Pecadillos de juventud (V)

Cari —que como Joselu supo después, no se llamaba Caridad sino Remedios— ocupaba una de las viviendas del barrio de Hortaleza que, contra todo pronóstico, seguían aferradas a sus cimientos. Construidas en los años sesenta, bajo la designación de Unidades Vecinales de Absorción (o UVA Hilton, por los residentes), con el propósito de albergar temporalmente a campesinos que huían de la miseria y ocupantes de chabolas arrinconadas por la especulación urbanística, los modestos prefabricados habían rebasado con creces los diez años de vida útil prevista —a la espera de unos hogares definitivos que nunca llegaron— y, sesentones y sin reemplazo, se adentraban en la senectud decrépitos, achacosos e insalubres.

En el corto trayecto que separaba la boca de metro de Parque de Santa María de la barriada de corralas, Joselu supo, por boca de la propia Remedios, que ésta residía con su abuela en una suite del UVA Hilton; que su madre la había abandonado porque, según le explicó su abuela, era una auténtica golfa —su madre, no ella—; que lo que le hizo el majadero de su padre —a su abuela, no a su madre— no tenía perdón de Dios; y que su abuela no pensaba perdonar a ninguno de los dos aunque se lo pidiesen de rodillas y con lágrimas en los ojos, cosa poco probable porque no había vuelto a saber de ellos desde que desaparecieron llevándose sus ahorros y, dejándole, por contrapartida, una criatura recién nacida. Supo Joselu, asimismo, que Remedios trabajaba de aprendiz en una peluquería unisex «mezclando tintes, lavando cabezas, cortando padrastros y haciendo chuminadas de esas», y que fue ahí donde conoció al Seboso —cuando se teñía la cresta de rubio platino—, aunque ella prefería llamarlo Sebas porque el apodo le parecía un poco ordinario.

A la altura de una manzana demolida, a excepción de una vivienda identificada con la pintada «Okupada: no echar abajo sin avisar», se enteró de que a Remedios le había hecho gracia la chulería de Sebas y que por eso empezó a salir con él; que después dejó de hacérsela, pero que como su novio tenía muy mal pronto, había preferido no comentarle el tema, hasta hoy en el metro, que no pudo aguantar más. Y, bueno, Joselu ya había visto la respuesta. Remedios le agradecía muchísimo lo que había hecho por ella pero le daba un poco de reparo porque, conociendo al Sebas y a los suyos, y viendo que su salvador no tenía ni media leche, no le arrendaba las ganancias.

Joselu no había abierto boca ni ojos desde lo ocurrido en el vagón. Simplemente se dejaba arrastrar por la parloteante Remedios que, además de dos piernas preciosas, tenía —o eso creyó atisbar una de las veces en las que ésta se giró hacia atrás para comprobar que era él quien la seguía y no otro—, una cara redondita y rabicunda (aunque esto segundo bien podía ser por el esfuerzo de la caminata) y una expresión picarona debida en parte a un parpadeo nervioso. Lucía la joven un moderno flequillo, muy del gusto de Joselu, de los llamados cortado a machete o de vasca-vasca —cortesía sin duda de la peluquería unisex—, además de un par de coloridos tatuajes cuyo gusto consideró algo más discutible, un número indeterminados de piercings en lóbulos y cejas —al peso, rondarán el kilo, estimó—, y un zarcillo de buen tamaño horadándole el tabique nasal.

—Cuidado con la puerta: si se cierra de golpe, se cae la alacena de la cocina —advirtió Remedios cuando entraron en la casa—. Abuela, ya estamos aquí —voceó.

Como la vivienda estaba conformada por una única pieza, ocupada en ese momento por quien Joselu supuso que era la abuela, y un hombre del que carecía de datos suficientes para suponer nada, el tono de la joven le pareció francamente superfluo.

Se dirigió Remedios —tirando de él— hacia el extremo opuesto de la pequeña estancia, independizado de ésta por una cortina. Detrás se amontonaban una cama ancha y cómoda, una mesilla coja equilibrada con medio tapón de corcho, un san Pancracio con una ramita de perejil reseca, una grieta del tamaño de un palmo que hubiera permitido escudriñar, a través del tabique de rasillón, el interior de la vivienda colindante, de haber seguido ésta en pie, y la puerta semi-entornada de un modesto cuarto de baño con una cisterna sin cadena instalada en lo alto. También algunos baldosines sujetos con esparadrapo.

Remedios se llevó el dedo a los labios conminando a Joselu a callarse —otro detalle que consideró superfluo pues nada había dicho hasta entonces—; palmeó un par de veces la colcha apremiándole a sentarte o tal vez a tumbarse y, acomodándose a su lado, le explicó entre susurros, para no molestar a los de afuera, que su abuela era Madame Sibila, tarotista, lectora de manos y posos de café, experta en elixires de amor y amarres, medium avezada en consultas espirituales de ámbito doméstico y personal training de ejecutivos que pasaban por un mal momento. En este ocasión desempeñaba la primera de sus especialidades, o sea, la de pitonisa —de ahí la mesa camilla, la cafetera bien cargada, el caballero atribulado y el turbante—. Cuando recibía a un ejecutivo, la abuela reemplazaba la mesa camilla por un diván (Joselu trató de imaginar dónde podrían guardarlo), el café por güisqui Chivas de contrabando y la túnica floreada por un traje de Prada con Manolos a juego.

Seguramente Remedios siguiese con la cháchara, pero Joselu no escuchó mucho más. Agarrado a su mano, sintiendo un agradable calorcito que nacía en las yemas de los dedos y se irradiaba por venas, arterias y capilares, caldeándole el estómago en ayunas y el corazón partío, pensó que lo más probable era que en unas horas estuviese muerto. Pero aun de haber podido, no hubiese cambiado nada: ni a Remedios, ni a san Pancracio, ni a la abuela. Ni siquiera al cliente atribulado que no paraba de carraspear. Solo quería soñar con esa cara redonda, rabicunda y con un tic nervioso. Después ya vería.

—Gracias, Pitito, por mantenerte callado —musitó antes de caer en una agradable inconsciencia.

***

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Acerca de Máximo Disaster

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