La elección de Marta

Marta coloca el último plato en el escurridor. Se retira de los ojos, con el dorso de una mano, el flequillo demasiado largo, y se seca la otra, aún jabonosa, en la pierna del pantalón deslucido. El rozar los muslos piensa, por asociación de ideas, que cada vez los tiene más gruesos y que necesita volver a correr. Sabe que no va a hacerlo pero aún así escribe «correr una hora mañana» en la pizarrita de la cocina, debajo de «comprar guantes de látex». Añade, para librarse de la sensación de culpa, «o en su defecto, no utilizar el ascensor y subir por la escalera». Desde que empezó con esto de la menopausia, o la premenopausia o lo que sea, el cuerpo no deja de darle alegrías. En realidad empieza a parecerle el cuerpo de otra. ¿De dónde han salido esos párpados abotargados, esa piel holgada a ambos lados de una barbilla que asemeja la quijada de un bóxer? ¿Qué ha sido de su cintura? Todo en ella es ahora demasiado voluminoso, sobrante. Incluso cuando se acuesta, cada vez más tarde porque ha perdido el hábito del sueño, le sobran extremidades. Quisiera tener brazos y piernas extraíbles. Literalmente. Sonríe al recordar la historia que le contaba su abuela, con gestos exagerados para arrancarle la risa, de aquella hermosa mujer calva y tuerta que esperaba a que su marido durmiese para liberarse de las prótesis cuya existencia le ocultaba. Por la noche él se despertaba y palpándole la cabeza lampiña, guardada la peluca bajo la cama, le pedía que retirase el culo de la almohada. Un cuento de abuela, inocentón y algo machista, con el que ella reía como una loca. Y que invariablemente concluía con la misma pregunta infantil: ¿Pero quién era más tonto, abuela, ella al ocultarlo o él al no enterarse? Con el tiempo, Marta ha llegado a la conclusión de que los dos sabían y callaban, manteniendo la ficción. Como tantas parejas. Como ella.

El reclamo del teléfono interrumpe estas cavilaciones. Descuelga:

—¿Marta?

—Sí, ¿quién es?

—Alguien que te aprecia. Voy a decírtelo sin rodeos: Tomás te engaña.

—¿Quién eres? ¿Por qué me dices eso?

—Mi nombre no importa. Me parece fatal lo que te está haciendo tu marido. Pero no es solo por eso: también a mí me ha jodido la vida. —La llamada se interrumpe abruptamente.

Marta mira perpleja el teléfono. ¿Es una broma? ¿Pero a quién se le ocurriría algo de tan mal gusto? No reconoce la voz anónima, aunque podría estar desfigurada. Tampoco ha quedado constancia del número en el registro de llamadas, lo que no es de extrañar porque el teléfono falla continuamente: hace mucho que tendría que haberlo reemplazado. Otra cosa que apuntar en la pizarrilla. Sí, sin duda es una broma estúpida. Cuando se lo cuente a Tomás no va a creerlo.

Tomás engañándome, menuda bobada. Si no tiene ojos para ninguna mujer. ¡Es tan previsible! No puedo decir que me casase con él sin saberlo: es un hombre sin dobleces, bueno y aburrido. Exactamente lo que buscaba. Bastantes sobresaltos ya he tenido con el anterior. Solo que… tanto amor incondicional satura un poco. Y más desde que he dejado el trabajo para atender a los niños. Me sobra casa y me faltan emociones. Pobre Tomás, tan responsable, tan buen padre, tan poco emocionante. ¿Eres consciente de lo que estás diciendo, Marta? ¿Acaso no has sufrido bastante? Merecerías compartir tu vida con otro golfo y volver a llorar todo lo que ya creías llorado.

Trocea el apio con creciente ímpetu. La tabla de madera, inflada por la humedad, se balancea con el golpeteo haciendo un ruido molesto. Da un grito de dolor cuando el cuchillo corta la carne húmeda. Es un corte limpio, de los que dejan una fina línea cuando la herida suelda. Tan fina como la línea que ahora la separa de la rabia.

¡Maldita sea! —se queja, sumergiendo el dedo bajo el agua fría—. Pero si no hemos discutido ni una vez en todos estos años. Lo que tú digas, cariño, esa es su respuesta. Ningún reproche, ninguna palabra más alta que la otra. Ni siquiera se molesta cuando llega a casa y me ve con estas pintas. ¿Cuánto tiempo hace que no vas a la peluquería, Marta? Y esos pantalones, ¿has cambiado de ropa en las últimas semanas?

Enrolla el pulgar en un trozo de gasa para cortar la hemorragia y tira el apio salpicado de sangre. Me pregunto de qué conocería ese tipo nuestros nombres —retoma las reflexiones—¿Los habrá visto en el buzón? ¿Será un compañero de trabajo de Tomás? ¿Por qué dice que le ha jodido la vida? Tomás, mi Tomás, para el que el momento más emocionante de la semana es el sábado, cuando hacemos la compra en Carrefour comparando precios e ingredientes. Nunca había visto un affaire con las marcas tan calenturiento. O el domingo, cuando después de dejar a los niños en las clases de tenis, ponemos rumbo a lo desconocido buscando la estación de servicio con la mejor oferta de gasolina de noventa y ocho octanos. Me aplasta. Esta rutina me aplasta. Y aun sabiéndolo no hago más que esperar. Como el boxeador noqueado que ve acercarse el puño, sintiendo el dolor antes de sentirlo, y aún así incapaz de protegerse la cara, los brazos vencidos. Ya está el teléfono de nuevo. Como sea ese tipo…

—Marta, cariño, llegaré tarde porque se me han complicado las cosas. Siento no poder estudiar con los niños. Cuida de que Pedro repase física, ¿vale? Tiene un examen mañana y lo lleva bastante flojo. Te quiero.

—Y yo a ti.

¿Pedro tiene examen mañana? No lo recordaba, como de eso se encarga su padre…. Cuando decidí dejar el trabajo para hacer de madre las veinticuatro horas me pareció una buena idea. Ahora no estoy tan segura. No culpes a Tomás de tu error, Marta: te dijo que te lo pensases. Y que él era un hombre tranquilo, con pocas inquietudes. Nunca te engañó. Pero estabas tan eufórica con tu nueva vida de folletín rosa y tan hastiada de la anterior que te lanzaste de cabeza. Y ahora, trascurridos diez años, no sabes cómo salir de ello. Te voy a decir por qué. Porque de lo único que puedes culpar a tu marido es de desvivirse por ti y por los niños. Por eso, en el fondo de tu alma, desearías que fuese cierta la llamada. Qué te estuviese engañando. ¿Y si lo fuese? ¿Cuántas veces te ha llamado Tomás esta semana para decirte que llegaría tarde? ¿Tres, cuatro? Y esta mañana, al salir del baño, silbaba. ¡Silbaba, Marta! Piensa, piensa otros detalles nimios que se te hayan pasado por alto. Se ha puesto su corbata favorita, por ejemplo. La que guarda para las reuniones importantes. Y lo notas más distraído. ¿Quién podría ser tu contrincante? ¿Una mujer casada? «A mí también me ha jodido la vida», dijo el informante anónimo. ¿Es un novio, un marido despechado? ¿Es su novia o su mujer una compañera de Tomás, su secretaria, su dentista, la profesora particular de los niños, una extraña a la que ha conocido un día cualquiera en una calle cualquiera? ¡Qué poco sabes de su vida fuera estas cuatro paredes! Piensa, Marta, piensa.

___

La puerta se abre despacio. Marta siente los movimientos furtivos al otro lado de la cama, apenas una sombra, y se hace la dormida. Retiene la respiración para no perder detalle. «Se está quitando un calcetín, ahora el otro. Ha empezado a desabrocharse los botones de la camisa. Ahora se abre la bragueta», enumera. Tiene la certeza de que no lleva la corbata puesta. Tomás se acuesta en calzoncillos, sin pijama. Echa un último vistazo al móvil que reposa sobre la mesilla y se gira hacia la pared, dándole la espalda. Marta se aproxima y se pega a su cuerpo. Busca olores desconocidos. Lo siente vital y cálido y ya no sabe que pensar.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escritora cuando puedo.
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13 respuestas a La elección de Marta

  1. manusc12 dijo:

    Tus historias como siempre tan bien contadas, es un verdadero gozo para la mente.
    ¡Un saludo!

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  2. ¡Lo que son un gozo para la mente son tus mensajes! Estoy deseando leer otra de tus historias llenas de sensibilidad.

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  3. lunapaniagua dijo:

    Uyuyuy, ¡qué mala es la duda! Muy buen relato, me ha gustado mucho. Y yo también me he reído mucho con la historia de la abuela 🙂

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  4. ¡No creo que tanto como yo con tu reunión de chicas! Gracias, Luna, por tu apoyo.

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  5. Sigo convenciéndome -cada vez más- de que lo tuyo es el relato corto: te superas día a día.
    Y te aconsejo que trates de andar. Yo lo hice ayer durante una hora (proeza que no lograba desde tiempo inmemorial) y el resultado es que, además de admirar la belleza del entorno, he dormido mucho mejor .

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  6. Con la gran maestra que tengo voy aprendiendo poquito a poco…

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  7. Daxiel dijo:

    bien relatado tanto que hasta se asemeja a… jajaja…cotidiano, fresco, con final abierto para que cada uno calcule el suyo…fíjate que me lo lleve a Tomas para el lado homosexual, pero menos mal que no hay final☺

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  8. ¿Por qué no? También podría ser el caso… Gracias por encontrar un momento para leer mis cuentos con esa vida ajetreada que llevas, Daniel. Un abrazo.

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  9. Raquela dijo:

    Tremendo!
    A medida que avanzas, vas leyendo más rápido y más rápido en busca del desenlace que esperas ansiosa y “zas!”,parón en seco para imaginárselo cada uno.

    Necesario un botón para apagar la mente de vez en cuando…ésa que solo ella es capaz de generar mil preguntas por segundo a cada cual mas catastrófica 🙂

    Muy bueno!!

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  10. Sí, ¡qué malas son las pajillas mentales!

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  11. Anónimo dijo:

    Me ha encantado el cuento. Tan real como la vida misma. Y como con este relato ocurre igual que con Rayuela que cada cual puede ponerle un final a su libre albedrío, yo, ya lo tengo : Marta ha encontrado ese olor desconocido que buscaba en los calzoncillos de Tomás, es el perfume de Cesar, el marido de María, su mejor amiga.
    Besiños palmeiráns. Continua escribiendo guapa.

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  12. Me preguntaba quién sería el anónimo hasta que llegué a los inconfundibles besiños palemiráns. ¡Qué ilusión recibir tu mensajito, Magdalena (sobre todo porque eso significa que ya estáis de vuelta a casa después del mal trago). Creo que has dado en el clavo con Cesar: ¡el siguiente cuento girará en torno a Cesar y su relación con María! Un besiño desde los Madriles.

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  13. Magdalena dijo:

    Gracias, Carmen. Sí, ya estamos aquí a Dios gracias.
    Enhorabuena por ese bebé tan hermoso. Besiños

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