El graffiti

Sentado en el asiento del copiloto, la cabeza girada en un ángulo imposible para evitar que su madre lo vea, Blas muerde con saña una uña descarnada, tan perdida la sensibilidad que podría ser la de otro. El Peugeot se mueve a trompicones, al ritmo del tráfico denso. «Hoy tampoco llego a tiempo a la oficina, de ésta me echan seguro» —se lamenta la madre— y añade mecánicamente, alzando la voz para hacerse oír sobre el fragor del claxon que ella misma aporrea: «¿Seguro que no quieres que hable con la tutora?».

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Pecadillos de juventud VI

Le despertó la cháchara de la sala contigua y un picorcillo en la nariz. Trató de retener un estornudo sin lograrlo. Las voces se interrumpieron. Sopesó la situación por encima. Estaba vestido —también calzado— y solo. Tenía la cara abotargada pero podía abrir los ojos. Probó a bostezar, más por constatar la capacidad de movimiento de la mandíbula que por necesidad. No estaba mal. En principio todo se reducía a un tabique roto.

—Pitito, ¿estás ahí? —musitó.

—No, he salido a dar una vuelta, no te jode. ¿Dónde quieres que esté si soy un ente pensante? Tu ente pensante, por precisar.

—¿Qué hago ahora? Tú me has metido en esto.

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Pericles y el cubismo

Ya en la guardería era evidente que nuestro hijo no se parecía al resto de sus compañeros: pasaba las horas haciendo puzzles —encajes les llamaban las monitoras—, sin mostrar el menor interés por relacionarse con el entorno. Hasta los once años, edad a la que fue diagnosticado de TDAH, sufrimos el calvario que tan bien conocen los padres de chavales con déficit de atención: bajo rendimiento escolar, dificultad para la relación social, incapacidad para controlar los tiempos y, sobre todo, una profunda desmotivación —todo ello acompañado por las inevitables fricciones familiares que produce lo que no se entiende. A lo largo de su vida académica, hemos recibido opiniones de todo tipo: «No parece vivir en la realidad», «el problema es que nada le interesa», «necesita mano dura» e incluso «es un mentiroso compulsivo». Lo cierto es que nuestro hijo era y es un niño diferente, tranquilo, ensimismado, encantador y absolutamente incapaz de mantener la atención si algo no le motiva. Porque la motivación es una sensación físicamente perceptible en un chaval TDAH: es el interruptor que lo pone en marcha o, en el caso de nuestro hijo, que lo devuelve a la tierra.

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La importancia de llamarse Dioni

Cuando le llevaron esposado ante el juez, culpó de todo al Instituto Tecnológico de Massachusetts y a sus malditos estudios poblacionales.

—¿Cómo es posible? —preguntó el magistrado sin poder ocultar su curiosidad—. He oído justificar robos por necesidad, codicia, envidia, divertimento o incluso por mandato de una voz interior, pero ¿por un estudio?

—Solo sé —contestó el imputado— que antes de leer ese artículo era un cajero feliz —bueno, todo lo feliz que puede ser un cajero—, sin más aspiración ni deseo que cumplir honrosamente con mi cometido en el banco.

—¿Puede explicarse un poco mejor?

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Pecadillos de juventud (V)

Cari —que como Joselu supo después, no se llamaba Caridad sino Remedios— ocupaba una de las viviendas del barrio de Hortaleza que, contra todo pronóstico, seguían aferradas a sus cimientos. Construidas en los años sesenta, bajo la designación de Unidades Vecinales de Absorción (o UVA Hilton, por los residentes), con el propósito de albergar temporalmente a campesinos que huían de la miseria y ocupantes de chabolas arrinconadas por la especulación urbanística, los modestos prefabricados habían rebasado con creces los diez años de vida útil prevista —a la espera de unos hogares definitivos que nunca llegaron— y, sesentones y sin reemplazo, se adentraban en la senectud decrépitos, achacosos e insalubres.

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La lengua de las chicharras

El autobús enfiló la calleja pavimentada con gravilla y parches de hierba. Dentro, todos dormitaban, a excepción del conductor y del copiloto. Se oyó un rechinar, como de pizarra escolar arañada. El copiloto, malhumorado, trató de abrir la puerta con urgencia para comprobar si se había rayado la carrocería. Me cago entó —se quejó, al golpear el retrovisor contra el muro mal encalado de una de las casuchas, separada de la calzada por una acera, tan angosta, que más parecía un escalón—. Ni la puerta se puede abrir en esta mierda de sitio. Al culo del mundo nos ha traído el maldito GPS. A ver dónde damos ahora la vuelta.

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Pecadillos de juventud (IV)

Cuando Joselu García recuperó la conciencia sintió un dolor lacerante en las sienes. Un breve vistazo con el único ojo útil le aportó bastante información preliminar: Metro Madrid había recuperado el suministro eléctrico; viajaba a bordo de un vagón de cola que, a juzgar por los bandazos y traqueteos, circulaba correctamente; acababa de dejar atrás Diego de León, correspondencia con Línea 4; ocupaba tres plazas, cuatro si estiraba del todo la punta de los pies; y —esto le pareció más relevante que todo lo anterior—, apoyaba la cabeza sobre una reducida falda de cuero que le ofrecía, sin necesidad de abandonar la postura fetal, un encuadre perfecto de un par de botas militares de caña alta con dos piernas de vértigo, una por bota. Joselu no pudo atribuir una identidad a las botas porque la cara de la mujer caía en el ángulo de visión del ojo cerrado. Podría haberlo intentado con el otro, que aún conservaba una rendija abierta, pero prefirió no moverse por si se trataba de un sueño. Una mano le rozó la frente con mimo. Las uñas estaban mordidas hasta las cutículas y en el dorso exhibía una calavera desdentada con una flor de lis apuñalando una de las cuencas. Joselu sintió un escalofrío. Fue cuanto necesitó para saber que se había enamorado hasta las trancas. O que se había resfriado. O las dos cosas. No pudo seguir valorando la situación porque el ojo se le cerró del todo.

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Pecadillos de juventud (III)

Tres días consecutivos durmió Joselu García, y hubiera seguido haciéndolo de no haberse transmutado Pitito en un doloroso acúfeno.

—¡Pero qué haces! —gritó Joselu tapándose los oídos para amortiguar los pitidos.

—Despertarte. No voy a malgastar mis dos birriosos meses de existencia velándote el sueño. Tenemos mucho que hacer esta mañana. Y de nada vale que te tapes los oídos porque silbo desde tu mismo cerebro.

—Pero si no ha despuntado el alba.

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Pecadillos de juventud (II)

Tan pronto tomó la firme decisión de quitarse la vida, Joselu García sintió una desagradable comezón en el bajo vientre.

—Estoy nervioso porque soy un hombre de costumbres —se justificó—. Y esto no es algo que haga todos los días.

—Tampoco comer es algo que hagas todos los días y no te produce comezón. A lo más, mala leche —respondió una vocecita irritantemente aguda—. A eso se le llama canguelo, guapo.

—Canguelo o no canguelo, la decisión es inamovible. —El comentario sobre su entereza molestó a Joselu, que ratificó su determinación propinándose varios golpecitos a la altura del lóbulo temporal izquierdo.

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Pecadillos de juventud (I)

En la casa vecina se apagaron las luces. La radio siguió sonando un buen rato.
¡Corta ya la musiquita, chalao, que aquí se madruga! —gritó alguien.
Fueron las últimas notas del día.

Joselu García, Joseliño para los amigos, dio unas vueltas en la cama. —Es difícil dormir con el estómago vacío —pensó.

Su amigo y vecino, el escritor Feldespato Farlopio, permaneció unos instantes con la vista perdida. —Soy una buena persona —farfulló somnoliento. Y se durmió de inmediato en el sueño de los justos.

***

El padre de Joselu García, sordomudo de nacimiento, se sintió inmensamente feliz cuando la providencia divina le concedió el don de la palabra a poco de acostarse en el que esa noche sería su lecho de muerte.

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Modern Society

La exposición del artista conceptual había empezado con mal pie. El «máximo representante de la nueva hornada de escultores capaces de expresar sin complejos, a través del ejercicio dialéctico de construcción, disolución y reconstrucción, los pensamientos más íntimos e inconfesables del hombre como ente individual y, paradójicamente, pieza indisoluble de la amalgama colectiva» estaba a punto de desmoronarse emocionalmente. Su agente artístico se esforzaba por levantarle el ánimo.

—Pero Txomín, joder, ¿quieres calmarte y empezar a achicar?

—¿Qué me calme? —el escultor, alterado, se mesa barba y cabello desbaratando el cuidado estilismo homeless—. ¿Eres tú quien me dice eso, oh Brutus? ¿Me pides que asista impasible a la inmersión de mi obra primigenia?

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Una mañana cualquiera

La noticia fue un bombazo.

Los efectivos de la policía acudieron a la vivienda alertados por un vecino —informaba la portavoz polical, en el noticiario matutino, con exquisita voz impersonal—. La mujer estaba consciente, encogida sobre sí misma en una esquina, la cara tapada con las manos. Ante su actitud temerosa, los agentes optaron por esperar a la llegada del Samur. Uno de los hombres le cubrió el cuerpo con la colcha de la cama desecha. Le daba no sé qué verla así, medio desnuda. Pensó en retirarle las manos de la cara, para valorar posibles lesiones. Mejor no lo hagas, susurró su compañero anticipando su intención. Ya suena la sirena de la ambulancia —tranquilizó a la mujer—. Ésta asintió con la cabeza.

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La línea trece de la emeté

La reproducción total o parcial de este texto no está prohibida en absoluto porque es una satisfacción para mí que pueda utilizarlo toda persona que lo considere útil. Os ruego, sin embargo, que si hacéis uso del mismo, no olvidéis citar su procedencia y autoría.

PERSONAJES PRINCIPALES
INSPECTOR DISASTER
NARRADOR
CIUDADANO 1º
CIUDADANO 2º
CIUDADANO 3º CON TROMPETILLA
CIUDADANAS 1ª Y 2ª (CAMEO)
VLADISLAV
VOCES
PALMEADORES

EL MISTERIO DE LA LÍNEA TRECE DE LA EMETÉ

Micro-obra teatral

ACTO PRIMERO

NARRADOR (voz grave y profunda)

Hora punta de una mañana cualquiera de una gran ciudad (Madrid mismamente). Lo que faltaba: empiezan a caer finos copos. La larga cola que espera pacientemente el autobús se comprime cual acordeón desgastado tratando de acomodarse a duras penas bajo la marquesina. El nerviosismo se palpa en el ambiente. El frío gélido también. A pesar de ello, los ciudadanos hacen gala de exquisita amabilidad mientras esperan un autobús que ya acumula cincuenta y muchos minutos de retraso.

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Los piononos desaparecidos

La reproducción total o parcial de este texto no está prohibida en absoluto porque es una satisfacción para mí que pueda utilizarlo toda persona que lo considere útil. Os ruego, sin embargo, que si hacéis uso del mismo, no olvidéis citar su procedencia y autoría.

PERSONAJES
INSPECTOR DISASTER (archi-afamado inspector)
JULIAN (portero)
CLOTILDE (vecina del 2º A)
VOLFRAMIO O VOLFRI (propietario del Volfri’s Kiosco)
MARITÉ (vecina del 2º B, pero de la vivienda de enfrente)
MARCIAL (vecino de Marité)
GUMERSINDO (dueño del bar «El Calamar Frescachón»)
MUCHACHO (repartidor de la mantequería «El Pionono Picantón»)
SEÑOR DE TOLEDO (jubilado)
ARTURÍN (gato con complejo de perro)
GALLO PORTUGUÉS (adquirido en un mercadillo de Torrevieja)

EL MISTERIO DE LOS PIONONOS DESAPARECIDOS

Micro-obra teatral

ACTO PRIMERO

NARRADOR

El día ha amanecido plomizo y sofocante. Gruesos goterones, exprimidos aquí y allá, anuncian la llegada de una tormenta de primavera. La parca lluvia se transforma en diluvio sin solución de continuidad. Máximo alza el cuello de la gabardina en inútil intento de protegerse de lo que ya es una tempestad en toda regla. Seca el rostro con el reverso de la manga. Sigue pedaleando.

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Cintanila Azul y el Bosque Animado

Este texto cómico forma parte del material utilizado un un taller de pedagogía teatral. En esa ocasión he optado por un texto sencillo y divertido, caracterizado por el uso exhaustivo de «ripios». Esta rimas machaconas y melódicas simplifican la lectura y nos permite jugar con las pausas, el volumen, el ritmo, el timbre y la entonación.

La reproducción total o parcial de este texto no está prohibida en absoluto porque es una satisfacción para mí que pueda utilizarlo toda persona que lo considere útil para su labor. Os ruego, sin embargo, que si hacéis uso del mismo, citéis su procedencia.

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