La ribera

Estacionó frente a un alcornoque descorchado levantando una nube de polvillo que volvió a caer sobre la carrocería como lluvia sucia. La imagen del tronco despojado de la corteza le provocaba la misma sensación de desasosiego que vestirse de sport, sin sus sobrios trajes de chaqueta gris marengo cortados a medida, como mandan los cánones de la elegancia. Alguna vez lo hacía por darle el gusto a su hija. Anda, papá, ponte ropa más juvenil, que hoy no tienes que ir al banco, le rogaba Clara. Él accedía por no llevarle la contraria, pero en cuanto ponía un pie en la calle tenía que palparse los botones de la bragueta para comprobar que estaban bien cerrados, tan desnudo se sentía.

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Ella

Siempre fue rellenita, una anomalía en la familia, todos tan delgados. Dicen que es un calco de su tatarabuela, mujer de carnes y alegrías abundantes. Su nutricionista lo achaca a un gen recesivo. Manuela no está muy segura de que eso sea un consuelo. Ni los ojos azules de su padre, ni la elegancia natural de su madre y su hermana, tan esbeltas como bailarinas de ballet: un puñetero gen recesivo, eso le ha tocado en suerte. «Tienes una cara preciosa, hija —procura animarla su madre—. Solo tienes que esforzarte por cuidar un poco la alimentación. Si no te importa tu aspecto, piensa al menos en tu salud».

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La adopción

Allí estábamos los cinco, embutidos en el sofá de tres plazas, con las espaldas rígidas, las rodillas recatadamente juntas y las manos apoyadas en el regazo. Sobre la mesita baja del salón humeaba el café oloroso. Dos bandejas de pastas de mantequilla, capaces de disparar el nivel de colesterol con mirarlas de refilón, reposaban sobre un tú y yo de punto de cruz. Moví con disimulo una de las bandejas para ocultar una manchita amarillenta que deslucía el conjunto.

Frente a nosotros, sentadas en sendos sillones de escay imitación Le Corbusier, las dos profesionales enviadas por la asociación evaluaban nuestra idoneidad psicológica como futuros adoptantes.

—Observo que la unidad familiar está compuesta por cinco miembros —decía la más joven, una pelirroja natural cuyos preciosos ojos nos escrutaban sin parpadear una sola vez—. ¿Están todos de acuerdo con esta adopción?

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Habitación con vistas

Lo vi al adentrarme en la rotonda. Estaba tan cerca de mí que habría podido tocarlo con solo bajar la ventanilla. En lugar de eso, miré al frente y confié en haber cambiado lo bastante como para que no me reconociese. Porque era él, estaba segura. Más flaco. Más ojeroso también. Y con barba.

Parada en el carril de la izquierda, a la espera de que el semáforo se abriese, lo seguí por el rabillo del ojo. Tendía una camisa de una cuerda atada entre dos olivos raquíticos con los que el ayuntamiento trataba de suavizar la dureza de aquel nudo enrevesado de venas y arterias que enlazaban la ciudad con la autopista de circunvalación. En el centro de la plazoleta, casi mimetizada con el suelo tapizado de pinocha, distinguí la cama abatible —cubierta con un edredón blanco—, próxima a un carrito de la compra y a un botellón, de esos que utilizan las fuentes de agua de oficina.

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Los héroes anónimos viajan en escarabajo

Cuando llegamos al barrio, lo hicimos como modernos nómadas urbanos: precedidos por una furgoneta «pick-up» de alquiler con conductor, de esas equipadas con un cajón trasero abierto protegido por una loneta. En su interior se amontaban en precario equilibrio algunos muebles prácticos y destartalados; un batiburrillo de artículos del hogar almacenado en cajas recicladas del super; una batería de cocina sin estrenar regalo del Banco Central Hispano por domiciliar la nómina; un aparato de música cuyos bafles zumbaban como moscardones a poco de conectarlos; un buen puñado de libros que saltaban jubilosos con cada bache de la calzada y un Mac de carcasa transparente cuidadosamente envuelto en papel burbuja, clara demostración de su estatus en la jerarquía de enseres familiares. Detrás del pick-up, a bordo de un Renault gris cobalto cuyas manchas herrumbrosas daban fe de una esforzada vida a la intemperie, viajamos nosotros cuatro y una cobaya, sepultados bajo una tonelada de ropa de Zara, sección juvenil.

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Éramos tan jovenes

Si le preguntas a mi marido, te dirá que todo han sido tontunas mías; que me ha podido la soberbia. Y puede que no le falte razón: los Popescu siempre hemos sido agricultores. ¿Qué tenía de malo que nuestros hijos también lo hubiesen sido? Me culpa de que los chicos aspirasen a otra cosa y tampoco me perdona haber tenido que criarlos solo.

Nací bajo el régimen de Nicolae Ceausescu y nunca me planteé si mi suerte había sido buena o mala: los lamentos no cambian el rumbo de las cosas. Mi vida, como la del resto del pueblo, era una argamasa compacta de trabajo, hambre y miedo, tres ingredientes aniquiladores de cualquier ambición. ¿Pensaba en la libertad? No lo creo. Se decía que los miembros de la Securitate estaban adiestrados para leer el pensamiento con solo mirarte a los ojos, así que, por si acaso, manteníamos la vista clavada en el suelo. Después nos pareció más práctico dejar de pensar. Las reglas del juego eran claras: «obedece y no te hagas notar». Saber lo que tienes que hacer, sin espacio para la duda, facilita las cosas. Obedecíamos con el falso júbilo del cerdo que se enloda a la espera de la matanza. Y, como los cerdos, aguardábamos con resignación lo que quiera que aconteciese, rogando que fuese más tarde que pronto, como si la vida que vivíamos mereciese la pena.

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El niño que se enfrentó a la excavadora

Hace un par de noches, en un arranque de inocencia impropio de mi edad, me senté ante el ordenador con intención de escribir un cuento sobre una de esas noticias breves que sirven de relleno cuando la actualidad remolonea y no da para cubrir un dominical: la lucha desigual entre una pequeña escuela de Minnesota (o tal vez de Cuenca, todavía no lo tenía muy claro) y la administración. Los niños y los maestros encarnarían a David, en tanto que Goliat estaría representado por la pesada maquinaria estatal. La razón de la disputa podría ser cualquiera —la decisión política de construir una urbanización, emprender actividades de fracking o establecer un campo de golf en el terreno ocupado por la escuelita—, lo mismo daba. Lo auténticamente relevante del relato sería el triunfo épico de la justicia frente a la sinrazón de la administración, personificada en unos políticos poco escrupulosos que, por corrupción, ignorancia o desidia, arrasaban los sueños de los niños. El desenlace, al más puro estilo hollywoodense, sería una escena trepidante en la que maestros y chavales se abrazaban entre risas y llantos mientras las excavadoras, con las palas vacías, abandonaban el patio de la escuelita pisoteando con las orugas el diminuto huerto escolar. En la escena de cierre, un niño, desprendiéndose de la mano de su madre, correría hacia una de las máquinas para entregar una margarita al conductor. Incluso tarareé la banda sonora: una de las maravillosas canciones de la película «Los niños del coro».

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