La lengua de las chicharras

El autobús enfiló la calleja pavimentada con gravilla y parches de hierba. Dentro, todos dormitaban, a excepción del conductor y del copiloto. Se oyó un rechinar, como de pizarra escolar arañada. El copiloto, malhumorado, trató de abrir la puerta con urgencia para comprobar si se había rayado la carrocería. Me cago entó —se quejó, al golpear el retrovisor contra el muro mal encalado de una de las casuchas, separada de la calzada por una acera, tan angosta, que más parecía un escalón—. Ni la puerta se puede abrir en esta mierda de sitio. Al culo del mundo nos ha traído el maldito GPS. A ver dónde damos ahora la vuelta.

Siguió el vehículo calleja arriba desembocando en la plaza del pueblo. Adoquinada y reducida, la plazuela enmarcaba, vista desde el extremo sur —donde estacionó el autobús— la iglesia, de desproporcionado tamaño por comparación con el entorno. La fachada de ladrillo, sin más adorno que un desnudo dintel de sillería y un diminuto reloj unos metros por encima, había soportado mal el paso del tiempo. O quizás siempre había sido fea. A la izquierda, sobre la arcada de la casa consistorial, una bandera descolorida pendía mustia por la calima. Debajo, en el interior de los soportales, la sillas del Bar de Toribio aguardaban pacientes y recalentadas la salida de los feligreses. El propio Toribio mataba el tiempo limpiando, con el mismo paño húmedo, los restos untuosos de las mesas y el alquitrán de las conchas de vieira recicladas en cenicero. Bordeaba el lado derecho de la plaza una hilera de casas bajas, de arriero, cuyos grandes portones con arcos de medio punto contrastaban ostensiblemente con los muros de obra sin enfoscar y los ventanucos cegados con recortes de madera y uralita. Concluía la desangelada estampa una solitaria fuente central, de un caño, con las raíces aéreas de un plátano enroscadas a su pedestal en desesperado esfuerzo por alcanzar el escuálido chorro.

—Oiga —saludó Toribio en dirección al vehículo—, a mí no me molestan, pero les advierto de que el alcalde ha abroncao al otro autocar porque el señor párroco se quejaba de que el megáfono entretenía a los feligreses y no había forma de que se concentrasen en los oficios.

—¿El otro autocar? ¿Pero cuántos autobuses reciben al día en este pueblo de mierd… quiero decir olvidado de la mano de Dios, buen hombre? —preguntó el copiloto, sacando la cabeza por la ventanilla. Un breve vistazo a su alrededor confirmó las sospechas iniciales: estaban en el trasero del mundo.

—Habitualmente, ninguno. Como somos trece vecinos y la única atracción turística de este secarral es el canto de las chicharras y la picadura de la mosca del establo, nos han debido borrar del mapa. Para viajar tiramos de piernas y callao. Aunque no recuerdo que nadie haya salido del pueblo desde que quitaron la mili.

—¿Trece vecinos nada más?

—Sí, señor: los que ahora están en la iglesia. Cuando acabe la misa vendrán a tomarse unos chatos, porque aquí somos muy dados al tinto, ¿sabe usted? Ya lo dice el señor párroco, que es muy leído: «Si Jesucristo celebró su última cena convidando a vino y no a agua, por algo sería».

—¿Y cuándo dice que llegó ese autocar?

—De mañana, con la fresca. Como tenía la carrocería pintada con dibujos de rapaces en porretas corriendo por el prao, como la de ustedes, he supuesto que venían los dos juntos y que, tal vez, el uno se había perdido y el otro lo andaba buscando.

El copiloto recibió indignado esa información.

—No me puedo creer que también haya estado aquí esa pandilla de degenerados transexuales —precisó, dirigiéndose al conductor, que aprovechaba el descanso para hurgarse la nariz.

Añadió elevando la voz:

—Venga: todos pafuera del vehículo. Ya que estamos aquí vamos a repartir octavillas a la puerta de la iglesia. Marcelo, enchufa la megafonía. A tope.

El megáfono gimió un par de veces para modular las cuerdas y bramó una ristra de eslóganes:

¡Qué no te engañen! Los niños tienen pene y las niñas vulva. Los niños tienen pene y las niñas vulva. Los niños tienen pene y las niñas vul…

—¿Quiere probar el vino del pueblo antes de que salga el alcalde a echarles con cajas destempladas? —preguntó Toribio solícito.

—No voy a hacerle un desprecio, mesonero: póngame un chatito con unos zarajos de esos.

Toribio señaló con un gesto de barbilla al grupo de jóvenes que había abandonado el autobús y, con ello, los placeres del aire acondicionado.

—Quizás convendría que les acercase el porrón. No parece que estén acostumbrados a la calor del pueblo…

—Qué va, hombre, solo están abotargaos por el viaje. Estos chavales de firmes principios se aclimatan en un pispás. Además tienen que foguearse: ellos son el futuro de nuestra amada piel de toro y ya se sabe que la piel, como no esté bien curtida, huele como la de Marruecos.

—Es posible —dudó el mesonero—, pero parece que las moscas están diezmando la moral de la tropa. Yo creo que un poco de bebercio volvería a levantarla.

Se abrieron en ese momento las puertas del templo dando paso al alcalde, flanqueado por el párroco. Les seguían los paisanos tomados por el brazo, en fila de a dos, excepto el último que caminaba solo como podía.

Los jóvenes, instalados a ambos lados de la escaleras de acceso a la iglesia —octavillas en mano—, languidecían a ojos vista bajo las picaduras de las moscas y del sol impenitente.

—Eh, muchachos —grito el copiloto con la boca llena—, ya están saliendo. ¡A repartir octavillas!

Levantó el alcalde la mano, instando a los jóvenes a que siguiesen derritiéndose como hombres. Se dirigió, a continuación —con parsimonia— hacia el bar de Toribio, seguido por el vulgo.

El megáfono continuaba impertérrito:

¡Qué no te engañen! Los niños tienen pene y las niñas vulva. Los niños tienen pene y las niñas vulva. Los niños tienen pene y las niñas vul…

—A los buenos días —saludó el alcalde a gritos para hacerse oír.

Y añadió, sin mayores preámbulos, por la potestad que le conferían sus noventa y seis años recién cumplidos:

—Se acaba usté el vino y los zarajos y se va con sus chicos por donde han entrao. Bueno, por donde han entrao no, que es dirección única.

—No faltaría más, señor Alcalde: ya se ve que este pueblo no son muy dados a recibir visitas. Y tampoco nosotros somos de molestar. Nos quedaremos lo justo para informar a los presentes de la deriva en la que está inmersa la sociedad española, con una juventud intoxicada a la que se está haciéndole dudar hasta de su propio sexo…

—Bueno, pues ya nos ha informado. Ahora marchando.

—Pero, Alcalde, no me estará dando puerta como a los depravaos de esta mañana, ¿verdad? Porque estará conmigo en que un niño es un niño, una niña es una niña y madre solo hay una….

—Ta, ta, ta…. Ni conozco a los de esta mañana ni les conozco a ustedes, pero aquí no se les ha perdido nada, ni a los unos ni a los otros. Además, la mayor parte de los lugareños están sordos como tapias, así que perderían el tiempo con sus explicaciones. Venga, acábese el vino, recoja a los muchachos que tiene tendidos al sol, y vayánse con Dios, que es buena compañía.

—Alcalde: exijo que me permita explicar que nos ha traído aquí…

—Releñe, ¡qué no hay nada que explicar! No se ponga pesado, joven, o llamo a la autoridad para que le encierre.

La autoridad, situada tras el párroco y el corregidor, dio un tambaleante paso al frente —ayudada de la garrota para no irse al suelo—, por si se requerían sus servicios.

—¿Y usted, como párroco, no tiene nada que decir? —preguntó el conductor, a punto de arrancar el vehículo.

—Hijo mío, yo opino sobre las cosas del más allá. De las del acá se encarga el señor Alcalde…

—¡Ya decía yo que éste era un pueblo de mierda! —estalló el copiloto—. Aunque no tienen mal vino, la verdad. Y los zarajos también se dejan hincar el diente. Y díganme, ¿cuál es el camino más corto para la general?

Partió el autocar dejando tras sí retazos de su atronadora cantinela. El olor a diésel perduró algo más por la ausencia de brisa.

***

—¿Pero qué querían esos? —preguntó uno de los ancianos, pasándole la frasca al alcalde.

—No tengo la menor idea —respondió éste sirviéndose generosamente— pero seguro que era alguna bobada de ciudad. Esos jovencitos llegan al campo con su tomtóm, su petulancia y sus decibelios y creen que los vamos a recibir como en Bienvenido Mister Marshall. Aunque lo pasamos bien organizando aquel sarao, ¿verdad, señor Párroco? ¿Otro zarajito?

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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7 respuestas a La lengua de las chicharras

  1. lunapaniagua dijo:

    Muy bueno. La descripción de la plaza me ha encantado, la he leído como si la estuviera viendo.

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  2. Opino lo mismo que Luna: las descripciones, en general, son insuperables. Pero lo bueno es que le hayas sacado tanta chispa a una campaña tan tonta.

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  3. Magdalena dijo:

    Buenas tardes Carmen: Un relato fantástico. La definición excelente. He visualizado a los personajes como si de una película se tratase. Los diálogos muy buenos.
    Yo también pienso lo mismo que “Palmeiralibre ” Has sabido sacarle punta muy ingeniosamente a esa ridícula campaña.
    Besiños palmeiráns.

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  4. Hola, guapetona: la verdad es que cuando estaba oyendo la noticia me entró la risa por lo ridículo del asunto. Inmediatamente me vino a la cabeza el pragmatismo de la gente de campo, sobre todo si ya tiene una edad y ha vivido situaciones tan duras como una posguerra. De ahí el cuentecito. Un beso muy grande.

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