La separación

—Así que te has dignado a visitar a tu madre…. —La cuidadora boliviana saluda al recién llegado con una inclinación de cabeza, ajusta la manta sobre las rodillas de la anciana y abandona la habitación sin esperar a que se lo pidan.

Mario deposita, al lado del vaporizador, el paquetito de bombones que acaba de comprar en la pastelería de enfrente, a precio desorbitado, y besa las mejillas acartonadas. Un intenso olor a eucalipto impregna la atmósfera.

—¿Qué tal, madre?

—Fatal, ¿cómo quieres que esté, enferma y más sola que la una?

—Vengo cuando puedo…

—Pues deberías poder más. El día menos pensado me muero y te pesará sobre la conciencia.

—Tal vez si dejases de repetirme eso, no me deprimiría tanto visitarte y vendría con más frecuencia.

—Vaya, mi hijo quiere que le diga que estoy estupendamente para no deprimirse… Y, además, sabes que no puedo tomar chocolate por el hígado, así que puedes regalarle los bombones a… esa.

Esa tiene un nombre, madre: se llama Silvia.

—Por lo que a mí respecta, su nombre es esa o Mala Pécora. Antes de conocerla no eras así, hijo.

—¿Así como?

—Así de despegado y poco cariñoso conmigo. Pensar que me porté con ella como una madre… y todavía estoy esperando a que venga a verme. Anda, pásame los bombones. Total, para lo que me queda en el convento…

***

Ya en el instituto Silvia le gustaba a rabiar, con esa cara de empollona hacendosa. «Tío, a mí me recuerda a la cerdita Peggy, por la nariz aplastada» —le decía su amigo Marcos, para fastidiarle— y, bien visto, tenía razón; pero a él siempre le habían gustado las mujeres así: regordetas, de nariz achatada y con pinta de sabiondas, qué se le iba a hacer.

Frenó la moto en seco al verla. Daba instrucciones contradictorias a dos hombres que intentan cargar un sofá de tres plazas en una furgoneta. El mueble era pesado y el espacio para maniobrar incómodo. Uno de ellos se empleaba a fondo, infructuosamente, soportando la mayor parte del peso. El otro se concentraba en inflar las venas del cuello, en un remedo de esfuerzo. «No me lo puedo creer: es Silvia, con el tontaina de Manolo y el caradura de Marcos. ¡Sigues teniendo el mismo morro, tronco!» —gritó, levantando la visera del casco—. Marcos se dio por aludido y rió abiertamente. Lo reconocieron pese a la barba con la que compensaba una alopecia que le avergonzaba. Silvia, risueña, le estampó dos besos ruidosos sobre el trozo de cara visible. «¿Nos echas una mano? Está visto que si dependo de estos no consigo deshacerme del sofá. Prometo invitarte a una cerveza en el Night Square cuando acabemos. Para recordar los tiempos de instituto».

—¿Y nosotros qué? —preguntó Manolo agraviado.

—A vosotros que os den, que bastante tengo con aguantaros.

***

Su madre la recibió con los brazos abiertos.

—Qué guapa, qué simpática, qué atenta es, hijo. Invítala a comer este sábado: voy a preparar una fabada para chuparse los dedos. Y luego podemos jugar a las cartas.

La pareja se acostumbró a ver la película de sobremesa con las manos enlazadas, el volumen al mínimo y los ronquidos de la anciana como banda sonora. Algunos sábados, si se hacía tarde, Silvia dormía en la habitación de invitados y, por la mañana, las dos mujeres acudían a misa de doce tomadas del brazo, la más joven acompasando su paso alegre al más pausado de la otra. A la salida compraban pasteles. Póngame bastantes bocaditos de nata, decía la madre. E invariablemente añadía con el orgullo de quien tiene a un campeón a su cuidado: «Mi hijo sería capaz de comerse dos docenas de una tacada y quedarse tan ancho, ¿sabe usted?». Silvia hacía ademán de pagar pero la anciana se lo impedía con una sonrisa afectuosa. Él las recibía en casa con la mesa puesta, unas copitas de Quina Santa Catalina «para hacer boca» y los ademanes seguros y dichosos de quien se siente el amo del mundo.

¿Cuándo se me jodió la vida? —se pregunta Mario mientras aguarda a que su madre regrese del cuarto de baño—. Es esta una pregunta superflua, mil veces contestada, pero la utiliza como exorcismo para ahuyentar la tentación de apiadarse.

***

—Este fin de semana voy a Albacete, a conocer a la familia de Silvia —Mario trata de sonar convencido pero le pierde el titubeo inicial—.

—Ay, hijo, Albacete. —La mujer se echa la mano al pecho— ¡Pero si queda lejísimos! Y estas malditas taquicardias me están matando. ¿No podríais dejarlo para más adelante? Silvia lo comprenderá, estoy segura.

—Ya lo hemos retrasado varias veces…

—No te lo pediría si me encontrase bien. ¿Les has hablado de mi estado? Quizás podrían venir ellos aquí. Me encantaría conocerlos.

—Veré qué puedo hacer.

Mario, taciturno, apenas abrió la boca durante los trescientos kilómetros y ella también prefirió optar por el silencio, por no reavivar la discusión. Ambos agradecieron la compañía de la radio. Recibió la llamada del hospital a los postres, cuando su futuro suegro le explicaba cómo había hervido las setas. «Si no alcanzan los ochenta grados, la toxina te fríe el encéfalo a fuego lento: esa sí que es una muerte jodida, puedes creerme». Mario se preguntó si la cena le había gustado tanto como para arriesgarse a morir entre estertores. La voz, al otro lado del aparato, era tranquilizadora: «En principio no es más que un ataque de ansiedad, pero tendremos a su madre en observación veinticuatro horas» —el tono era neutro, sin rastro de los reproches que él esperaba, reconcomido por los remordimientos. «Lo siento, tengo que irme inmediatamente —se disculpó poniéndose en pie—. Viajaré de noche para estar en Madrid cuando le den el alta. Quiero hablar con el médico». Sintió la mano del hermano de Silvia apoyada sobre su hombro. «Venga, te acerco a la estación. Verás cómo no es nada» —le reconfortó—. Mario asintió, cabizbajo, evitando mirar a su novia.

***

Alquilaron un pisito amueblado en un bloque sin ascensor.

—Con lo grande que esta casa… ¡pero si hay espacio de sobra para los tres! —La madre de Mario respiraba con esfuerzo—. No entiendo por qué no podéis vivir aquí, conmigo. Con el sueldo de tu novia como único ingreso no estáis para tirar el dinero y, la verdad, me haríais tan feliz…

Mario no encontraba una respuesta satisfactoria, pero Silvia había sido tajante: cerca de ella, sí; con ella, no.

—No te preocupes, madre —su voz sonaba falsamente jovial—. Estamos a tiro de piedra y vendré a verte todos los días. Verás como nada cambia.

Ella asintió y le acarició el pelo.

***

Silvia estaba radiante cuando le contó lo de la convocatoria: «Están hechas para ti, Mario. Estas oposiciones las sacas con la gorra». Se lo había dicho abrazándolo, con el cuerpo apetitoso pegado al suyo, como hacía antes de que la desilusión se instalase en la alcoba. Y él se había presentado el día del examen, puntual y provisto de varios bolígrafos. Permaneció en uno de los bancos del vestíbulo, con el maletín sobre las piernas, hasta que el último opositor abandonó la sala y el bedel le pidió que dejase el pasillo libre para el servicio de limpieza. «No ha ido mal, pero será mejor no hacernos ilusiones, por si acaso», respondió ante la mirada expectante de ella, y corrió a beber un trago de agua para que la mentira se deslizase tráquea abajo cuanto antes y dejase de asfixiarle como una espina.

¿Cómo no imaginar que Silvia consultaría las listas de candidatos ante la ausencia de noticias? ¿Cómo explicarle que no quería aprobar, que no podía dejar sola a su madre? Ella lo supo con solo mirarle. «Eres un enfermo; los dos estáis enfermos» —escupió con rabia, antes de abandonar la vivienda dando un portazo. Volverá —pensó él—, tiene que volver.

Saltó del sillón al oír la llave, dispuesto a abrazarla y a jurarle que haría lo que ella quisiera. «Incluso visitaré a un psiquiatra», le diría. Marcos, con el llavero tintineante en la mano, no ocultó su malestar: «Perdona: Silvia me dijo que estarías con tu madre, por eso no he llamado. Vengo a recoger sus cosas».

El teléfono sonó de madrugada. Los tonos se propagaron impacientes por la casa vacía. Saltó el contestador.

—Hijo, ¿estás ahí? Necesito que vengas inmediatamente: siento una terrible opresión en el pecho y me temo lo peor. Este es el final, lo presiento… no te molestaría si no fuese así. Contéstame, por favor: me prometiste que nada cambiaría.

Mario se cubrió la cabeza con la colcha. Estaba decidido: su madre nunca sabría que Silvia lo había abandonado.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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19 respuestas a La separación

  1. Raquela dijo:

    Qué relato tan bueno.
    Nos sorprenderíamos al saber cuántas veces ha dejado se ser relato y se ha convertido en una realidad.
    ¡Besitos desde el Sur!

    Nota: qué bien sienta leerte en la playita 🙂

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  2. ¡Qué alegría que encuentres un ratillo para leer mis cuentos de amores y desamores!
    Lo de cortar el cordón umbilical con los hijos puede ser duro pero no hacerlo es condenarlos a no crecer…
    ¡Disfruta muchísiiiimo de esas playas impresionantes que tantos recuerdos me traen!!

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  3. lunapaniagua dijo:

    Qué bueno, me ha gustado tanto que lo he leído dos veces, para recrearme en tus descripciones, que ya sabes que me encantan.
    No es nada rara esa situación, yo conozco más de un caso con 40 años y a las faldas de mamá… Como dices, es duro pero hay que hacerlo, también es muy bonito ver que tu lechoncita se va convirtiendo en una persona con personalidad propia y armas para hacerle frente a la vida.
    Un besote.

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    • ¡Gracias, Luna! Siempre tan amable. La verdad es que me dio un poco de “pudor” escribir este cuento por la cantidad de parejas que conozco con ese “pequeño problemilla”. Estuve tentada de poner lo de “todo parecido con la realidad es pura coincidencia”… Como bien dices, ¡es tan bonito ver a los enanos crecer y convertirse en hombres (o mujeres)! Pero hay que sabe cuando soltar amarras… Un besazo.

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  4. De nuevo una historia hilvanada desde distintas perspectivas y contada agilidad y mucho ritmo. Me gusta mucho tu forma de narrar. Y me gustan tus historias: hondas y humanas. Y tu sentido del humor: ese suegro explicando el hervido de setas y esa muerte jodida de encéfalo frito si no se preparan de manera adecuada (no creo que a Mario se le hiciera la boca agua precisamente…). Bueno, y esa pregunta utilizada como “exorcismo para ahuyentar la tentación de apiadarse”, me parece un hallazgo. Y ese final: “su madre nunca sabría que Silvia lo había abandonado” es un estupendo colofón para un chantaje emocional y una dependencia emocional como la copa de un pino. ¡Un abrazo, compañera!

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    • Esperaba impaciente tu explicación, Álvaro: ¡me encanta! Yo diría que después de los amores malogrados, la dependencia familiar, en todas sus variantes, ha servido para llenar muchas, pero que muchas páginas lacrimógenas. Lo de las setas es tan real como la vida misma. Me impresionó saber por un cocinero amigo que, al igual que sucede con el pez globo, hay muchos valientes (o locos como él mismo) dispuestos a saborear un tipo de seta (tan fulminante como una amanita) particularmente delicioso. El desafío es que, si queda una milésima de carne sin cocinar a altísimas temperaturas, son tales los dolores que provoca el veneno que “ruegas porque un alma bendita te de la estocada que acabe con el sufrimiento” (esta fue la explicación que me dio y me pareció muy gráfica). Un abrazo, compañero.

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  5. Gracias, Tony: ese comentario venido de alguien que domina la pluma (o la tecla) como tú, se agradece una barbaridad…

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  6. Me ha gustado mucho cómo has hilado está historia. He leído también los comentarios tan sagaces de los “compi

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  7. “compilectores” y me han gustado también mucho

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  8. Gracias, noteclaves. ¡Yo diría que muchas veces son más interesantes los comentarios que el propio cuento! Disfrutad muuuucho del fin de semana…

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  9. Magnífico relato en el que describes las relaciones humanas en su desnudez y crudeza. La madre absorbente, el hijo, Silvia…,por quien siento más pesar es por el segundo, atrapado entre las dos mujeres y su propia debilidad.
    Te señalo una falta de tipeo: “Silvia hace ademán de pagar”. Buen fin de semana.

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  10. Gracias, Antonio, por tu precioso comentario y ¡por la corrección! Los fallos de tipeo son mi especialidad… creo que tiene mucho que ver con una dislexia mal corregida. ¡Buen fin de semana para ti también: estoy segura de que lo aprovecharás para sacar estupendas fotografías!

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  11. Como de costumbre he llegado la última. ¡Qué más puedo decirte después de tantos y tan elogiosos comentarios! En realidad casi me alegro de haber entrado tarde porque así lo disfruto por partida doble
    Eres única describiendo lugares, personas, situaciones… Lo que te echen. Y ese humor irónico –entre drama y comedia- que sabes extraer de situaciones que –por desgracia- se repiten a lo largo del tiempo. Y lo más triste es que a las personas que sufren este tipo de chantajes les ocurre algo así como a las víctimas de la violencia machista: acaban creyéndose culpables de la situación.
    Sigue escribiendo: lo haces ¡guay”. Un beso.

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    • Quirke dijo:

      ¿Que cuándo se jode la vida? Creo que Silvia fue más madura y escapó ante las posibles consecuencias futuras de su relación. “Uno no se casa con la pareja sino con su familia” pero, claro, esta lección de nuestro sabio refranero, como casi todas, se aprende con la prueba y el error.
      Bonito relato ¿existe aun el knight and squire?
      Un saludo.

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      • ¡Cómo tantas otras lecciones de nuestro refranero! Pues sí, el Knight sigue en el mismo sitio, inamovible. Hace poco me pasé por él, por curiosidad, y la verdad es que me llevé un poquito de desilusión: ¡está claro que en nuestros recuerdos embellecemos muchas cosas! Un placer tenerte por aquí, Quirke.

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    • ¡Si es que la vida es tragicómica! Tienes razón: la sensación de culpabilidad puede hacer estragos… Por eso siempre admiraré a mi madre: a pesar de una vida muy complicada y de lo que le ha costado sacar adelante a un prole numerosa sin el respaldo de nadie, jamás le he oído utilizar esa circunstancia para azuzar culpabilidades. La primera o la última, ¡me encanta leer tus comentarios!

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  12. Magdalena dijo:

    El que no tiene carácter no es un hombre, es una cosa. Es preciso saber lo que se quiere, y cuando se tiene, tratar de conservarlo.
    Me ha encantado el relato, Carmen. Eres genial escribiendo.
    Besiños palmeiráns.

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  13. ¡Y tanto!, pero como madres, creo que sabemos perfectamente cuáles de nuestros hijos tienen más carácter y cuáles están más enmadrados o apocados ante la vida… a estos últimos tal vez sea necesario darles un empujoncito para que dejen el nido, porque antes o después tendrán que enfrentarse solos a ella. Un beso, guapetona.

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