Doña Lolita (Parte I de II)

Nací en un pueblo marinero, famoso por sus percebes y aguerridos contrabandistas, en una madrugada ventosa como no recuerdan otra los viejos del lugar. Mi madre, que en el momento de romper aguas mantenía una agria disputa con otra pescadera por la propiedad de un lote recién subastado, zanjó la espinosa cuestión separando las piernas y pariéndome sobre la caja de xoubas en litigio.

No fui un niño alegre, pero tampoco triste. No destaqué por mi inteligencia ni por mi torpeza. Y aunque no era excepcional jugando al fútbol, tampoco fui un manta perdido. Digamos que era un ni fu ni fa en todo. Bueno, no en todo. Las pescaderas —pues entre los puestos del mercado de abastos discurrió mi niñez— pronto notaron que mi habilidad para imitar sonidos humanos o animales era tan sobresaliente como mi mandíbula y que, por contraposición, padecía una marcada deficiencia olfativa que atribuyeron a mi intempestiva llegada al mundo y al mucho tiempo que pasé, envuelto con papel de estraza, en la caja de pescado que me sirvió de primera cuna.

Suplía, así, las dificultades lingüísticas derivadas de mi prognatismo con una extraordinaria capacidad para reproducir los sonidos percibidos por mi acusado oído, procediesen del reino animal, vegetal o mineral.

Esta destreza me permitió contribuir a la economía familiar —siempre en la cuerda floja por la flojedad de mi padre y su querencia por las apuestas—, realizando labores de reemplazo en los barcos de pesca. ¿Enmudecía una sirena por exceso de años y herrumbre? El ronco bramido surgido de las profundidades de esta laringe prodigiosa rasgaba la noche con una perfección que ya quisiera para sí el Titanic. Incluso me granjeé la admiración de mis compañeros de mili creando efectos acústicos que realzaban el realismo de las maniobras militares. Una cosa llevó a la otra y sin comerlo ni beberlo, me vi al frente de una prestigiosa academia de idiomas, de la que era director, profesor, conserje y personal de limpieza, cargos que aprendí a desempeñar simultáneamente o al menos de dos en dos.

Conocida como «La Fonética Experimental», la academia garantizaba el aprendizaje sonoro de cualquier idioma o dialecto, vivo, muerto o en vías de extinción, en un plazo máximo de quince días. Quiero aclarar que empleo expresamente el término sonoro, porque eso era exactamente lo que enseñaba a mis alumnos: la reproducción acústica, con perfecta dicción, de la lengua solicitada.

No se trataba de la traslación fonética del idioma ya que los sonidos aprendidos carecían por completo de significado, tanto para el emisor como para el receptor —podríamos calificarlos de continente sin contenido o de forma sin fondo—, pero el resultado de esa melodía idiomática era, en su conjunto, más que aceptable. Obviamente, era preferible que entre los oyentes de los alumnos formados en la academia no hubiese nativos o conocedores de la lengua original, pero incluso en esa circunstancia siempre podían salir del paso alegando que se trataba de una variante local minoritaria como —pongamos por caso— el gaélico de Flannan, solo hablado por el farero y único habitante de ese peñón de las Islas Hébridas, y en ese supuesto aconsejaba a mis pupilos que, por mor del realismo, tomasen la precaución de vestir kilt y tocar la gaita escocesa.

¿Qué utilidad tenía esto? Infinita. Espías de medio pelo, actores de míticas películas serie B, caballeros venidos a menos haciéndose pasar por zares rusos, jovencitas coquetas que deseaban lucir un atractivo acento francés… la lista de candidatos era interminable. El propio Marius Pajerizo y su adorable esposa Olvido Melarraska, prestigiosas estrellas del realitichou, se formaron en La Fonética Experimental y mantuvieron sesudas entrevistas televisadas, en los más indescriptibles idiomas, en las que entrevistador y público entendieron lo mismo que cuando ambos astros eran entrevistados en su lengua materna: nada.

Hasta aquí, mi vida, sin ser un camino de rosas, tampoco lo era de espinos. O no lo era hasta que un viernes cualquiera, al caer la tarde, Tan Tangao cruzó el umbral de la recepción de La Fonética Experimental cuyo suelo yo barría por décima vez, aburrido como estaba a la espera de que cayese algún distraído del cielo.

Alto, fuerte, seguro de sí mismo, con un corazón de mármol de carrara y un sombrero fedora chulescamente ladeado cubriéndole un ojo (y con el otro tan rasgado que no pude por más que preguntarme cómo hacía para sortear el ficus y la escupidera de la entrada con tamaña elegancia), Tangao solicitó un curso rápido de chino cantonés que le permitiese —según me explicó— enmascarar su marcado acento andaluz para seducir a la arisca joven de sus sueños que, por razones ignotas, despreciaba los dialectos nacionales pero se pirraba por los exóticos.

Tangao era un alumno avezado y un pésimo pagador, amén de un gorrón nato. Al tercer día de matricularse, desayunaba, comía y cenaba en La Fonética mientras yo ayunaba en la misma proporción y en similares turnos. Por suerte, el recio asiático andaluz salía al anochecer, después del refrigerio —probablemente para encontrase con su enamorada— y no volvía hasta la mañana siguiente, lo que me evitaba compartir el jergón en el que cada noche pernoctaba bajo el mostrador de recepción.

¿Qué por qué seguía dándole clases? Podría aducir en mi descargo que era mi único alumno, pero había algo más: Tangao poseía la extraordinaria habilidad de hacerme sentir despreciable por sospechar de su inocencia incluso cuando lo encontraba hurgando entre las telarañas de la caja registradora de la La Fonética y, por lo que supe más adelante, no fui el único en quien despertó tales sentimientos.

Concluyeron los quince días del curso y a estos siguieron quince días más. Y otros quince. Después Tangao se volatizó tal como había aparecido.

Para cuando me di cuenta de que la pila de papel acumulado sobre el mostrador de La Fonética no era publicidad de clínicas dentales y tele-sushi como había creído, sino facturas pendientes de cobro, su importe rondaba los tropecientos dígitos tirando por lo bajo.

Y es que aparte de mis conocimientos laríngeos, Tangao se había aprovechado del sello social de la academia, de la firma de su director —o séase, yo—, de mi chequera sin fondos y de la buena reputación de La Fonética —pobre pero honrada como la que más—, para adquirir a plazos diversos artículos en los principales establecimientos del barrio (joyerías en su mayor parte) y en otros un poco más alejados pero cuyo prestigio estaba fuera de toda duda.

Enfurecido y con importantes dificultades lingüísticas acrecentadas por la ira, colgué el letrero de «Cerrado hasta nueva apertura», atranqué con el ficus la puerta de la academia para impedir el paso del ejército de acreedores apostado en ordenada formación y, atravesando el conducto desnudo del aire acondicionado que mis escasas finanzas no me habían permitido amueblar debidamente, caí de nalgas en el callejón trasero de la academia, cuyo pavimento recubierto de caninas dignas de un paquidermo congoleño me salvó de una buena costalada.

Tan Tangao siempre había mostrado una discreción enfermiza sobre cuanto versase sobre su vida privada. Recordé, sin embargo, que en los ejercicios prácticos consistentes en repetir una y otra vez los sonidos asiáticos grabados en la cassette de La Fonética solía introducir, entre exótico maullido y maullido, algunos términos de marcado carácter nacional como «Lolita, lotera mía, ¿dónde vas tú tan bonita?», a lo que yo acostumbraba a responder con garbo «A la vera verdadera, pin pon fuera». Por ello, sin nada que perder y mucho que ganar, me dirigí hacia el lugar que me sugería tan valiosa información.

¿Qué puedo deciros? ¿Cómo mostrar un color a quién no puede ver? ¿Cómo explicar un sonido a quien no puede oír? La voz que me recibió al entrar en la cercana administración de lotería fue una caricia para mis oídos: su tono, su timbre, su intensidad… nada sobraba ni faltaba en aquel parloteo interminable. La furia y la rabia huyeron de mí como por ensalmo. No puedo decir lo mismo de las dificultades lingüísticas, que se agravaron hasta el punto de que solo podía soltar azoradas risitas. Así que opte por señalar con el dedo un décimo de lotería, abonar el importe correspondiente y despedirme con una elegante genuflexión de barbilla con la que me llevé por delante el expositor de los décimos.

Mi corazón había sido asaeteado por Cupido. Pero el querubín del amor no debía andar muy fino esa temporada porque aquello no tenía futuro. La voz de mis sueños pertenecía a la enamorada de Tangao, al que había jurado perseguir a muerte, a menos que me sacara del entuerto en el que me había metido, lo que era harto improbable. Y no estaba muy seguro de que Doña Lolita aprobase mi actitud y, menos aún, la premiase con su amor incondicional.

A la espera de aclarar mis confusos sentimientos, visitaba cada día el establecimiento de la bella lotera con la disculpa de adquirir un décimo, teniendo buen cuidado de no cruzarme con Tangao ni con el vociferante público que se agolpaba ante la academia sin demasiada pinta de querer matricularse.

El roce hace el cariño y aunque no puedo decir que mi relación con Doña Lolita llegase a tanto, se estableció entre nosotros una corriente de simpatía mutua bastante asimétrica: Lolita hablaba sin parar de Tangao y yo me conformaba con escuchar su dulce voz sin prestar demasiada atención al contenido.

Las cosas podrían haber seguido así indefinidamente de no haber concurrido dos circunstancias no menos dolorosas por esperables: yo me quedé sin blanca y sin posibilidad de adquirir siquiera una mísera fracción de décimo, y Doña Lolita se quedó sin establecimiento y, por primera vez en su vida, sin palabras.

Lo sé, es difícil de entender para alguien que no comparta mis atípicas inclinaciones auditivas. ¿Pero qué podía hacer? La idea de no volver a escuchar la voz de mi vida me producía más sudores fríos que la de dar con los huesos en la cárcel. De hecho, mis huesos ya estaban bastante acostumbrados a dormir en el banco del parque, así que tampoco notarían la diferencia.

Y como obras son amores y no buenas razones, al día siguiente me personé ante el juez de guardia y me inculpé de todo lo habido y por haber. De los cheques sin fondos emitidos por La Fonética Experimental, de los librados por el establecimiento «Lotería Doña Lolita» y de los del caballero acusado de desfalco con el que compartí banquillo quien, viendo mi buena disposición, me pidió amablemente ese favor sobre la marcha.

Cerraré este capítulo de mi vida añadiendo que mi gesto heroico sirvió de poco o más bien de nada, porque Tangao, perseguido por las triadas chinas —como supe después por la propia Doña Lolita— optó por ocultarse en mi mismo establecimiento penitenciario, aunque en otra celda, a la espera de que llegasen tiempos mejores o, mejor aún, de que le diesen por muerto. Lo de las triadas chinas me suena a cuento chino, para mantener el tipo delante de su novia, porque para mí que lo que le hacía temblequear las canillas era la mala bestia del vecino al que había chirlado el premio de la lotería, pedreas aparte.

¿Qué qué fue de mi encendida pasión por Doña Lolita? Se apagó lentamente como llama mecida por la brisa: a través del cristal de la sala de visitas su voz perdía una barbaridad.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escribidora cuando puedo.
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51 respuestas a Doña Lolita (Parte I de II)

  1. A pesar de las penurias del personaje, de las deudas, y de un amor que ya ni de lejos se oía…. me maté de risa! Lo de la academia que garantizaba ” El aprendizaje sonoro de cualquier idioma o dialecto, vivo, muerto o en vías de extinción”, es genial!
    Me encantó Carmen y esperando la segunda parte…

    Un gran abrazo!

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    • Gracias, Claudia, por leerte estas historietas cargadas de localismos. No sé si por ahí sois dados a la lotería navideña, una tradición muy arraigada en España (aunque a mi no me gusta mucho, la verdad). También los personajes (con los nombres ligeramente cambiados) son muy de aquí e imagino que eso es una dificultad añadida. ¡Me alegro de que te haya entretenido! Un beso, guapa.

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      • La lotería es un clásico de Navidad y Reyes…
        Y con los localismos… voy aprendiendo. Nosotros tenemos “el lunfardo” que es una mezcla de palabras y que viene de la época de la inmigración…
        Justamente todo eso, lo hace más gracioso todavía.
        Besos!

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        • Mi yerno es argentino y aunque lleva muchos años aquí conserva el acento “intacto”. Emplea cantidad de términos lunfardos y, la verdad, me encanta. Me gusta la idea de que compartamos tanto a pesar del océano que nos separa, pero también disfruto con esas pequeñas diferencias lingüísticas que dan lugar a escenas tan divertidas.

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  2. saricarmen dijo:

    ¡Ja,ja,ja! ¡Bendito don que tienes, Dis, de crear historias jocosas…! Ese Marius Pajerizo y su adorada Olvido Melarraska…¡ja,ja,ja! Harto había ido ascendiendo después de nacer en esas circunstancias y, mira, que el amor lo llevó a pagar culpas ajenas. Creo que en algún momento le habrán de sobrevenir tiempos mejores, espero.
    ¡Muy bueno! Quedo al aguaite, como diría una vieja de campo…
    ¡Abrazos!

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  3. carlos dijo:

    Desde la cuna a la cárcel camino alegre y encandilado entre tus palabras. Aguardo esa segunda parte con muchas ganas de conocer el desenlace. Un besazo.

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  4. evavill dijo:

    Ay, lo que me he reído. Y qué imaginación tienes!!! Ya te lo he dicho otra vez pero tus historias me recuerdan bastante a las de humor de Eduardo Mendoza.
    Aparte del humor escribes genial. La cuna-caja de pescado me ha resultado enternecedora. Pobriño mío!
    Un beso y espero impaciente la continuación.

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  5. El cuento está inspirado en la novela de “El Perfume” que leí en la adolescencia y que me dejó totalmente noqueada durante semanas: la escena del nacimiento del protagonista entre las tripas sanguinolentas de pescado es bestial. ¡Mi prota es más penoso, el pobriño, pero al menos ha tenido ocasión de conocer el amor, aunque sea platónico! Me vuelve loca el maestro Mendoza, así que no te extrañe que inconscientemente trate de imitarlo (aunque cutremente :-)). Un beso, compañera.

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  6. Qué interesante historia, Carmen. Me ha encantado. Al principio me ha venido a la cabeza “El perfume”, pero más actual y en vez de con un olfato superior, unas cuerdas vocales extraordinarias. Lo de la academia ha sido genial, no tan genial el, tal Tangao. ¿Cómo se deja aprovechar tanto el pobre del protagonista?
    Y la voz de su vida, ¿qué decir? Yo también tengo un recuerdo de una voz que me encandiló en cuanto la escuché por primera vez… Me la has hecho recordar.
    En fin, un relato muy interesante 🙂
    Un abrazo

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    • Pues has acertado plenamente, Lídia: en ese libro está inspirado. Lo leí hace un montón de años, pero tengo ganas de leerlo de nuevo para ver si me causa la misma impresión que entonces. Aunque ya se sabe lo que ocurre con muchas cosas que conocimos en la juventud, sean bares, libros, películas o el chaval que te parecía un guaperas: cuando los visitas o vuelves a ver, ya de talludita, te llevas un poquito de chasco. ¡Me encantaría conocer la historia de la voz que te encandiló! Yo también tengo otra… Un besote.

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  7. lunapaniagua dijo:

    Qué bueno, Carmen. Todo, me he reído un montón. Desde luego que imaginación no te falta, es un misterio por dónde saldrás en cada línea…
    Y también por dónde irá la segunda parte. A ver, a ver…
    Un besote.

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  8. manoloprofe dijo:

    ¡Gracias por hacerme reir máximamente, Máximo…! Espero la parte II con risas contenidas… ¡Abrazo! 🙂 🙂

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  9. Mukali dijo:

    Lenguaje exquisito! Carmen y además es el tema de fondo de este relato, que se entremezcla con tu desparpajo comico y tu capacidad para pintarnos personajes y escenas divertidisimas.
    Resumiendo podría decir: Hay que ver lo que se puede llegar a hacer por una voz! y que tan disparatado y absurdo puede llegar a ser el amor!.

    Besos campeona, a ver que nos traes en la segunda parte…

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  10. ¡Pero qué requetemaja eres Mukali! Estoy convencida de que la voz (al igual que el olor) pueden hacer que una persona te resulte extremadamente atractiva o, por el contrario, irritante. Y también te puede deparar algunas sorpresitas: recuerdo un traductor alemán, al que únicamente conocíamos por teléfono, que nos tenía a todas las chicas de la oficina totalmente enamoradas. Un día vino a visitarnos con una bandejita de pasteles (era un encanto) y comprobamos que utilizaba bisoñé y que además se teñía patillas y cejas de un artístico color negro azabache brillante. Fue el final de una maravillosa historia de amor platónico.

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  11. Son bastante más de las dos de la madrugada. He venido a comprobar si había apagado el ordenador y me dije: “No creo que a Carmen -por las fechas en qué estamos- se le haya ocurrido escribir alguna de sus fantásticas historias”. Y vaya si la habías escrito…
    Como me caigo de cansancio y de sueño, no he pasado de los tres primeros párrafos, suficientes para poder exclamar: “¡Vaya imaginación prodigiosa la tuya!”.
    Mañana no me lo pierdo. Besos.

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  12. Me alegra haberte encontrado para leerte en un momento en el que una sonrisa para mí es como un oasis en un desierto. Espero la segunda parte con mucha ilusión. Besos a tu alma.

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  13. Me alegro de que el cuento te haya entretenido, María, pero lamento leer que este no es un buen momento para ti. Todo mi cariño y mis deseos de que sea un estado de ánimo pasajero.

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  14. Me he reído mucho, pero también me conmueven las desventuras del personaje. Yo también leí “el perfume” y me lo ha recordado ese inicio del parto sobre caja de pescado. También me parece que homenajeas (y muy bien) a Mendoza, en esa forma de mezclar humor y misterio y también percibo el estilo estiloso del afamado Máximo Disaster. Pero (repito y como sardinas) ¡Mae(west)mía, qué de penalidades les haces pasar a tus personajes! 😁😁

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  15. Je, je, es que soy requetemala. No sé por qué me encantan esos personajes a los que el azar trata miserablemente y, sin embargo, a pesar de los padecimientos, siguen conservando la candidez, y por qué no, también la alegría de vivir. En vez de Doña Lolita, pensaba titularlo “Son tus perjúmenes mujer, los que me sulibeyan” (por lo de honomenajear al relato de cuyas aguas bebe), hasta que recordé que mi protagonista no podía oler ni torta. Un beso grande, grande, note.

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  16. manoloprofe dijo:

    A veces yo tampoco recibo entradas de blogs que sigo y me interesan. He tratado y tratado, pero nada. O es que no me quieren de lector (que NO es mi caso en tu caso…) o es un misterio más de WordPress, de esos insondables y wébicos… ¡Abrazos domingueros! 🙂 🙂

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  17. Lo mismo te digo, Manolo: en este caso los abrazos ya son de lunes tempranito…

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  18. ¡Qué gran creatividad!, aunque te hayas inspirado en “El perfume”, libro que no leí ni tengo intención de leer. La mayoría de los buenos escritores, músicos, pintores y otras yerbas, hicieron variaciones de obras que no eran suyas y no por ello declinó su fama.
    Tus narraciones, aun las más truculentas, tienen la fuerza de hacer reír y ocurrencias divertidas, como la mención a Pajerizo y Olvido: una pareja incombustible.
    En mis tiempos de estudiante conocí a un personaje que guardaba cierta semejanza con el protagonista de tu historia: también poseía la facultad de emitir cualquier tipo de sonido. Figúrate que un día, paseando con mis amigas por “La Herradura” de Santiago, oímos detrás de nosotras el motor de un coche acompañado del fuerte sonido de un claxon. A pesar de que aquella zona estaba prohibida al tráfico rodado, tan grande fue el susto que corrimos despavoridas hacia donde pudimos.
    Ya me gustaría a mí asistir a unas clases en la “Fonética Experimental”. Lo de menos sería aprender un idioma. Lo que pretendo es que se me oiga como a la sirena de tu personaje o al claxon de Balán. En cierta ocasión tuve que hablar ante un micrófono, falló la corriente eléctrica y lo único que se oía era las voces de los asistentes -ahogando la mía-: “¡Más fuerte! ¡Más fuerte!”
    Creo que tu historia podría terminar perfectamente en el punto en qué la dejaste. Por más que trato de imaginármelo, no tengo ni idea del rumbo que le darás a la segunda parte. Ardo en deseos de leerla.
    Como siempre, me he pasado con la perorata. Va a resultar cierto eso de que los años te dan pie hasta para salir con un sombrerito rojo. Perdóname, preciosa, y un beso grandote.

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  19. Me he reído mucho con tu anécdota compostelana y más aún con tu imagen tratando de hacerte oír sobre los gritos de “Más fuerte, más fuerte”: así somos los hombres (y mujeres): ¡en lugar de facilitar las cosas la orador guardando silencio, se lo ponemos más difícil pateando el suelo! Y sí, tienes toda la razón, si algo tienen de bueno los años es que te quitan esas vergüenzas que para nada sirven. Yo tengo un sombrerito rojo con plumita incorporada, que me encanta. Y a veces hasta le añado un par de floripondios. Un beso, palmeirana, y sigue deleitándonos con tus tiernas y divertidas anécdotas.

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  20. Eduardo dijo:

    Espero con curiosidad la II parte pues tu última frase parece ya un final ¿Qué nuevas epopeyas le esperan a nuestro héroe?¿Montará un restaurante de inspiración oriental con Tan Tangao? Hay algunos que nunca aprenden…

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  21. La verdad es que me has pillado: me lancé a poner eso de “I de II” llevaba por el alborozo y porque me parecía un final demasiado abierto y ahora ando alicaída, suspirando por los rincones, a la espera de que la inspiración se acuerde de mí y me indique cómo continuar con el segundo capítulo. Aunque estoy pensado… ¿sabes que a lo mejor ese restaurante celtíbero-oriental no es tan mala idea? ¿Serás tú -oh Eduardo- mi musa ansiada?

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  22. El arranque del relato es genial, digno de una novela de aventuras y de intriga en la que cualquier cosa puede ocurrir. El protagonista me ha recordado al de “El perfume” de Suskind (por la deficiencia olfativa y por otros detalles). Tu despliegue imaginativo hipnotiza al lector. Los nombres que pones a tus personajes son delirantes.
    En verdad, si peca de algo tu relato no es de fantasioso sino de realista. Atrapas al lector y, ¡zas!, lo pones frente a la realidad. Un relato inteligente y divertido. Pero a eso nos tiene acostumbrado la autora. Quedamos a la espera del desenlace. Un abrazo.

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    • Me has sacado los colores y no es la primera vez, Antonio, porque siempre tienes una palabra amable para mí y tiempo para leer mis relatos, aunque sean bastante “raritos”. Me gusta mucho lo que escribes (sea cuento, novela, ensayo o poesía) y eso hace que valore mucho más tu opinión. Gracias, amigo mío.

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  23. alialquimia dijo:

    Me encanta cómo está narrado, te atrapa enseguida. Ya tengo ganas de leer esa segunda parte 😉

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  24. Magdalena dijo:

    Querida Carmen; permíteme recomendarle antes de nada a palmeiralibre que no deje de leer “El perfume”, se perdería una de las mejores obras de Patrick Süskind. Y ahora, felicitarte porque lo mereces. La imaginación siempre traspasa los límites de la realidad, la tuya además de erudita es ingeniosa. Lo paso muy bien con tu creatividad. No tardes en facilitarnos con esa segunda parte unos minutos de divertimento.
    Besiños palmeiráns

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  25. No sabía que palmeiralibre no lo hubiese leído y, la verdad es que me extraña, porque se de buena fuente que es una gran lectora. Cuánto me alegro de tener noticias tuyas, Magdalena, aunque te sigo a través de los comentarios que metes en otros blogs más “sesudos”, siempre tan bien documentados e ingeniosos porque, querida, ¿tú me dices que soy ingeniosa? Un beso desde estas gélidas tierras.

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  26. Anónimo dijo:

    Te lo dice ella en su comentario. Besitos, princesa

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  27. ¡Anda, pues es verdad, y también que no tiene intención de leerlo! (eso sí que me parece raro, ¿lo relacionará con alguna mala experiencia?) Pues creo que palmeiralibre se pierde una buena lectura… Buenas noches, Magdalena.

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  28. No habrá más remedio que leerlo, después de tan eruditos consejos. Tendrá que esperar hasta que termine el trabajo que me traigo entre manos sobre Mario Benedetti. Me meto en unos fregados… Un beso, guapísimas.

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  29. Y cuando lo hagas, me encantará conocer tu opinión.

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  30. La cosa, que empezaba pintando bien con los percebes, se complica un poco. Esperemos la continuación. Con un abrazo admirado.
    Salud.

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  31. Gracias, Julio: la admiración es mutua. 🙂

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  32. cmacarro dijo:

    ¡Impagable relato! Me ha entrado mucha curiosidad por conocer el mentón que se lleva por delante los números expuestos de la lotería. Quedo a la espera de la segunda parte. Maurus Pajerizo y Olvido Melarraska… ¡Joder! buenísimo.

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  33. Querido cmac: ¡qué alegría verte por aquí y más sabiendo que andas en plena campaña promocional post-navideña de tu novela de humor serio “Encuentros en la Séptima Fase” (cuya lectura recomiendo a todo el que quiera iniciar el año con una sonrisa). Estoy buscando un momentito para meterme con la segunda parte de este cuento, pero últimamente se me acumulan la obligaciones de todo tipo (y también las lecturas). Aggg, ¡qué se pare el mundo que quiero escribir!! Un abrazo fuerte, amigo Cándido Macarro.

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