Los héroes anónimos viajan en escarabajo

Cuando llegamos al barrio, lo hicimos como modernos nómadas urbanos: precedidos por una furgoneta «pick-up» de alquiler con conductor, de esas equipadas con un cajón trasero abierto protegido por una loneta. En su interior se amontaban en precario equilibrio algunos muebles prácticos y destartalados; un batiburrillo de artículos del hogar almacenado en cajas recicladas del super; una batería de cocina sin estrenar regalo del Banco Central Hispano por domiciliar la nómina; un aparato de música cuyos bafles zumbaban como moscardones a poco de conectarlos; un buen puñado de libros que saltaban jubilosos con cada bache de la calzada y un Mac de carcasa transparente cuidadosamente envuelto en papel burbuja, clara demostración de su estatus en la jerarquía de enseres familiares. Detrás del pick-up, a bordo de un Renault gris cobalto cuyas manchas herrumbrosas daban fe de una esforzada vida a la intemperie, viajamos nosotros cuatro y una cobaya, sepultados bajo una tonelada de ropa de Zara, sección juvenil.

Nuestro nuevo hogar se alzaba majestuoso en un barrio residencial donde los pinos piñoneros, los nísperos, los álamos, los plátanos de sombra, los tilos, las moreras y hasta algún que otro madroño encanijado competían por destacar contra un cielo tan inmaculado que no podías más que preguntarte qué pacto habrían sellado los vecinos con el diablo para mantener a raya la contaminación que agrisaba el resto de la urbe. La brisa juguetona esparcía el perfume vaporoso del jacinto, del jazmín, de la lavanda y de las costillas a la barbacoa asadas en uno de los primorosos jardincillos unifamiliares. Las tórtolas se cortejaban; las chicharras estridulaban; los grillos grillaban; los gatos se acicalaban; los perros se olisqueaban; las lagartijas se bronceaban al sol; las cucarachas correteaban sin rumbo y mis hijas me informaban, ajenas a ese crisol de luz y color, que aquel era el barrio más pijo que habían visto en su vida; que no pensaban entrar en esa casa «ni jartás de vino» —expresión que consideré como mínimo curiosa dada nuestra procedencia norteña— y que o regresábamos in-me-dia-ta-men-te al lugar del que las había sacado «dejando atrás un hogar decente y un montón de amigos de lo más normales» o me harían la existencia imposible.

Ante aquella vivienda adosada a otras cinco idénticas, henchida de alegría de vivir y con el inhalador a mano por la abundancia de arizónicas, aspiré profundamente para impregnarme de primavera. Flanqueada por dos preadolescentes agraviadas y por el amor de mi vida —enterrado bajo la voluminosa colección de anatomía quirúrgica que conservo de mi padre—, pise con garbo los escalones de nuestro nuevo hogar. Sentí ganas de componer una oda a la naturaleza pero pensé que tal vez sería más práctico hacerlo una vez que hubiésemos descargado la pick-up, estacionada en medio de la vía impidiendo el paso. El sonido alegre de los cláxones me recordó al We are the Champions de Freddy Mercury. Empujé la puerta y me adentré pletórica seguida por los míos.

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Nuestra casa y las otras cinco con las que compartimos zonas comunes están a medio camino de una cuesta pronunciada que une la ruidosa M30 con la más reposada calle de Arturo Soria. Por su disposición, perpendicular a la acera, y su particular arquitectura —tres plantas de pequeño tamaño comunicadas por una angosta escalera de caracol que les da cierto aire de minaretes— la hilera de viviendas establece una sutil aunque tangible separación en el lado derecho de la empinada pendiente: en su mitad superior se encadenan las urbanizaciones cerradas cuyos muros resguardan umbrosas piscinas rodeadas de abetos y césped bien cortado. En la mitad inferior se suceden las casitas bajas con patios delanteros repletos de maceteros de plástico, cuerdas de tender y parras de troncos nudosos. La última de ellas —justo donde nace la cuesta— es la de Manolo y Estrella.

Me he cruzado con Manolo infinidad de veces, acompañando a mi hijo a la escuela o paseando a los perros. Antes de que se forjase entre nosotros algo parecido a una amistad, solía verlo atendiendo a cuatro ancianas nonagenarias a las que, si el tiempo lo permitía, sentaba en el patio, en torno a un pequeño velador de hierro. Las mujeres permanecían por lo general silenciosas y apáticas, buceando en sus recuerdos bajo el apacible sol de medio día. Manolo se dedicaba entonces a retocar la carrocería de un viejo escarabajo. De tanto en tanto, abandonaba el pincel y regresaba con las ancianas para ceñir una toquilla, secar un hilillo de saliva, ahuecar el almohadón que protegía una espalda dolorida o comprobar que todo marchaba bien. A veces las obligaba a dar cortos y temblorosos paseítos, prácticamente en volandas —tomándolas por las axilas— aunque no creo que esa actividad fuese del agrado de ninguna de ellas. Durante mucho tiempo creí que era un trabajador social. Supe más adelante que la última en morir fue la madre de Estrella y que las otras mujeres eran vecinas de toda la vida cuyas casas habían engullido las excavadoras. «Los hijos se marchan, los maridos dejan viudas y las pensiones no alcanzan —me explicó sin atisbo de dramatismo—. No fue premeditado. Las cuatro se reunían cada tarde para hacerse compañía y un día optaron por no separarse. Ya se sabe que donde caben tres caben seis. Todo es cuestión de apretarse un poco».

Manolo es delgado, pequeño y fibroso. En verano viste una camiseta blanca de algodón, de esas interiores, que le hacen parecer un trabajador de peonada. En invierno utiliza un jersey gris, deshilachado en mangas y bastilla. No le conozco más que un pantalón. Si el frío arrecia, se encaja un gorro de lana descolorido. Si llueve, se moja. Si graniza, protege el coche con cartones. En diecinueve años no le he visto cambiar de atuendo: salvo que compre por docenas las camisas, jerséis y pantalones desgastados, el aguante de esas prendas tiene algo de sobrenatural. Haga frío o calor, se tapona los oídos con protuberantes torundas de algodón, lo que no le impide oír, hablar o reír a carcajadas. Porque Manolo es un hombre afable y parlanchín. Sobre todo cuando presume de las cualidades de su coche al que, por cierto, nadie ha visto circular jamás.

Estrella es diferente. Introvertida y poco dada a la charla, se acurruca a la sombra del durillo, con un cigarro eterno entre los labios que consume de un tirón, sin apartarlo de la boca. Cuando no están entretenidas prendiendo un pitillo con otro, sus manos juguetean con los pelillos de las cejas que, a poco, termina arrancando como malas hierbas. Jamás ha dejado de responder a mi saludo pero noto que le cuesta y aborta desgarbadamente cualquier intento de conversación. Todos los días pasea de la mano de su marido, aunque lo hace rezagada —la colilla pegada al labio inferior ligeramente caído— y con la cabeza gacha. Ha heredado la debilidad congénita de su madre, pero en ella la enfermedad se ha manifestado antes y con mayor fiereza. Desde hace unos años grita sin razón aparente. Son aullidos penetrantes, monótonos y repetitivos, con un no sé qué de animal, como de loba que aúlla a la luna. A veces se prolongan durante horas. Lo curioso es que no transmiten dolor, ni miedo ni ira. Es fácil imaginarse a Estrella chillando en un acto reflejo, como quien respira. Cuando comienzan los gritos, Manolo sale de casa, retira la funda de cartón que protege el coche y se concentra en la chapa, buscando desgarrones sobre los que aplicar minio.

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Hace cosa de tres meses que el escarabajo no está delante de la puerta. El aprendiz del garaje de la esquina —que a juicio de su jefe se pasa más tiempo tomando la fresca que entre motores— está convencido de que ha sido obra de algún vecino malaje, porque haberlos haylos. «Seguro que lo han denunciado a los municipales: ya sabes, la cantinela de que esa chatarra ocupa un estacionamiento y hace mal efecto en el barrio».

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En la grúa no han sabido darme razón del coche. Tampoco los municipales. Mañana seguiré con los desguaces y, si no doy con él, probaré a poner anuncios en las farolas, o quizás en el periódico. No pararé hasta encontrarlo, porque me duele el alma cuando veo que el gesto de Manolo se parece cada vez más al de Estrella.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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8 respuestas a Los héroes anónimos viajan en escarabajo

  1. Conociéndote, estoy convencida de que es real. Suerte en la búsqueda.

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  2. ¡Por suerte no hay que buscar nada! Besitos.

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  3. lunapaniagua dijo:

    Y tanto que un héroe. Pero ¿a él quién lo cuidará? 😦

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  4. Hola, guapetona:
    Ayer noche me llamó mi hija (no vive en Madrid) y ¡no te puedes imaginar la pena que tenía! “Mamá, me dijo, no puedo creerme que haya desaparecido el coche: no me siento en casa hasta que lo veo”. Ese escarabajo es toda una institución y la historia que cuento tiene mucho de real, pero ocurrió hace algún tiempo y, por suerte, desde entonces, el coche ha reaparecido. ¡No te puedes imaginar la cantidad de historias de héroes anónimos con las que me encuentro cada día, muchas de ellas con final feliz! Un beso.

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  5. Magdalena dijo:

    Otra historia preciosa. Ya no puedo pasar sin leérmelas. Eres magnífica,Carmen.
    Besiños palmeiráns.

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  6. Gracias, Magdalena: no sabes cómo agradezco tus comentarios. ¡Pero voy a ver si cambio un poquillo de tercio y cuento historias más divertidas!

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  7. ¡Qué descubrimiento! (Me viene al pelo; estoy de mudanza.) Me encantó el relato ¿o es el embrión de una novela? Un saludo.

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  8. Hola, Laura:
    Un placer conocerte y muchas gracias por tu comentario. No, que va, no es un embrión…. ¡ya tengo demasiadas criaturas a medio empezar! Lo de las mudanzas es un pelín estresante, pero me encanta esa sensación de “estrenar vida”. ¡Espero que no te resulte muy agotador!

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