El telegrafista

—¿Le queda mucho? —el chaval respira agitado por la carrera.

El hombre rondará los setenta y muchos o los setenta y pocos mal llevados. Es delgado, muy delgado, aunque no débil. Tiene los brazos nervudos, las manos grandes y tendinosas y el pecho protruyente, como de quilla de barco. Si no estuviese aquí, en una ciudad de provincias retirada de la costa, diríase que es un pescador de aguas bravas, del Gran Sol cuando menos.

El chaval espera unos instantes. Vuelve a la carga.

—¿Me deja que saque el tique y continua haciendo… lo que quiera que esté haciendo?

El viejo niega con la cabeza.

—Pero hombre, que tengo el coche aparcado en zona verde y me va a caer una multa. Ya llevo dos esta semana.

El pescador —el cuerpo gastado y flexible también podría ser el de un obrero de la construcción— pulsa las teclas con los dedos toscos, el ritmo desigual. Dos nuevos conductores se suman presurosos para sacar el tique. Desisten al poco. El joven no se decide a marcharse. Le puede la curiosidad. Sigue con atención las evoluciones del viejo, olvidado el coche. Los golpes sobre la máquina no son aleatorios. El joven cree distinguir en el tecleo una lógica, un patrón complejo. El pescador o quizás obrero aporrea las letras como si le fuese la vida en ello. Se detiene ahora, dubitativo, y reemprende la tarea con renacido tesón. ¿Pero qué coño estará haciendo?, piensa el muchacho. Recobrada la preocupación por las multas, echa un vistazo rápido al coche estacionado. Una mujer se acerca con urgencia.

Es grande, consistente, con aspecto de matrona algo caballuna. Llegada hasta ellos, apoya la mano en torno al cuello del viejo. Es un gesto tierno aunque no exento de autoritarismo. «Venga, Zacarías, ya vale por hoy. Mañana lo intentas otra vez». Zacarías acata la orden sin rechistar, hundidos aún más los flacos hombros.

Tiene el cuello de un jilguero, piensa el joven y acelera el paso para situarse a la altura de la pareja. «¿Por qué lo hace?», pregunta a la mujer. Esta no parece molesta por el abordaje. «Ni idea. Por no saber no sabemos ni su nombre. Me recuerda a Zacarías el del Péndulo, el zahorí de mi pueblo, por eso lo llamo así. Y como no parece disgustarle…»

La matrona tiene ganas de hablar. Trabaja en la residencia de ancianos que está en el callejón «ese que termina en fondo de saco», señala con la barbilla. «Un trabajo duro, ¿sabe, joven? Y mal pagado. O tienes vocación o te mueres de asco». Le explica que a Zacarías lo recogieron en la calle hace algunos años. Que no puede o no quiere hablar. «Yo creo que es portugués o gallego, por lo morriñoso. No se le conoce familia. En este tiempo nadie ha preguntado por él. Es un hombre tímido y taciturno que evita al resto de los residentes. Pero en cuanto nos descuidamos huye del centro y se enzarza con el teclado de esa máquina. Vaya usted a saber por qué. Por eso, cuando no lo encuentro en su habitación, vengo a buscarlo aquí».

La conversación no da para más y el joven recuerda repentinamente el coche. Parte al galope rogando que la agente de la ORA se esté desayunando. La puerta de la residencia se cierra con un chirrido. Tengo que recordar al de mantenimiento que engrase los bornes. ¡Ay si una no estuviese en todo!

___

En el muelle próximo a la lonja, la joven esposa agita una mano. La otra reposa sobre el vientre rotundo apenas velado por el sayo negro. Es muy guapa. Sobresale entre las mujeres que se despiden, un revoltijo de pañoletas sobrias, olor a pescado y mandiles abolsillados. ¿Por quién guardará luto? Por el marido no. Acodado en el costado de babor, el flamante radiotelegrafista se traslada a popa, para no perderla de vista, cuando el casco del mercante enfila trabajosamente hacia la salida de la dársena. Lanza un último beso al aire señalando el vientre de ella. La mujer sonríe feliz y dice algo, llevándose las manos a la boca para amplificar la voz. Sus palabras chocan estériles contra el rugido roto de la bocina.

___

Hay algo que le aterra mucho más que la muerte: el pensamiento de no volver a verla, ni a su hijo, ni a los hijos de su hijo. Tantos sueños imaginados, compartidos, truncados. Se aferra al pulsador del radiotelégrafo y lo golpea con saña. Mayday, mayday, mayday, teclea en morse, envuelto por la noche y por el agua enfurecida. Las señales sonoras —cortas, largas, otra vez cortas—, no reciben respuesta. El buque se voltea sobre un costado. Las señales recibidas en tierra se vuelven más tenues, más dulces: el Mayday suena a María.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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11 respuestas a El telegrafista

  1. lunapaniagua dijo:

    ¡Oh! Qué pena… 😦

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  2. ¡Luna, siempre al tanto! ¿¡De dónde sacas el tiempo!? Cuando me sienta inspirada tengo que retocar este cuento, porque chirría un poquillo. Besos, guapa.

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  3. Me encanta tu narrativa tan ágil y fluida. Engancha. Pero el final me deja un poco descolocada… Me figuro que se trata del marido que ha perdido la memoria. ¿Hay algo que chirría realmente o es que mis entendederas no dan más de sí?
    Por el escueto y sentido comentario de Luna, veo que van por ahí los tiros.

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  4. Magdalena dijo:

    María, reza cada día por Carlos, ( el ahora llamado Zacarías ) no sabe que su marido fue el único superviviente del naufragio del ” Maruxa “.
    El médico de la residencia de ancianos que atiende cada día a Zacarías, y por el cual siente una espacial predilección, le da vueltas a la cabeza pensando por qué, ese afán de mandar esos mensajes en morse, Mayday, Mayday. Y piensa también en su madre. Ella, quiere que la lleve para la residencia donde él trabaja. Tal vez sea lo más idóneo, así no estará tan sola, y tiene el presentimiento de que hará buenas migas con Zacarías…
    Así, es como yo he entendido tu fantástico relato. Un, me gusta para Carmen.
    Besiños palmeiráns

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  5. Es un final precioso, Magdalena.

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  6. Magnífico y magníficamente contado. Me gusta mucho tu estilo narrativo.
    Salud.

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  7. Mil gracias, Julio. Ha sido un placer conocer Buenos Aires a través de tus ojos (y palabras) y veo que todavía me queda mucha geografía por descubrir… Un abrazo.

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