La importancia de llamarse Dioni

Cuando le llevaron esposado ante el juez, culpó de todo al Instituto Tecnológico de Massachusetts y a sus malditos estudios poblacionales.

—¿Cómo es posible? —preguntó el magistrado sin poder ocultar su curiosidad—. He oído justificar robos por necesidad, codicia, envidia, divertimento o incluso por mandato de una voz interior, pero ¿por un estudio?

—Solo sé —contestó el imputado— que antes de leer ese artículo era un cajero feliz —bueno, todo lo feliz que puede ser un cajero—, sin más aspiración ni deseo que cumplir honrosamente con mi cometido en el banco.

—¿Puede explicarse un poco mejor?

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Pecadillos de juventud (V)

Cari —que como Joselu supo después, no se llamaba Caridad sino Remedios— ocupaba una de las viviendas del barrio de Hortaleza que, contra todo pronóstico, seguían aferradas a sus cimientos. Construidas en los años sesenta, bajo la designación de Unidades Vecinales de Absorción (o UVA Hilton, por los residentes), con el propósito de albergar temporalmente a campesinos que huían de la miseria y ocupantes de chabolas arrinconadas por la especulación urbanística, los modestos prefabricados habían rebasado con creces los diez años de vida útil prevista —a la espera de unos hogares definitivos que nunca llegaron— y, ya sesentones y sin reemplazo, se adentraban en la senectud decrépitos, achacosos e insalubres.

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La lengua de las chicharras

El autobús enfiló la calleja pavimentada con gravilla y parches de hierba. Dentro, todos dormitaban, a excepción del conductor y del copiloto. Se oyó un rechinar, como de pizarra escolar arañada. El copiloto, malhumorado, trató de abrir la puerta con urgencia para comprobar si se había rayado la carrocería. Me cago entó —se quejó, al golpear el retrovisor contra el muro mal encalado de una de las casuchas, separada de la calzada por una acera, tan angosta, que más parecía un escalón—. Ni la puerta se puede abrir en esta mierda de sitio. Al culo del mundo nos ha traído el maldito GPS. A ver dónde damos ahora la vuelta.

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Pecadillos de juventud (IV)

Cuando Joselu García recuperó la conciencia sintió un dolor lacerante en las sienes. Un breve vistazo con el único ojo útil le aportó bastante información preliminar: Metro Madrid había recuperado el suministro eléctrico; viajaba a bordo de un vagón de cola que, a juzgar por los bandazos y traqueteos, circulaba correctamente; acababa de dejar atrás Diego de León, correspondencia con Línea 4; ocupaba tres plazas, cuatro si estiraba del todo la punta de los pies; y —esto le pareció más relevante que todo lo anterior—, apoyaba la cabeza sobre una reducida falda de cuero que le ofrecía, sin necesidad de abandonar la postura fetal, un encuadre perfecto de un par de botas militares de caña alta con dos piernas de vértigo, una por bota. Joselu no pudo atribuir una identidad a las botas porque la cara de la mujer caía en el ángulo de visión del ojo cerrado. Podría haberlo intentado con el otro, que aún conservaba una rendija abierta, pero prefirió no moverse por si se trataba de un sueño. Una mano le rozó la frente con mimo. Las uñas estaban mordidas hasta las cutículas y en el dorso exhibía una calavera desdentada con una flor de lis apuñalando una de las cuencas. Joselu sintió un escalofrío. Fue cuanto necesitó para saber que se había enamorado hasta las trancas. O que se había resfriado. O las dos cosas. No pudo seguir valorando la situación porque el ojo se le cerró del todo.

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Pecadillos de juventud (III)

Tres días consecutivos durmió Joselu García, y hubiera seguido haciéndolo de no haberse transmutado Pitito en un doloroso acúfeno.

—¡Pero qué haces! —gritó Joselu tapándose los oídos para amortiguar los pitidos.

—Despertarte. No voy a malgastar mis dos birriosos meses de existencia velándote el sueño. Tenemos mucho que hacer esta mañana. Y de nada vale que te tapes los oídos porque silbo desde tu mismo cerebro.

—Pero si no ha despuntado el alba.

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Pecadillos de juventud (II)

Tan pronto tomó la firme decisión de quitarse la vida, Joselu García sintió una desagradable comezón en el bajo vientre.

—Estoy nervioso porque soy un hombre de costumbres —se justificó—. Y esto no es algo que haga todos los días.

—Tampoco comer es algo que hagas todos los días y no te produce comezón. A lo más, mala leche —respondió una vocecita irritantemente aguda—. A eso se le llama canguelo, guapo.

—Canguelo o no canguelo, la decisión es inamovible. —El comentario sobre su entereza molestó a Joselu, que ratificó su determinación propinándose varios golpecitos a la altura del lóbulo temporal izquierdo.

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Pecadillos de juventud (I)

En la casa vecina se apagaron las luces. La radio siguió sonando un buen rato.
¡Corta ya la musiquita, chalao, que aquí se madruga! —gritó alguien.
Fueron las últimas notas del día.

Joselu García, Joseliño para los amigos, dio unas vueltas en la cama. —Es difícil dormir con el estómago vacío —pensó.

Su amigo y vecino, el escritor Feldespato Farlopio, permaneció unos instantes con la vista perdida. —Soy una buena persona —farfulló somnoliento. Y se durmió de inmediato en el sueño de los justos.

***

El padre de Joselu García, sordomudo de nacimiento, se sintió inmensamente feliz cuando la providencia divina le concedió el don de la palabra a poco de acostarse en el que esa noche sería su lecho de muerte.

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