Feliz Navidad

Fue la abadesa la que se empeñó en que la joven Marcela conociese mundo.

—¿Pero duda de la autenticidad de mi fe, Madre? ¿Cree que no merezco estar aquí?

—Desde que alertada por tus gimoteos, la hermana Portera te recogió en el torno, has sido la alegría de esta comunidad, bien lo sabes. Sin embargo, aquel regalo de Dios empaquetado en una humilde canastilla estrena hoy la mayoría de edad. El buen juicio me aconseja que antes de tomar los votos te relaciones con algo más que media docena de hermanas octogenarias. No pongo en duda tu fe, hija mía, pero más sabe el diablo por viejo que por diablo —la abadesa se persignó por si hubiese pecado de atrevida con el chascarrillo—: no quiero que una vez casada con el Señor lamentes no haber conocido varón de carne y hueso o, al menos, qué se cuece al otro lado de los gruesos muros que aíslan del mundanal ruido este recinto de recogimiento y sosegada clausura.

—¿Pero qué se me ha perdido ahí fuera? —preguntó la postulante con voz trémula.

—Probablemente nada, pero un semestre extramuros te permitirá sopesar la profundidad de tu vocación. Si transcurrido ese periodo tu fe sigue siendo inquebrantable, podrás dedicarte, con todos mis parabienes, a la elaboración artesanal de dulces almendrados y a la vida contemplativa mientras doblas el espinazo en el huerto.

—¡Y a dónde iré, pobre de mí, si nada ni a nadie conozco más allá de estos centenarios arquitrabes!

—Me afligen tus vacilaciones, jovencita: recuerda que Dios en su infinita bondad provee de cobijo al desarrapado, y qué mejor techumbre que la del piso en el que alojamos a las descarriadas que acuden a nosotras en busca de consuelo. Será como un Erasmus de esos. Y de paso reemplazas a Sor Caridad: solo ella tiene dispensa de Roma para entrar y salir del cenobio, y como no hay manera de que se opere de cataratas, a saber si está tutelando a nuestras descarriadas o a otras.

—Pero yo…

—No seas cansina, Marcela: la decisión está tomada. Venga, acudamos sin demora a maitines, que Sor Sagrario es capaz de empezar a canturrear por libre y me asusta al Altísimo, porque hay que ver lo mal que entona la jodía. —Esta vez, con las prisas, la abadesa olvidó santiguarse.

___

De carácter apacible y risueño, Marcela encajó bastante bien con las dos tuteladas. La más veterana —Purificación— no había renegado por completo de la calle, que seguía pateando de vez en cuando —más por costumbre que otra cosa, vista la roñosa recaudación—, pero asumía la terapia a base de costura y oración de Sor Caridad como justo precio por olvidar las pensiones de mala muerte. De Hipólita poco se conocía, salvo su carácter agrio y que alguien se había entretenido dibujándole media sonrisa en la mejilla a punta de navaja, inconclusa por la aparición de un coche patrulla de ronda. A diferencia de la otra descarriada, no abandonaba el piso jamás y pasaba las horas pegada a la mirilla. Hipólita conservaba la navaja arrojada por el hombre en la huida y enceraba periódicamente las cachas con cierto regusto malsano e incluso cariño. Puri se metía con ella diciéndole que, si quería vengarse sin salir de casa, solo le quedaba la esperanza de que su tatuador navajero se hubiese reciclado en repartidor de pizzas. ‘Ya sabes —fantaseaba con una carcajada que se transformaba en tos de fumadora—, pedimos una Hawaiana, abres la puerta, lo reconoces, le sonríes y zas le rajas la cara antes de que pueda decir hola guapa’. Marcela, ajena a esta cháchara, se entregaba con pasión a los placeres refinados durante casi dieciocho años de clausura: hablar lo justo, trajinar mucho y vivir fuera de este mundo. Bien visto, la diferencia más notable y única entre la Marcela cuasi monja y la actual Marcela tutora era la ausencia del llamativo crucifijo de tosca madera que —también por sugerencia de la abadesa— había reemplazado por una desnuda crucecita de latón.

—Mírala, ahí está otra vez. —Con el ojo incrustado en la mirilla, Hipólita parecía más encolerizada que de costumbre.

La niña calzaba botas de agua y había rellenado la puntera con papel de periódico para evitar que se le saliesen. Acuclillada en el escalón, las miraba y remiraba. Eran botas nuevas, recién estrenadas, demasiado grandes para dos piernas enclenques. También los ojos eran demasiado grandes para una cara escuchimizada. Todo en ella eran ojos y botas. Escupió en el puño del jersey y frotó el calzado con ímpetu. Ahora las botas relucían y los ojos también.

Hipólita no pudo más y abrió la puerta de golpe.

—Anda, muchacha, entra en casa que hace frío.

Su voz era rasposa y, más que a consejo, aquello sonó a orden.

—Mamá me ha dicho que espere aquí a que se vaya el tío Román.

No acababa de hablar cuando una mujer guapa abrió la puerta.

—Entra, Carmela. Y dale las gracias al tío Román por las botas que te ha traído.

La niña se levantó de un salto y se pegó a la pared para evitar que la mano del hombre la acariciase. De pie, las botas de agua aún eran más grandes y las piernas más delgadas.

—Qué guapa te estás poniendo, condenada —sonrió él, bajando con premura las escaleras. La escabullida le había hecho gracia—. Cada vez te pareces más a tu madre —elevó la voz desde el portal para tener la certeza de que era oído por Carmela—, pero un día de estos voy a tener que enseñarte modales.

Hipólita cerró de golpe la puerta hasta entonces entreabierta.

—El tío Román; ahora es el tío Román —refunfuñó—. No he visto una familia con más tíos y menos tías. Y esa niña todo el día con el culo pegado a la escalera.

Otear el descansillo se convirtió en una afición que las tres mujeres simultaneaban con sus labores ordinarias: Hipólita a la mirilla, Marcela a la escoba y Puri al esmalte de uñas. La niña se acuclillaba en el escalón e Hipólita, la voz rasposa, retransmitía a las otras sus impresiones: ‘Está leyendo un cuento y parece alegre’ o ‘Vuelve a rascarse: está nerviosa esperando a que se vaya ese cerdo, seguro’. A veces eran observaciones de carácter práctico: ‘Anda, se come el bocadillo como yo: primero la mortadela y luego el pan’, o filosófico: ‘Tú de esto no sabes nada, monjita, porque eres una santa, pero hay hombres que solo disfrutan destrozando la vida de las mujeres; y sin son niñas, mejor: es como si les tocase el gordo’. Puri asentía sin dejar de soplarse las uñas recién pintadas y Marcela reconocía su desconocimiento sobre la vida terrenal imprimiendo un ritmo frenético a la escoba.

Hipólita echó en falta las botas de agua una mañana particularmente fría. ‘No las lleva puestas, monjita’, dijo. Y se pasó el dedo por la cicatriz engrosada de la mejilla. La niña, inesperadamente, clavó la vista en la mirilla. ‘Me está viendo; sabe que estoy aquí; no sé cómo lo sabe, pero lo sabe’, la descarriada susurraba por temor a ser oída.

—Coño, ¿y por qué no le preguntas que ha sido de ellas, si tanto te importan? —inquirió Puri con una lógica aplastante.

—¿Y que sepa que la vigilo?

—¿Pero no dices que ya lo sabe?

—¡Calla, que viene hacia aquí!

Carmela se plantó ante la puerta del piso de acogida. No pulsó el timbre. Del otro lado, Hipólita no podía distinguirla por la mirilla —quedaba fuera del ángulo de visión—, pero la presentía descalza sobre el terrazo e imaginaba las piernas finas como alambre agitadas por el frío y los ojos excesivos soldados a la puerta. No le quedó otra que abrir.

—Me las ha quitado. —La niña no lloraba, solo constataba los hechos por si Hipólita no se había percatado.

La descarriada se fijó en las señales azules que le cruzaban las muñecas como un juego de esposas.

—¿Te lo ha hecho él?

Nada quería saber Carmela de las muñecas lastimadas; volvía a las botas.

—Mamá no está en casa y el tío Román dice que soy mala y no las merezco. Por eso me las ha quitado.

Hipólita se frotó la cicatriz instintivamente.

—¿Te ha dicho él, el tío Román, que eres mala? —El odio contenido le suavizaba la aspereza de la voz; ahora sonaba cantarina, casi arrulladora. La cicatriz hipertrófica, por el contrario, se había abultado a causa de la fricción repetida.

—Me está enseñando modales, pero no quiero aprenderlos porque… porque me da vergüenza.

—¿Sabes? —la voz de la descarriada era ahora candorosa e infantil—. Seguro que al tío Román no le importará devolverte las botas cuando sepa lo triste que estás. ¿Quieres que se lo diga, Carmela?

Cerró Hipólita la puerta con suavidad sin aguardar la respuesta de la niña y, con un trotecillo alegre, cruzó el descansillo. Puri elevó el volumen de la televisión.

Amortiguado por los cantos de los niños de San Ildefonso y los silbidos y aplausos enardecidos del público, pareció más una risotada que un alarido. Hipólita regresó con las botas —verdes, desproporcionadas, brillantes—. ‘Tenías razón, Puri —reconoció con la voz cristalina recién estrenada—. Abrió la puerta, le sonreí y zas le rajé la cara. Aunque no esperé a que me dijese hola guapa’.

—¿Sigue enfadado el tío Román? —Carmela, ajena a todo y feliz, se enfundaba el calzado.

—Qué va, mi niña, ¡cómo podría estarlo si le ha tocado el gordo! Y ahora tú y yo vamos a salir a la calle para que presumas de botas.

Marcela apretó contra el pecho la cruz de latón, pensó que los designios del Señor eran inescrutables y se sumergió en la lectura del breviario, uno de la veintena que le aguardaban hasta su regreso al convento.

Acerca de Máximo Disaster

Traductora a tiempo completo y escribidora cuando puedo.
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44 respuestas a Feliz Navidad

  1. Eduardo dijo:

    Un nuevo genero que podríamos definir como “tragirónico” o “sarcasmo trágico” con final (in)feliz.
    La moraleja: que te toque el gordo no es siempre cuestión de suerte, el tío Román se lo tenía bien merecido.

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    • Me encanta la denominación del nuevo género: lo único que espero es que el hecho de contar las cosas con desenfado no reste dramatismo a la dura realidad, que -sobre todo en este caso- no tiene nada de graciosa. Un achuchón muy gordo y coincido contigo: aunque sé que la venganza no es buena, Hipólita tiene todas mis simpatías…

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  2. Una historia difícil y contada con mucho realismo.
    Un abrazo Carmen!

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  3. Dikensiano: “no podía alejar de mi pensamiento la preocupación que producía el que yo fuerauese rústico y necio, el que mis manos fueran callosas y mis botas ordinarias(…)Y ese final de la monja leyendo el breviario, muy máximamente bueno. Ahora los abrazacos y la(sgrandes)esperanzas de que hayas salido ilesa del Carrefour y santas pascuas 😊😘😘😘

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  4. Tony Franco dijo:

    Pintas las cosas tan bien que creo que me he equivocado de vocación. Voy a ver recetas de dulces almendrados. Y empiezo.

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  5. Je, je, la preparación de dulces almendrados es la parte fácil: no sé yo si estarías preparado para la clausura… aunque también es verdad que de ti puede esperarse cualquier cosa. 🙂 Un beso, Tony.

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  6. saricarmen dijo:

    ¡Uy, qué tremenda historia, Dis! Me gustaron esas monjas más terrenales que muchas y la Hipólita se lleva todos mis aplausos, lo mismo que tú, por tan entretenida forma de escribir y gran creatividad. 👏👏👏👏👏👏
    ¡Besos! 😘 😘 😘

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  7. Gracias por leerla, sari: empiezo a enrollarme y al final me salen unas historias tan largas que corto por lo sano y no sé si los finales quedan muy claros :-). Todos mis cuentos tienen algo de sardónico (imagino que por el carácter gallego), pero en el trasfondo siempre hay alguien que lo pasa mal. Y como la justicia divina me parece un poco insuficiente, termino tomándome la venganza por mi mano… Te mando todo mi cariño.

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  8. evavill dijo:

    Pese a lo dramático de la historia, me he reído varias veces. Y me alegro de que hayas hecho justicia que en el mundo real hay poca.
    Besos

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    • Ay, sí: ¡ojalá las cosas fuesen tan sencillas! Pero nadie va por ahí diciendo “¡Eh, miradme, soy un auténtico cerdo! El tío Román de la vida real será probablemente un probo trabajador, un responsable ciudadano, un buen amigo de sus amigos (nunca he tenido muy claro que quiere decir esta tontería), e incluso, si me apuras, un amante padre y esposo. ¿Cómo reconocerlos si los niños callan? Un beso, compañera, y espero impaciente tu próximo relato.

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  9. Tomaaaa, tío Román!! Poco le ha tocado!!
    Muy buen relato, Carmen. Muy bien descrito, y cada personaje tiene su propia voz, con lo que la lectura se hace muy amena.
    Un abrazo 🙂

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  10. Excelente mezcla de drama e ironía con gotas de sutil humor casi negro. Justicia humana y mundana mientras salen los premios de Navidad. Inmenso Erasmus de Marcela, bienvenida a la vida extramuros. Algo o mucho habrá aprendido. Por mi parte queda desearte unas Felices Fiestas. Un abrazo.

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    • Gracias, Carlos: ¡qué conste en acta que siempre empiezo escribiendo con una sonrisa! Pero, no sé, a medida que va surgiendo la historia, se me aceleran los dedos sobre el teclado y el contenido se vuelve más oscuro. Quizás es que la vida es eso: una sucesión de clarososcuros… Recibido ese abrazo y te envío otro para ti.

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  11. lunapaniagua dijo:

    Me gusta eso del “sarcasmo trágico”. Una historia impactante y muy bien contada, que es esencia no tiene nada de graciosa pero tienes unos puntos que obligan a soltar sonrisas -y algo más-. Te deja esa sensación de que es buenísima, pero también muy dura.
    Un besote.

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    • ¡Me encanta: y también lo de tragirónico! Oía hace un par de días la noticia de esa alta dignidad eclesiástica enterrada con honores. Hay comportamientos tan tremendos que piensas: “Ese hombre debe ser castigado. No se reparará el dolor de esos niños, pero al menos que no vuelva a repetirlo”. Y, de pronto, te das cuenta de que nada cambia. De que esa persona sigue viviendo como si tal cosa -tal vez se traslade de casa, de provincia o de país, pero eso será todo- y terminará sus días rodeado por sus seres queridos. ¿Y sabes, Luna? Me entra tal ira que las orejas se me enrojecen. O al menos eso dicen por aquí.

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  12. carlos dijo:

    Me parece que has expuesto el drama con naturalidad, sin caer en la exageración y con la ironía justa. Podría suceder lo mismo en cualquier ciudad y en este mismo momento. Un besazo.

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    • Gracias por tus palabras, Carlos: soy muy, muy exagerada por naturaleza, y me cuesta no hacer una montaña de una mota de polvo. Por eso, cuando escribo un cuento, me queda la duda de si parecerá que me tomo determinados temas a la ligera. Y te aseguro que nada más lejos de mi voluntad… Un beso gordo para ti. ¡Y que pases unos días estupendos con tu peque!

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  13. Se nota que conoces al dedillo la naturaleza humana y no se te escapa nada de cuanto se refiere a comportamientos. Y ese toque de humor “tragirónico” (copiando a Eduardo) que pones en tus narraciones… Ahora entiendo lo de Inspector Disaster… Creo que el oficio te iría como anillo al dedo, a pesar de ese punto “desastroso” que te caracteriza, a juzgar por algunos episodios con los que nos deleitas. Me pregunto si Chaikovski hubiera sido capaz de escribir la “Patética” si no fuese homosexual; Edgar Allan Poe sus terroríficos cuentos, si no sufriese ataques de “delirium tremens” y el mismo Faulkner , sin sus crisis etílicas. Sea real o ficticio, tú vives todo lo que cuentas.
    Los cortes por donde los cortes, tus finales son de aplauso.
    Un enorme abrazo.

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    • Gracias por tu exageradísima crítica, querida palmeirana, que me suena a música celestial. 🙂 La historia de la abadesa es real como la vida misma: de hecho conozco a la novicia del cuento, que optó por regresar al convento después de su Erasmus seglar. Me cuesta trabajo entenderlo -¿Qué puede ofrecer la vida conventual frente a un mundo vibrante?-, pero fue una elección libre, o al menos todo lo libre que puede ser una elección después de haberte criado entre monjas. Lo cierto es que han transcurrido más de sesenta años desde entonces, y no parece haberse arrepentido de su decisión. Un beso gordo, ¡y disfruta mucho de la cena de Noche Buena!

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  14. Se me olvidaba: el personaje de la Superiora, me parece formidable.

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  15. Magdalena dijo:

    Querida Carmen;”valor y querer facilitan el vencer”. Hipólita tuvo valor y quiso.
    Al tío Román, en lugar de la lotería que cantaban los inocentes niños de San Ildefonso, le tocó recoger el lote de la mano de una brava mujer que quiso vengar la voz de otra inocente niña.
    Gracias por tus fantásticos relatos y FELIZ NAVIDAD.
    Besiños palmeiráns.

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    • La Hipólita del cuento era una brava mujer, pero hay otro tipo de coraje que, tal vez sea menos vistoso, pero que a mí me alucina: el de aquellas mujeres que se enfrentan a las patadas que el destino suelta de vez en cuando (a sus padres, a sus maridos, a sus hijos) y que, sobreponiéndose al dolor, son la alegría de la casa. Feliz Navidad, Magdalena, con todo mi cariño.

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  16. Magdalena dijo:

    Gracias, Carmen. Felíz Navidad.

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  17. Este es tu regalo literario por estas fechas: un cuento dickensiano, empezando por el título. Un conocido también eligió el nombre de Puri para su transformación nocturna. Es curiosa, o no, la ligazón entre sexo y espiritualidad que va más allá de la simple paradoja a la hora de bautizar un personaje o de rebautizarse uno mismo.
    El tema que desarrollas no tiene, desde luego, nada de cuento, canto o cántico de Navidad. Es terrible. Pero tú no retrocedes. Los abusos infantiles y la mezquindad del alma humana bien se merecen ser tratados y denunciados.
    Al final no sabemos si Marcela, tras su brutal contacto con el mundo, decide enfundarse de por vida o colgar los hábitos. Las dos opciones me parecen plausibles. No decepcionas a tus lectores. Un abrazo.

    Nota.- Primero escribo mi comentario y después leo los otros. Pero no voy a corregir nada aun sabiendo que Marcela volvió al convento (era una de las dos posibilidades y forzosamente tenía que elegir una).

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  18. Gracias, Antonio: de hecho ya te había hablado de mi monjita, que es la misma que me pregunta periódicamente si “Ya tengo fe”. A pesar de su avanzada edad, tiene una visión tan inocente del mundo que despierta ternura. Sobre ella iba a girar este cuento navideño, pero Puri e Hipólita se me colaron en un descuido. Un abrazo y muchas gracias por leer mis historias.

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  19. Eso ocurre: que los personajes y las palabras se cuelan por sí solos. Apenas puedo contener el adjetivo “entrañable”, que mira que me gusta poco. Pero lo son todas: Puri, Hipólita, Carmela y, por supuesto, la monjita (la real y su trasunto literario) con su inocente visión del mundo. ¿Seguro que es tan cándida como piensas?

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  20. Mukali dijo:

    Me encanta la escena final. Como Hipólita cruza el descansillo con naturalidad mientras se sucede el gordo y Purificación sube el volumen para que la niña no se percate del asunto. Es que lo describes tan bien, que lo visualizo como una película.
    Tremendo tema y genial tu manera de abordarlo, tan llena de ironía y detallitos que van desvelando mucho más de lo que a simple vista se lee. Gusta leerte compañera, tus relatos guardan crueldades que es necesario sacar a la luz y tu lo haces de manera muy personal, con un estilo muy marcado… en serio, tienes una forma de escribir altamente atrayente.

    Un abrazo enorme, Carmen.

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  21. Jo, Mukali: pero qué cosas tan bonitas sabes decir… me emociono lo mismo que cuando leo tus textos, traten de lo que traten. Un abrazo gordo, compañera.

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  22. Estoy dando un repaso por mis favoritos y he vuelto aquí a leer tu cuento y a detenerme en los comentarios todos impresionantes y sacándole punta a todo…y nada que quería decirte lo muy lista y buena que me pareces(y todos los que estáis en esta mesa comentando también)
    Y a decir eso de feliz año y que sea bueno y listo también, que ya son (20)18 la mayoría de edad😊🥂😙

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  23. ¡Qué mensaje tan precioso, note! Y no te he podido responder hasta ahora porque estoy teniendo un fin de año de lo más movidito (vamos, que va a ser inolvidable, aunque no de la forma que me gustaría :-)). Tienes toda la razón: me encanta el grupito de relistos que formamos y el hecho de que siempre encontremos un momentito para leernos, lo que no es fácil entre tanto vértigo vital. ¡Un achuchón muy, muy gordo y mis mejores deseos para este 2018 tan nuevecito y de piel tan suave como un culito de bebé!

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  24. Pues el caso es que la Navidad, por fin, adquiere algún sentido más allá de lo trivial del consumo desenfrenado, en el humanismo de tu relato. Ya te lo he dicho, pero lo repito, me encanta y admira el dominio que tienes de la escritura y la capacidad de atisbar en la psicología humana. Escribes con soltura y despiertas el interés en cada párrafo y cada frase. Un placer de lectura de año nuevo. Con las gracias, las felicitaciones y un abrazo, Carmen.
    Salud.

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  25. Querido Julio: cuánto agradezco tus palabras, tan amables y que tantos ánimos me dan. Habitualmente escribo sobre escenas que he presenciado (con alguna que otra licencia literaria, pero sin modificar lo esencial), por lo que te diría que mi labor es más de transcriptora de la realidad que otra cosa. Siempre me ha llamado la atención el comportamiento humano en situaciones límites, con sus miserias y sus grandezas; esos comportamientos que te obligan a plantearte esa pregunta tan poco grata de ¿qué haría yo en una situación así? Un abrazo.

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  26. Me encantó, con su dramatismo y con su humor 🙂

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  27. Gracias, Julio: ¡siempre es un placer saber de ti, ya sea por tus comentarios o por tus textos!

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