Detective vocacional

Marcelo trató de introducir la llave en la cerradura. El llavero le resbaló de la mano entre desenfadados tintineos. Se agachó para recogerlo, con el frágil equilibrio de un funambulista, y cayó de bruces. Logró ponerse de rodillas y, a tientas, por la falta de luz, palpó el pavimento en busca de las llaves perdidas. Soltó un juramento cuando una china se le clavó en la rodilla y se prometió por decimocuarta vez que no volvería a pisar ese antro de vicio. Localizó las llaves bajo el cartel de «Prohibido depositar basuras» fijado con dos postes metálicos a la verja del jardincillo que el jardinero de la comunidad se desvivía por mantener florido pese al recalcitrante calor estival. El coqueto jardín sobresalía como acogedor oasis entre el césped agostado de las viviendas circundantes. Marcelo se preguntó, una vez más, qué demonios pintaba ese cartel en una zona residencial como aquella.

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Noticia de actualidad

El viejo pulsa, distraído, el cajetín del semáforo. Piensa que es una pena no vivir en un piso bajo porque aunque la vivienda tiene ascensor, no salva los tres escalones que separan el portal de la entreplanta. Y él ya no está para estos trotes. Ni Magdalena, tan vital en el pasado y tan dependiente ahora. La vida no ha sido fácil para ninguno de los dos, separados por una guerra civil que en nada les concernía y que les quitó todo lo que les importaba: padres, hermanos, amigos… y a Magdalena. Suspira recordando la tarde revuelta en la que se juraron un amor eterno e inocente que él cinceló en el tronco de la higuera. Su abuelo arrancó el árbol poco después porque las raíces amenazaban con derribar la pared de la casa. Premonitorio, ¿verdad, Magdalena? Qué difícil es mantener la llama del amor en la distancia, querida mía. Yo, tratando de sobrevivir en un país roto y dolorido. Tú, tratado de enraizarte en un país joven y forastero, los dos engullidos por la urgencia de lo inmediato.

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McCartney y Marcial Estefanía toman el té

Jonny Janes y su fiel Dolores marchan a paso perezoso por las azafranadas arenas del Mojave. El vaquero distingue en la lejanía, velada por la bruma polvorienta del atardecer, la silueta impúdica de la ciudad del pecado. Se reconforta con un ávido trago de whiskey y desmonta de la yegua, que da muestras de agotamiento. Borra el sudor de la frente con un antebrazo poco limpio y sigue a pie. Dolores lo ve alejarse, cabecea un par de veces inquieta y emprende un trotecillo corto para colocarse a su lado. Jonny James le palmea la grupa y ambos acompasan el paso.

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Un poema de amor desesperado

«Tal vez creas que no nací hasta conocerte.
Tal vez creas que eres mi principio y mi fin.
Tal vez creas que eres el amo y señor de mis días.
Más aún de mis noches.
Tal vez creas que estoy encadenada a ti.
Y haces bien en creerlo.»

—Lo ve, agente,—gritó fuera de sí el roquero desmoronándose sobre el sillón de tapicería atigrada— ¡me está volviendo loco!

—¿Y cuándo dice qué empezó a recibir estas declaraciones… amorosas? —el policía, de pie, el gorro oficial apresado entre el codo y la cadera, toma notas en la libreta de denuncias con exquisita profesionalidad.

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La elección de Marta

Marta coloca el último plato en el escurridor. Se retira de los ojos, con el dorso de una mano, el flequillo demasiado largo, y se seca la otra, aún jabonosa, en la pierna del pantalón deslucido. El rozar los muslos piensa, por asociación de ideas, que cada vez los tiene más gruesos y que necesita volver a correr. Sabe que no va a hacerlo pero aún así escribe «correr una hora mañana» en la pizarrita de la cocina, debajo de «comprar guantes de látex». Añade, para librarse de la sensación de culpa, «o en su defecto, no utilizar el ascensor y subir por la escalera». Desde que empezó con esto de la menopausia, o la premenopausia o lo que sea, el cuerpo no deja de darle alegrías. En realidad empieza a parecerle el cuerpo de otra. ¿De dónde han salido esos párpados abotargados, esa piel holgada a ambos lados de una barbilla que asemeja la quijada de un bóxer? ¿Qué ha sido de su cintura? Todo en ella es ahora demasiado voluminoso, sobrante. Incluso cuando se acuesta, cada vez más tarde porque ha perdido el hábito del sueño, le sobran extremidades. Quisiera tener brazos y piernas extraíbles. Literalmente. Sonríe al recordar la historia que le contaba su abuela, con gestos exagerados para arrancarle la risa, de aquella hermosa mujer calva y tuerta que esperaba a que su marido durmiese para liberarse de las prótesis cuya existencia le ocultaba. Por la noche él se despertaba y palpándole la cabeza lampiña, guardada la peluca bajo la cama, le pedía que retirase el culo de la almohada. Un cuento de abuela, inocentón y algo machista, con el que ella reía como una loca. Y que invariablemente concluía con la misma pregunta infantil: ¿Pero quién era más tonto, abuela, ella al ocultarlo o él al no enterarse? Con el tiempo, Marta ha llegado a la conclusión de que los dos sabían y callaban, manteniendo la ficción. Como tantas parejas. Como ella.

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El telegrafista

—¿Le queda mucho? —el chaval respira agitado por la carrera.

El hombre rondará los setenta y muchos o los setenta y pocos mal llevados. Es delgado, muy delgado, aunque no débil. Tiene los brazos nervudos, las manos grandes y tendinosas y el pecho protruyente, como de quilla de barco. Si no estuviese aquí, en una ciudad de provincias retirada de la costa, diríase que es un pescador de aguas bravas, del Gran Sol cuando menos.

El chaval espera unos instantes. Vuelve a la carga.

—¿Me deja que saque el tique y continua haciendo… lo que quiera que esté haciendo?

El viejo niega con la cabeza.

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El graffiti

Sentado en el asiento del copiloto, la cabeza girada en un ángulo imposible para evitar que su madre lo vea, Blas muerde con saña una uña descarnada, tan perdida la sensibilidad que podría ser la de otro. El Peugeot se mueve a trompicones, al ritmo del tráfico denso. «Hoy tampoco llego a tiempo a la oficina, de ésta me echan seguro» —se lamenta la madre— y añade mecánicamente, alzando la voz para hacerse oír sobre el fragor del claxon que ella misma aporrea: «¿Seguro que no quieres que hable con la tutora?».

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