La canción

Doñita Natividad era una mujer ilustrada, poco agraciada y demasiado alta para una época de hombres pequeños. Basta con mirar las fotografías coloreadas de entonces para darse cuenta de que le avergonzaba su altura: es la única con zapatos planos del grupo de muchachas que coquetean con la cámara tomadas del brazo, todo sonrisas, cinturas de avispa y faldas vaporosas.

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Mundo moderno

¡Pero que voy a ser hiperactiva, doctor! Esas son tonterías de mi marido. Simplemente no me gusta estar de brazos cruzados: hay tanto que hacer y las horas del día son tan pocas…

Qué cosas tiene usted: pues claro que disfruto paseando, leyendo o tomándome unas tortitas con nata, como todo hijo de vecino. Pero hacerlo porque sí, sin más, no me resulta gratificante. Prefiero buscar una finalidad práctica. Aprovecho para pasear mientras hago la compra, leo cuando lo exige mi trabajo de correctora freelance y me tomo unas tortitas si anticipo una inminente bajada de azúcar mientras corro los diez kilómetros diarios con los que me mantengo en forma. ¿Que cómo me sentiría si no tuviese obligaciones? No lo sé. Siempre tengo alguna.

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El asesor (II de II)

—Gracias, padrino, por tus cariñosas palabras. A partir de aquí continuaré yo con el relato, por alusiones y porque estoy más familiarizado con los pormenores.

A aquella primera reunión con la bella Chavela Semeantoja siguieron muchas otras en entornos más bucólicos, porque la rejoneadora de candentes ojos era muy dada a las rutas nocturnas, en particular, gastronómicas y salpicadas de estrellas Michelín. Y siempre con Amoroso de carabina, al que no había forma de dar avena forrajera por angula.

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El asesor (parte I de II)

La lectura siempre ha sido mi pasión. Y mi perdición. ¡Ah, la caligrafía con su sutil armonía! ¡Qué decir de esos graciosos grafemas cuyos trazos se unen delicadamente creando sílabas que conforman palabras y se encadenan en oraciones, frases y párrafos en vertiginoso crescendo! Pensad en esa cursiva, elegante cual acta notarial, o en la oronda negrita, ávida de atenciones, o en el discreto subrayado, sobrio como mayordomo de la Casa Real. ¿Y qué hay de esa coqueta virgulilla semejante a un pícaro guiño?

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La pesca

El consistorio se esforzó lo suyo por modernizar la plaza del pueblo: hasta un rocódromo de esos pusieron. Pero no hubo forma de llevar para allá a la chiquillería. Todos seguían yendo al descampado de la antigua fábrica de celulosa, que nos volvía locos con ese olor al que no te acostumbrabas ni en toda una vida: se te metía en el cerebro y te envenenaba el carácter. Cuando la derruyeron, se alegró el pueblo entero, pero quedó el descampado. Y los chavales acudían a él como moscas: que si va fulanito, que si va menganito, decían. Ya ve usted: si no había más que ratas, cascotes y mercurio.

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Pablo


darecadodemi.wordpress.com

Recalé hace hace bastantes meses en un blog literario diferente de cuanto había visto hasta entonces. De él me gustó todo: las ilustraciones vívidas en torno a un único protagonista, la presentación del autor, el motivo que le había llevado a escribir y la forma de contar las historias, con tal precisión y buen hacer narrativo que, más que leerlas, te parece estar escuchándolas o incluso viviéndolas. Lo que no imaginaba es que esos relatos me engancharían hasta el punto de que su lectura formaría parte de mi rutina diaria, como el café con leche sin lactosa de la mañana, el noticiario radiofónico de las 7:30 o el beso que cada día intento dar a mi hijo y del que siempre se escaquea.

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Cuestión de principios

¿Dónde está Felipín?, preguntaba invariablemente la madre durante el recuento nocturno de la prole, galardonada un 18 de julio con el «Premio Provincial de Natalidad» y sus correspondientes quince mil pesetas. «Aa-quí», contestaba una vocecita fina como hilo de sobrehilar. Y al ver al niño amarrado a su delantal la mujer se admiraba de que le hubiera salido tan apocado siendo ella manchega y el marido sargento chusquero del Ejército de Tierra, para qué te voy a contar.

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