saludó a los recién llegados. No tenía buen aspecto.

—No llames mamón a un hombre al que le cuesta defenderse. ¿No ves que es francés? —le devolvió el saludo Remedios.

—Ya veo que tú lo defiendes estupendamente, guapita. Maldita sea, Joselu: ni el consuelo me queda de que me pagues este destrozo con el sudor de tu frente porque en cuanto te pille el de la esvástica y sus muchachos no vas a servir ni para pienso de mascota. Esto último es de ellos, no mío. Lo que más me cabrea es que, si me lo hubiesen pedido de buenos modos, les habría enseñado hasta los pelos del culo.

—Dime que no les has dado mi dirección…

—El código postal no lo recordaba pero les informé de la parada de metro más cercana. Pensaban visitarte cuando acabasen de ponerse finos con los tres mil euros que me han limpiado.

—Te llamas Joselu… —ató cabos Remedios dirigiéndose a éste— ¿Y cómo ha podido saber el Sebas que os conocíais vosotros dos?

—Como el resto del mundo: viéndole en youtube con la camiseta de mi local. —Aparici se giró para mostrar la espalda de una camiseta de lycra serigrafiada con el nombre del establecimiento, su localización en google maps, el horario de la happy hour y su propia fotografía en compañía de un cóctel adornado con sombrillita hawaiana.

—¿Y si denunciamos los hechos? —insinuó Joselu.

—¿Cómo? —La simple sugerencia pareció colocar en el mismo bando a la joven y al propietario del local. Joselu no se percató de la deserción de Remedios porque mantenía en ese momento una amena conversación con Pitito.

—¿Pero tú estás tonto o qué te pasa? —le recriminaba la voz interior— Para empezar, este local no tiene ni un permiso en regla y, para seguir, ¿te has fijado bien en el vídeo que circula por la red? Lo único que se ve es a un canijo grillado que se lanza de cabeza contra un probo usuario del metro, derribándolo sin más.

—El vídeo está incompleto: ¡sabes que tenía una buena razón!

—Yo sí, pero no la pasma. Es una pena que quien grabó la escena sacase el móvil en ese momento y no un poco antes para ponerle contexto, o sea, cuando el zumbao le arrea la coz a la chica. Pero eso es lo que hay… y lo único que se ve. El tipo tiene cara de bestia, mide dos metros y lo ha tatuado su peor enemigo, de acuerdo, pero no creo que eso sea delito. La agresión y el desorden público sí lo es, y tú los cometes los dos y alardeas ante la cámara con esos saltitos pugilísticos de lo más hortera. Estoy seguro de que en comisaría te van a recibir con los brazos abiertos. Y además, ¿por qué no denunciasteis lo ocurrido en su momento? Apuesto a que tu preciosa Reme tampoco tiene muchas ganas de dar explicaciones a la autoridad.

Las voces de Remedio y Aparici lo devolvieron al mundo real.

—¿Pero tú estás tonto o qué te pasa? —coincidieron con el ente aún sin haberlo oído— Piensa en un plan alternativo.

Joselu palideció, aunque no por el apelativo. Había recordado algo.

—Debo ir a casa. Todo cuanto tengo de valor está sobre la mesa supletoria de la entradita. No puede caer en manos de Sebas —dijo de corrido.

—¿Una pipa? ¿Una faca de siete muelles? ¿El pasaporte? ¿El plan de pensiones? —curioseó la chica.

—Bueno… más bien el tarro de melocotón en almíbar en el que conservo las cenizas de mi padre a la espera de esparcirlas en su pueblo natal. Hasta ahora no había encontrado el momento porque queda bastante a desmano.

—Chaval: estás grillado. Y yo más aún por seguirte, pero el acento francés me hace perder el sentido y tú lo bordas —en esta ocasión fue Remedios quien salió en pos de Joselu.

***

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Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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6 respuestas a Pecadillos de juventud VI

  1. Magdalena dijo:

    Me he divertido mucho leyendo estos capítulos tan amenos del personaje tartaja ( más bien mudo ) Joselu. El mundo está lleno de pequeñas alegrías; el arte consiste en saber distinguirlas, y Carmen me está ayudando a encontrarlas.
    Besiños palmeiráns

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  2. ¡Pero Magdalena: no me puedo creer que te estés leyendo todo el blog! Desde luego te tienes ganado el cielo. ¡Gracias por tu paciencia! Un beso, guapa.

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  3. Aunque soy más partidaria del relato corto- al menos en el ordenador- inducida por Magdalena me he leído los seis capítulos de “Pecadillos”. Y si ella se ha divertido, imagíname a mí, usuaria asidua del metro y conocedora de los lugares a los que haces mención… El garito de Aparici, por supuesto que no. Y ya que me he tragado (lo de tragar no lo veas con sentido peyorativo) los seis primeros capítulos, espero con ansia los restantes. Aunque sea por entregas.

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  4. Buenisísimo este relato!! (*deja el móvil y aplaude ardorosamente)

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