La pesca

El consistorio se esforzó lo suyo por modernizar la plaza del pueblo: hasta un rocódromo de esos pusieron. Pero no hubo forma de llevar para allá a la chiquillería. Todos seguían yendo al descampado de la antigua fábrica de celulosa, que nos volvía locos con ese olor al que no te acostumbrabas ni en toda una vida: se te metía en el cerebro y te envenenaba el carácter. Cuando la derruyeron, se alegró el pueblo entero, pero quedó el descampado. Y los chavales acudían a él como moscas: que si va fulanito, que si va menganito, decían. Ya ve usted: si no había más que ratas, cascotes y mercurio.

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Pablo


darecadodemi.wordpress.com

Recalé hace hace bastantes meses en un blog literario diferente de cuanto había visto hasta entonces. De él me gustó todo: las ilustraciones vívidas en torno a un único protagonista, la presentación del autor, el motivo que le había llevado a escribir y la forma de contar las historias, con tal precisión y buen hacer narrativo que, más que leerlas, te parece estar escuchándolas o incluso viviéndolas. Lo que no imaginaba es que esos relatos me engancharían hasta el punto de que su lectura formaría parte de mi rutina diaria, como el café con leche sin lactosa de la mañana, el noticiario radiofónico de las 7:30 o el beso que cada día intento dar a mi hijo y del que siempre se escaquea.

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Cuestión de principios

¿Dónde está Felipín?, preguntaba invariablemente la madre durante el recuento nocturno de la prole, galardonada un 18 de julio con el «Premio Provincial de Natalidad» y sus correspondientes quince mil pesetas. «Aa-quí», contestaba una vocecita fina como hilo de sobrehilar. Y al ver al niño amarrado a su delantal la mujer se admiraba de que le hubiera salido tan apocado siendo ella manchega y el marido sargento chusquero del Ejército de Tierra, para qué te voy a contar.

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El hormiguero

El parque recién podado huele a primavera, a risa infantil, a alegría de vivir y a abono. Y aquí estoy yo, frente a un montón de niños correteantes y chillones, mareada por el olor a bosta, esperando a mi amiga de siempre y preguntándome cómo se torcerá mi vida esta vez.

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La separación

—Así que te has dignado a visitar a tu madre…. —La cuidadora boliviana saluda al recién llegado con una inclinación de cabeza, ajusta la manta sobre las rodillas de la anciana y abandona la habitación sin esperar a que se lo pidan.

Mario deposita, al lado del vaporizador, el paquetito de bombones que acaba de comprar en la pastelería de enfrente, a precio desorbitado, y besa las mejillas acartonadas. Un intenso olor a eucalipto impregna la atmósfera.

—¿Qué tal, madre?

—Fatal, ¿cómo quieres que esté, enferma y más sola que la una?

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Si tú supieras

—Nos metíamos con los calzoncillos de Eugeni igual que presumíamos de nuestras hazañas sexuales o del tamaño de nuestros pitos, si me permite la franqueza: no eran más que bobadas y bravuconadas de vestuario. Alguien decía: «Coño, Eugeni, hay que ver cómo te gustan los calzoncillos de maricón. Pareces un boys de esos». Él se ponía entonces en posición de firmes, las manos enlazadas a la espalda con las botas reglamentarias por única prenda, y respondía a carcajadas: «¡Qué más quisierais que vuestras señoras os comprasen gayumbos sexis como estos, atajo de capullos!», y empezaba a bascular las nalgas hasta que todos silbábamos como locos y le llamábamos tía buena.

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La ribera

Estacionó frente a un alcornoque descorchado levantando una nube de polvillo que volvió a caer sobre la carrocería como lluvia sucia. La imagen del tronco despojado de la corteza le provocaba la misma sensación de desasosiego que vestirse de sport, sin sus sobrios trajes de chaqueta gris marengo cortados a medida, como mandan los cánones de la elegancia. Alguna vez lo hacía por darle el gusto a su hija. Anda, papá, ponte ropa más juvenil, que hoy no tienes que ir al banco, le rogaba Clara. Él accedía por no llevarle la contraria, pero en cuanto ponía un pie en la calle tenía que palparse los botones de la bragueta para comprobar que estaban bien cerrados, tan desnudo se sentía.

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