Los héroes anónimos viajan en escarabajo

Cuando llegamos al barrio, lo hicimos como modernos nómadas urbanos: precedidos por una furgoneta «pick-up» de alquiler con conductor, de esas equipadas con un cajón trasero abierto protegido por una loneta. En su interior se amontaban en precario equilibrio algunos muebles prácticos y destartalados; un batiburrillo de artículos del hogar almacenado en cajas recicladas del super; una batería de cocina sin estrenar regalo del Banco Central Hispano por domiciliar la nómina; un aparato de música cuyos bafles zumbaban como moscardones a poco de conectarlos; un buen puñado de libros que saltaban jubilosos con cada bache de la calzada y un Mac de carcasa transparente cuidadosamente envuelto en papel burbuja, clara demostración de su estatus en la jerarquía de enseres familiares. Detrás del pick-up, a bordo de un Renault gris cobalto cuyas manchas herrumbrosas daban fe de una esforzada vida a la intemperie, viajamos nosotros cuatro y una cobaya, sepultados bajo una tonelada de ropa de Zara, sección juvenil.

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Éramos tan jovenes

Si le preguntas a mi marido, te dirá que todo han sido tontunas mías; que me ha podido la soberbia. Y puede que no le falte razón: los Popescu siempre hemos sido agricultores. ¿Qué tenía de malo que nuestros hijos también lo hubiesen sido? Me culpa de que los chicos aspirasen a otra cosa y tampoco me perdona haber tenido que criarlos solo.

Nací bajo el régimen de Nicolae Ceausescu y nunca me planteé si mi suerte había sido buena o mala: los lamentos no cambian el rumbo de las cosas. Mi vida, como la del resto del pueblo, era una argamasa compacta de trabajo, hambre y miedo, tres ingredientes aniquiladores de cualquier ambición. ¿Pensaba en la libertad? No lo creo. Se decía que los miembros de la Securitate estaban adiestrados para leer el pensamiento con solo mirarte a los ojos, así que, por si acaso, manteníamos la vista clavada en el suelo. Después nos pareció más práctico dejar de pensar. Las reglas del juego eran claras: «obedece y no te hagas notar». Saber lo que tienes que hacer, sin espacio para la duda, facilita las cosas. Obedecíamos con el falso júbilo del cerdo que se enloda a la espera de la matanza. Y, como los cerdos, aguardábamos con resignación lo que quiera que aconteciese, rogando que fuese más tarde que pronto, como si la vida que vivíamos mereciese la pena.

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El niño que se enfrentó a la excavadora

Hace un par de noches, en un arranque de inocencia impropio de mi edad, me senté ante el ordenador con intención de escribir un cuento sobre una de esas noticias breves que sirven de relleno cuando la actualidad remolonea y no da para cubrir un dominical: la lucha desigual entre una pequeña escuela de Minnesota (o tal vez de Cuenca, todavía no lo tenía muy claro) y la administración. Los niños y los maestros encarnarían a David, en tanto que Goliat estaría representado por la pesada maquinaria estatal. La razón de la disputa podría ser cualquiera —la decisión política de construir una urbanización, emprender actividades de fracking o establecer un campo de golf en el terreno ocupado por la escuelita—, lo mismo daba. Lo auténticamente relevante del relato sería el triunfo épico de la justicia frente a la sinrazón de la administración, personificada en unos políticos poco escrupulosos que, por corrupción, ignorancia o desidia, arrasaban los sueños de los niños. El desenlace, al más puro estilo hollywoodense, sería una escena trepidante en la que maestros y chavales se abrazaban entre risas y llantos mientras las excavadoras, con las palas vacías, abandonaban el patio de la escuelita pisoteando con las orugas el diminuto huerto escolar. En la escena de cierre, un niño, desprendiéndose de la mano de su madre, correría hacia una de las máquinas para entregar una margarita al conductor. Incluso tarareé la banda sonora: una de las maravillosas canciones de la película «Los niños del coro».

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Detective vocacional

Marcelo trató de introducir la llave en la cerradura. El llavero le resbaló de la mano entre desenfadados tintineos. Se agachó para recogerlo, con el frágil equilibrio de un funambulista, y cayó de bruces. Logró ponerse de rodillas y, a tientas, por la falta de luz, palpó el pavimento en busca de las llaves perdidas. Soltó un juramento cuando una china se le clavó en la rodilla y se prometió por decimocuarta vez que no volvería a pisar ese antro de vicio. Localizó las llaves bajo el cartel de «Prohibido depositar basuras» fijado con dos postes metálicos a la verja del jardincillo que el jardinero de la comunidad se desvivía por mantener florido pese al recalcitrante calor estival. El coqueto jardín sobresalía como acogedor oasis entre el césped agostado de las viviendas circundantes. Marcelo se preguntó, una vez más, qué demonios pintaba ese cartel en una zona residencial como aquella.

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Noticia de actualidad

El viejo pulsa, distraído, el cajetín del semáforo. Piensa que es una pena no vivir en un piso bajo porque aunque la vivienda tiene ascensor, no salva los tres escalones que separan el portal de la entreplanta. Y él ya no está para estos trotes. Ni Magdalena, tan vital en el pasado y tan dependiente ahora. La vida no ha sido fácil para ninguno de los dos, separados por una guerra civil que en nada les concernía y que les quitó todo lo que les importaba: padres, hermanos, amigos… y a Magdalena. Suspira recordando la tarde revuelta en la que se juraron un amor eterno e inocente que él cinceló en el tronco de la higuera. Su abuelo arrancó el árbol poco después porque las raíces amenazaban con derribar la pared de la casa. Premonitorio, ¿verdad, Magdalena? Qué difícil es mantener la llama del amor en la distancia, querida mía. Yo, tratando de sobrevivir en un país roto y dolorido. Tú, tratado de enraizarte en un país joven y forastero, los dos engullidos por la urgencia de lo inmediato.

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McCartney y Marcial Estefanía toman el té

Jonny Janes y su fiel Dolores marchan a paso perezoso por las azafranadas arenas del Mojave. El vaquero distingue en la lejanía, velada por la bruma polvorienta del atardecer, la silueta impúdica de la ciudad del pecado. Se reconforta con un ávido trago de whiskey y desmonta de la yegua, que da muestras de agotamiento. Borra el sudor de la frente con un antebrazo poco limpio y sigue a pie. Dolores lo ve alejarse, cabecea un par de veces inquieta y emprende un trotecillo corto para colocarse a su lado. Jonny James le palmea la grupa y ambos acompasan el paso.

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Un poema de amor desesperado

«Tal vez creas que no nací hasta conocerte.
Tal vez creas que eres mi principio y mi fin.
Tal vez creas que eres el amo y señor de mis días.
Más aún de mis noches.
Tal vez creas que estoy encadenada a ti.
Y haces bien en creerlo.»

—Lo ve, agente,—gritó fuera de sí el roquero desmoronándose sobre el sillón de tapicería atigrada— ¡me está volviendo loco!

—¿Y cuándo dice qué empezó a recibir estas declaraciones… amorosas? —el policía, de pie, el gorro oficial apresado entre el codo y la cadera, toma notas en la libreta de denuncias con exquisita profesionalidad.

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