Detective vocacional

Marcelo trató de introducir la llave en la cerradura. El llavero le resbaló de la mano entre desenfadados tintineos. Se agachó para recogerlo, con el frágil equilibrio de un funambulista, y cayó de bruces. Logró ponerse de rodillas y, a tientas, por la falta de luz, palpó el pavimento en busca de las llaves perdidas. Soltó un juramento cuando una china se le clavó en la rodilla y se prometió por decimocuarta vez que no volvería a pisar ese antro de vicio. Localizó las llaves bajo el cartel de «Prohibido depositar basuras» fijado con dos postes metálicos a la verja del jardincillo que el jardinero de la comunidad se desvivía por mantener florido pese al recalcitrante calor estival. El coqueto jardín sobresalía como acogedor oasis entre el césped agostado de las viviendas circundantes. Marcelo se preguntó, una vez más, qué demonios pintaba ese cartel en una zona residencial como aquella.

Más tarde, aclaradas las ideas con un potente café aliñado con sal gorda y sin nada mejor que hacer, Marcelo rememoraba lo ocurrido esa noche, desde la amable placidez de su sillón orejero, y se asombraba de su propia sangre fría. El hombre estaba allí, bajo el letrero prohibitorio, aplastando parcialmente un parterre de amapolas recién plantadas. Algunos insectos audaces mancillaban su cuerpo. Cuando lo descubrió de madrugada, por culpa del llavero, lo primero que pensó fue que el fallecido había elegido un lugar muy poco edificante para morir. Su siguiente reflexión la dedicó al entregado jardinero, anticipando el estado en el que habría quedado el parterre. Aún tuvo tiempo, antes de avisar al 012, de encadenar otro par de lucubraciones interesantes: iba a vomitar de un momento a otro y juraría que acababa de plantar la mano sobre una canina.

Poco pudo aclarar Marcelo durante el interrogatorio policial al que fue sometido en plena calle, bien sobrepasada la madrugada, más allá de que llevaba encima una curda digna de un hooligan del Manchester; que cuando estaba borracho era tremendamente observador (algo rigurosamente cierto); que no tenía el gusto de conocer al finado; que únicamente había tocado el escenario para recoger su llavero; y que la descriptiva vomitona que salpicaba uno de los lustrosos zapatos del muerto era suya y de nadie más. Solicitó permiso a los agentes para subir a casa un momentito —a asearse y tomar un paracetamol—, a menos que quisieran que igualase ambos zapatos con una nueva explosión etílica. Le fue denegado. Para entonces la situación ya estaba bajo el control de los efectivos de la policía nacional que, con su buen hacer, habían encontrado tiempo para enzarzarse en una agria discusión, sobre el reparto de competencias y sus respectivas madres, con los municipales personados en el lugar a bordo de un Megán de capó ajedrezado. El servicio de emergencia con su ambulancia medicalizada, el forense con su maletín de facultativo, la jueza de guardia con su secretario judicial (y también amante) y los efectivos del parque de bomberos del barrio de Hortaleza con su coche bomba recién estrenado esperaban instrucciones ante la puerta cerrada del bar arrendado por la mancomunidad, cuyo empleado se tomó la molestia de explicar a los allí congregados, mientras izaba la estrepitosa persiana metálica con la respiración entrecortada por la carrera, que su estado narcoléptico no se debía al consumo de sustancias ilícitas sino al desánimo que le embargaba «por tener que levantarse antes de que pusiesen las calles para servir desayunos y calmar las últimas sedes de los crápulas que regresan a casa cuando lo que a mí siempre me ha privado es regentar un bar de señoritas». Marcelo aprovechó esa relativa quietud para escaquearse sin solicitar nueva autorización: empezaba a clarear y lo último que deseaba era cruzarse, en estado tan poco propicio, con un vecino de la finca.

Con la cabeza prácticamente despejada y cómodamente arrellanado en el sillón, Marcelo se preguntaba ahora quién sería el finado cuyo cuerpo había levantado el juez de guardia. Un vecino del barrio, no, porque todos se conocían, al menos de vista. ¿Qué hacía entonces bajo el cartel ahuyentador de basuras? Por lo que recordaba, el hombre estaba acicalado, peinado y rasurado como quien se dispone a disfrutar de una velada en un casino, en un club de varietés o en otro garito caro y rancio. No había escatimado gastos en estilismo ni en gomina, por lo que probablemente habría acudido al evento acompañado de un partenaire. El que éste fuese hombre o mujer dependería de sus preferencias y Marcelo no encontró ninguna pista que arrojase luz sobre este extremo. El nítido orificio trazado por la bala, en cambio, sí era ilustrativo: instalado entre ceja y ceja, más que un tiro parecía un aderezo de buen gusto, como la flor del ojal, los gemelos de plata, las borlas de los zapatos, el costosísimo reloj de la muñeca o la sonrisa que lucía el muerto exhibiendo una cuidada ortodoncia. «Queda descartado el móvil del robo», decidió.

El dolor de cabeza había desaparecido pero Marcelo se presionaba las sienes para reproducir la imagen nocturna en su cerebro, tratando de ampliarla. Debía ser un proyectil de pequeñísimo calibre por la ausencia de sangre. Y, obviamente, había sido disparado desde muy cerca: de ahí la quemadura en el entrecejo semejante a una diminuta flor tatuada. «Yo diría que una margarita», concretó. La bala procedía de un arma pequeña, claramente femenina. «No me extrañaría que tuviese cachas de nácar con las iniciales grabadas» —Marcelo siempre había sido muy de CSI Las Vegas—. Esta última reflexión le llevó a decantarse por una mujer como probable acompañante del muerto y, en cualquier caso, como su segura asesina.

Tenía todas las trazas de ser un crimen pasional, pero ¿qué hacía el cuerpo allí, en un ejemplar barrio residencial, donde la actividad más audaz era el running dominical empujando el carrito del niño? Llegado a este punto, Marcelo no pudo evitar un acaloramiento generalizado, aunque más visible en orejas y entrepierna. ¿Era realmente un barrio tan ejemplar? Pensó entonces en el local al que acudía desde hace casi un año. No podría decir con certeza cómo llegó a conocerlo —¿un programa televisivo para insomnes, una revista erótica, el boca a boca entre connoisseurs?—. Con una puerta anodina y una mirilla gran angular por toda identificación, el club de swinging (también admitimos singles, le aclaró la bella recepcionista, con el tono de una enfermera de psiquiátrico de lujo, cuando le entregó el obligatorio antifaz) mantenía el más absoluto anonimato en un barrio cuyos vecinos no parecían o no querían conocer su existencia.

«Yo nunca había hecho nada así», se justificó el modélico Marcelo consigo mismo. Le dolía no poder resistirse a la fascinación de un sexo colectivo que cada noche lo arrastraba hasta el más delicioso de los infiernos. «La culpa es de la prejubilación, que me deja demasiado tiempo para pensar en guarradas». Se miró la entrepierna con asco, cruzo y descruzó las piernas inquieto y bebió un largo trago de café salado. La arcada borró de golpe los pensamientos pecaminosos.

La cuestión era que el tipo le sonaba —volvió a centrarse en la tarea detectivesca que se había encomendado—. ¿Sería un personaje público, un político, un futbolista? No lo creía y, en cualquier caso, si fuese así, la noticia ya habría saltado a los titulares o al telediario matutino. Había muerto disfrutando, de eso no tenía duda. Marcelo reconocía esa sonrisa eufórica, rotunda, de hombre satisfecho. Y de nuevo volvió a pensar en sus reñidas disputas morales que la lujuria ganaba irremediablemente.

El asesino, o mejor dicho, la asesina, había apoyado la pistola en la frente de la víctima. Eso sugería que el desconocido mantenía los ojos cerrados en el momento del disparo y que confiaba plenamente en quien estaba a su lado o… sobre él. Esta última reflexión le devolvió al club de intercambio.

¿Habría ocurrido allí? Las paredes insonorizadas, la música ambiental y el bullicio propio de los escarceos amorosos mitigarían el sonido de un disparo realizado con una pistola de juguete. Un juguete mortal, se corrigió Marcelo. Y nada más sencillo que abandonar el cuerpo inerte en una de las camas redondas en las que, despiertos o dormidos, lo que menos faltaba eran cuerpos. El hecho de que todo los participantes en la competición amatoria estuviesen obligados a cubrir su rostro con una antifaz habría servido para resguardar la identidad de la asesina. Marcelo también podía imaginar cómo había llegado a parar, bajo el incongruente cartel, el coqueto fiambre: advertidos los vigilantes jurados por un cliente aún despejado, se habían deshecho del cadáver de una forma expeditiva, poco engorrosa y sin preguntas: vistiéndolo y abandonándolo con nocturnidad y alevosía en el primoroso jardincillo de la plácida y cercana urbanización residencial. ¿El móvil? Marcelo barajaba varios que, con ligeras variaciones, giraban en torno a una amante —¿o sería la esposa?— despechada que fingía aceptar los antojos de su pareja a la espera del momento propicio para ejecutar su mortal venganza. ¿Y si uno de los vigilantes fuese cómplice de la mujer? Esta nueva hipótesis habría un abanico infinito de posibilidades y explicaría por qué habían abandonado el cuerpo bajo un letrero tan inapropiado: un último refinamiento de una vendetta fríamente planificada. «Ella quería que todos supiesen que el hombre no era más que basuraۚ», dijo Marcelo en voz alta. Entonces pensó en su propia vida durante el último año. En su batalla diaria para no acudir al club. Una batalla que sabía perdida de antemano. Su situación era diferente: no tenía una pareja a la que rendir cuentas. ¿Pero podía juzgar al muerto? ¿No compartía sus mismos apetitos? ¿Habría luchado también él con uñas y dientes contra el voluptuoso deseo que aniquilaba la voluntad? ¿No eran los terribles remordimientos penitencia suficiente? Marcelo se sintió hermanado con el desconocido y lamentó sinceramente una muerte que consideró un castigo desproporcionado.

Cuando bajó a tomarse el aperitivo —una costumbre que ya formaba parte de su ritual de prejubilado, como la de leer las esquelas del periódico y hacer los crucigramas— fue informado por la portera de la finca de lo acontecido:

—Ay, Don Marcelo, como lleva usted vida de anacoreta no se ha enterado de nada. Han encontrado a un caballero muerto allí, en el jardincillo. Pobre hombre: tan buen mozo, tan elegante, con ese lunar tan sexy en el entrecejo. No me malinterprete, pero a mí los lunares masculinos me vuelven loca. Fíjese, sino, como le quedan al Robert De Niro o al Russel Crowe ese… la policía cree que sufrió un ataque cardíaco y, claro, a esas horas de la noche, en un barrio residencial como éste, no había un alma para socorrerlo. Ay, qué pena más grande: se fue al otro barrio, si me permite decirlo, abandonado como un perro… un hombre con tan buena planta. Suponen que estaría buscando un taxi y que, al sentirse desfallecer, se arrastró hasta el jardincillo porque hay algo más de luz y está cerca del portal; ya sabe, por si entraba o salía alguien. ¿Pero quién iba a entrar o salir a esas horas?

—Vale —admitió Marcelo, abriendo el diario por la página de las esquelas, los codos apoyados en la barra de su cafetería preferida—, es posible que me haya confundido con lo del balazo en la frente, pero el resto de mis deducciones siguen siendo válidas: la ha espichado en el club. ¿Algún tipo de veneno, quizás? Si la policía quiere creer lo del infarto y el taxi, allá ellos. Pero el muerto estaba sonriendo, y a mí que me expliquen que tiene de gracioso que te de un jamacuco de madrugada.

Dio un largo trago a la Lager y suspiró con complacencia: no se le ocurría mayor placer que una cerveza bien tirada.

_____

Por lo que sé, nadie conoce al autor del cartel de la fotografía: apareció de la noche a la mañana en un jardincillo que destaca por su primoroso cuidado. El letrero tiene algo de manual, de casero, de anacrónico. Si algo no encaja en este bucólico paraje es, precisamente, ese cartel. Y eso siempre aviva la imaginación.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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3 respuestas a Detective vocacional

  1. Magdalena dijo:

    Pues, quiero dar mis más efusivas gracias al desconocido, que plantificó en el jardincillo, el susodicho cartel, por participar inconscientemente en la trama detectivesca,que ejecutó tan satisfactoriamente la autora.
    Besiños palmeiráns

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  2. Es posible que dejes inconclusas tus historias; pero, como muy bien dice Magdalena, eso deja margen para que cada uno le aplique el final que mejor le parezca. Se me está ocurriendo que tu forma de escribir da pie para crear un nuevo galardón literario: “Premio Inspector Disaster al Final más Imprevisible”. Ahí queda eso…

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  3. ¡Gracias a las dos por estar siempre ahí!

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