La elección de Marta

Marta coloca el último plato en el escurridor. Se retira de los ojos, con el dorso de una mano, el flequillo demasiado largo, y se seca la otra, aún jabonosa, en la pierna del pantalón deslucido. El rozar los muslos piensa, por asociación de ideas, que cada vez los tiene más gruesos y que necesita volver a correr. Sabe que no va a hacerlo pero aún así escribe «correr una hora mañana» en la pizarrita de la cocina, debajo de «comprar guantes de látex». Añade, para librarse de la sensación de culpa, «o en su defecto, no utilizar el ascensor y subir por la escalera». Desde que empezó con esto de la menopausia, o la premenopausia o lo que sea, el cuerpo no deja de darle alegrías. En realidad empieza a parecerle el cuerpo de otra. ¿De dónde han salido esos párpados abotargados, esa piel holgada a ambos lados de una barbilla que asemeja la quijada de un bóxer? ¿Qué ha sido de su cintura? Todo en ella es ahora demasiado voluminoso, sobrante. Incluso cuando se acuesta, cada vez más tarde porque ha perdido el hábito del sueño, le sobran extremidades. Quisiera tener brazos y piernas extraíbles. Literalmente. Sonríe al recordar la historia que le contaba su abuela, con gestos exagerados para arrancarle la risa, de aquella hermosa mujer calva y tuerta que esperaba a que su marido durmiese para liberarse de las prótesis cuya existencia le ocultaba. Por la noche él se despertaba y palpándole la cabeza lampiña, guardada la peluca bajo la cama, le pedía que retirase el culo de la almohada. Un cuento de abuela, inocentón y algo machista, con el que ella reía como una loca. Y que invariablemente concluía con la misma pregunta infantil: ¿Pero quién era más tonto, abuela, ella al ocultarlo o él al no enterarse? Con el tiempo, Marta ha llegado a la conclusión de que los dos sabían y callaban, manteniendo la ficción. Como tantas parejas. Como ella.

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El telegrafista

—¿Le queda mucho? —el chaval respira agitado por la carrera.

El hombre rondará los setenta y muchos o los setenta y pocos mal llevados. Es delgado, muy delgado, aunque no débil. Tiene los brazos nervudos, las manos grandes y tendinosas y el pecho protruyente, como de quilla de barco. Si no estuviese aquí, en una ciudad de provincias retirada de la costa, diríase que es un pescador de aguas bravas, del Gran Sol cuando menos.

El chaval espera unos instantes. Vuelve a la carga.

—¿Me deja que saque el tique y continua haciendo… lo que quiera que esté haciendo?

El viejo niega con la cabeza.

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El graffiti

Sentado en el asiento del copiloto, la cabeza girada en un ángulo imposible para evitar que su madre lo vea, Blas muerde con saña una uña descarnada, tan perdida la sensibilidad que podría ser la de otro. El Peugeot se mueve a trompicones, al ritmo del tráfico denso. «Hoy tampoco llego a tiempo a la oficina, de ésta me echan seguro» —se lamenta la madre— y añade mecánicamente, alzando la voz para hacerse oír sobre el fragor del claxon que ella misma aporrea: «¿Seguro que no quieres que hable con la tutora?».

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Pecadillos de juventud VI

Le despertó la cháchara de la sala contigua y un picorcillo en la nariz. Trató de retener un estornudo sin lograrlo. Las voces se interrumpieron. Sopesó la situación por encima. Estaba vestido —también calzado— y solo. Tenía la cara abotargada pero podía abrir los ojos. Probó a bostezar, más por constatar la capacidad de movimiento de la mandíbula que por necesidad. No estaba mal. En principio todo se reducía a un tabique roto.

—Pitito, ¿estás ahí? —musitó.

—No, he salido a dar una vuelta, no te jode. ¿Dónde quieres que esté si soy un ente pensante? Tu ente pensante, por precisar.

—¿Qué hago ahora? Tú me has metido en esto.

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Pericles y el cubismo

Ya en la guardería era evidente que nuestro hijo no se parecía al resto de sus compañeros: pasaba las horas haciendo puzzles —encajes les llamaban las monitoras—, sin mostrar el menor interés por relacionarse con el entorno. Hasta los once años, edad a la que fue diagnosticado de TDAH, sufrimos el calvario que tan bien conocen los padres de chavales con déficit de atención: bajo rendimiento escolar, dificultad para la relación social, incapacidad para controlar los tiempos y, sobre todo, una profunda desmotivación —todo ello acompañado por las inevitables fricciones familiares que produce lo que no se entiende. A lo largo de su vida académica, hemos recibido opiniones de todo tipo: «No parece vivir en la realidad», «el problema es que nada le interesa», «necesita mano dura» e incluso «es un mentiroso compulsivo». Lo cierto es que nuestro hijo era y es un niño diferente, tranquilo, ensimismado, encantador y absolutamente incapaz de mantener la atención si algo no le motiva. Porque la motivación es una sensación físicamente perceptible en un chaval TDAH: es el interruptor que lo pone en marcha o, en el caso de nuestro hijo, que lo devuelve a la tierra.

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La importancia de llamarse Dioni

Cuando le llevaron esposado ante el juez, culpó de todo al Instituto Tecnológico de Massachusetts y a sus malditos estudios poblacionales.

—¿Cómo es posible? —preguntó el magistrado sin poder ocultar su curiosidad—. He oído justificar robos por necesidad, codicia, envidia, divertimento o incluso por mandato de una voz interior, pero ¿por un estudio?

—Solo sé —contestó el imputado— que antes de leer ese artículo era un cajero feliz —bueno, todo lo feliz que puede ser un cajero—, sin más aspiración ni deseo que cumplir honrosamente con mi cometido en el banco.

—¿Puede explicarse un poco mejor?

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Pecadillos de juventud (V)

Cari —que como Joselu supo después, no se llamaba Caridad sino Remedios— ocupaba una de las viviendas del barrio de Hortaleza que, contra todo pronóstico, seguían aferradas a sus cimientos. Construidas en los años sesenta, bajo la designación de Unidades Vecinales de Absorción (o UVA Hilton, por los residentes), con el propósito de albergar temporalmente a campesinos que huían de la miseria y ocupantes de chabolas arrinconadas por la especulación urbanística, los modestos prefabricados habían rebasado con creces los diez años de vida útil prevista —a la espera de unos hogares definitivos que nunca llegaron— y, ya sesentones y sin reemplazo, se adentraban en la senectud decrépitos, achacosos e insalubres.

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