McCartney y Marcial Estefanía toman el té

Jonny Janes y su fiel Dolores marchan a paso perezoso por las azafranadas arenas del Mojave. El vaquero distingue en la lejanía, velada por la bruma polvorienta del atardecer, la silueta impúdica de la ciudad del pecado. Se reconforta con un ávido trago de whiskey y desmonta de la yegua, que da muestras de agotamiento. Borra el sudor de la frente con un antebrazo poco limpio y sigue a pie. Dolores lo ve alejarse, cabecea un par de veces inquieta y emprende un trotecillo corto para colocarse a su lado. Jonny James le palmea la grupa y ambos acompasan el paso.

El odio ha desbancado al dolor hace un buen trecho pero el vaquero no consigue desprenderse del sentimiento de vergüenza que le corroe como la carcoma. Un sentimiento que germinó cuando, al entrar en el salón, lo vio jugando al póquer —la sonrisa burlona y satisfecha—, acodado en su mesa de timba, el robusto trasero sobre su silla y vistiendo su camisa de los domingos arremangada. Jonny James reconocería esa camisa hasta en el infierno porque lleva bordadas sus iniciales, la doble jota entrelazada. Y porque se la regaló ella. La vergüenza que se instaló entonces crece insidiosa y devastadora. Debiera haber sabido. Debiera haber entendido las miradas socarronas de los otros. Debiera haber visto que su rival le estaba levantando a la mujer de su vida delante de las narices. Nancy, ¿por qué lo has hecho?

Jonny James presiente que Danniel está ahora con ella. Agradece la punzada dolorosa del ojo tumefacto porque aviva su deseo de venganza. Una venganza gélida, ladina y ubicua, aunque no lo bastante como para expulsar la vergüenza. Jonny James quiere cobrarse lo que Danny le ha hecho en la cara y en el alma; quiere arrancarle las piernas a tiros aunque sea lo último que haga en esta perra vida. Inclina el sombrero, ocultando el ojo cárdeno, acaricia la empuñadura del colt y empuja las puertas abatibles. Dolores, las riendas sueltas, hunde el morro en un riachuelo de aguas fangosas.

Nada diferencia este local de tantos otros que abarrotan la ciudad del vicio; tampoco el vaquero tiene un motivo concreto para elegirlo más allá de una intuición que ya le ha fallado demasiadas veces. Le recibe el jolgorio tenso de los buscadores de oro que beben y juegan a las cartas, más pendientes del fuego amigo que de las posaderas explícitas y rotundas de las mujeres. Una madame madura, todavía codiciable, le aborda con un contoneo perfeccionado durante décadas. El vaquero pide una habitación sin aditamentos.

La Biblia reposa cerca del aguamanil. Jonny James moja las manos y se refresca el cogote. ¿Quién puede traerse una biblia a una mierda de ciudad como ésta?, piensa, ¿Un reverendo lunático a la caza de almas impuras? Se tumba sobre la cama demasiado pequeña y apoya las botas en el piecero. En la habitación contigua están en pleno festejo. No tiene que esforzarse mucho para sentir los gruñidos del hombre, los quejidos de ella. Jonny James salta como un resorte al escuchar la risa transparente. Entra en la habitación maldita, las manos al cinco, tamborileando las fundas de las pistolas. No mira a la mujer. No quiere mirarla. El deseo de venganza ha desaparecido. Solo le queda el honor. «Vístete, Dann, muchacho, esto es un duelo», dice. Pero Danniel está excitado y pasa de cortesías. Desenfunda y dispara. Jonny James se desploma en un rincón sin llegar a tocar el arma. La mujer se cubre y grita.

El matasanos que lo atiende apesta a ginebra barata y tabaco infame. «Jonny, de ésta la espichas», le consuela. «No es más un rasguño, Doc», responde el vaquero, presionando el orificio con ambas manos. La Biblia de Gedeón sigue al lado del aguamanil. Alguien debió dejarla allí para ayudar al buen Jonny James a mitigar la vergüenza.

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Todas las canciones de los Beatles tienen la facultad de cambiar mi estado de ánimo, pero hay una con la que inevitablemente empiezo a mover la punta del pie llevando el ritmo. Este cuento no es más que una libre transcripción de la letra de la maravillosa Rocky Raccon.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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10 respuestas a McCartney y Marcial Estefanía toman el té

  1. lunapaniagua dijo:

    Una muy buena transcripción 😉 Muy entretenido y bien escrito, ¡como siempre!

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  2. Creo que ha sido mi último cuentecillo por unos días: ¡me reclaman los deberes profesionales y llevo toda la semana remoloneando! Pero te seguiré de cerca….

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  3. Anónimo dijo:

    Que bueno!! Me has trasladado completamente a cada momento.

    Que manera mas bonita y especial tienes de escribir, madre querida.

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  4. ¡Y qué imaginación!

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  5. Magdalena dijo:

    Como no sé inglés y desconozco las letras de las canciones de los Beatles, creí realmente que estabas imitando a Marcial La Fuente Estefanía. Pero a medida que lo estaba leyendo, pensé que era más el estilo de Keith Luger o quizás de Silver Kane. Me equivoqué; has superado a los tres.
    Besiños palmeiráns

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  6. ¡No eres exagerada ni nada! Gracias, Magdalena: siempre es un placer leerte y estoy deseando que empieces a colgar tus cuentos.

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  7. Presidente del club de fans de Marcial Estefanía dijo:

    He acabado el cuento con un gusto agridulce: ¿dónde estaba Marcial Estefanía?
    Leía con ansiedad esperando a la frase: “con la camisa aún empapada por la lluvia que dejaba intuir unos pechos turgentes”
    Quizá en la continuación…

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  8. ¿Cómo he podido olvidar ese detalle clave? Pido mil disculpas al presidente del club de fans de M.E. Esto merece escribir una segunda parte: y habrá pechos turgentes por doquier….

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